El escritor Harlan Coben tiene un espectacular -para él al menos- contrato con Netflix, por lo cual en todo el mundo se están produciendo adaptaciones de sus libros. En el caso de Lazarus (Gran Bretaña, 2025) la novedad es que no está basada en una de sus novelas, sino que es un guión original escrito por el propio Coben en colaboración con otros dos guionistas. La estructura, sin embargo, se parece a las adaptaciones previas, tanto en las virtudes como en los defectos.
El título de la serie es el apellido del protagonista. Joel Lazarus (Sam Claflin) investiga asesinatos sin resolver después de regresar a la casa de su familia tras la muerte de su padre, el Dr. Jonathan Lazarus (Bill Nighy), en lo que es reportado como un suicidio. Todos los traumas del pasado de Joel vuelven a aparecer y las cosas se complican aún más cuando empieza a experimentar eventos sobrenaturales vinculados con su padre y sus pacientes muertos. Ese costado de corte fantástico es la vuelta de tuerca que atrapa en la serie.
Harlan Coben no es Agatha Christie, por decirlo de forma educada, y sus fórmulas se van volviendo cada vez más previsibles si uno sabe que él es el autor. El arranque de Lazarus es prometedor y los dos capítulos iniciales arman una trama interesante que atrapa al espectador. Pero a medida que tiene que resolver y llegar al desenlace, las vueltas de tuerca se van superponiendo hasta perder todo interés y llegar al remate más previsible de todos. ¿Una historia policial o una historia de fantasmas? El relato de un hombre que debe reconciliarse con su pasado para poder vivir de ahí en más. Filmada de manera prolija, elegante, británica, en seis episodios Lazarus entretiene pero va perdiendo interés poco a poco. La canción de The Windmills of Your Mind de Michel Legrand, estrenada en la película El affaire de Thomas Crown (1968), es el leitmotiv de la miniserie, en un bello cover hecho por Rumer que ayuda a confundir un producto bien realizado con uno que vale la pena. Con Harlan Coben es una vuelta de tuerca tras otra hasta que no queda nada.

Santiago Garcia
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