La crisis climática redefine los patrones y consecuencias de los incendios forestales en todo el mundo. El avance de las llamas, que antes respondía de forma cíclica al clima y la vegetación natural, ahora se agrava por el calentamiento global, lo que genera pérdidas ambientales, sociales y económicas sin precedentes. La magnitud de estos fenómenos excede fronteras, afecta la salud, compromete la biodiversidad y desafía la capacidad de respuesta de los países.

Las investigaciones científicas y el monitoreo internacional coinciden en que el cambio climático intensifica la frecuencia, la extensión y la gravedad de los incendios forestales. Temperaturas más elevadas, sequías prolongadas y temporadas de fuego más largas configuran un escenario crítico. Las emisiones de gases y partículas liberadas por los incendios, a su vez, alimentan la crisis climática, consolidando un círculo vicioso que la comunidad global aún no logra detener.
Expertos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la NASA documentan un cambio histórico en la dinámica de los incendios forestales. Según Amy Duchelle, oficial forestal de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el aumento de estos eventos se vincula a tres factores: mayor disponibilidad de materiales combustibles, condiciones climáticas cálidas y secas, y fuentes de ignición. “Vemos que los patrones están cambiando ahora en términos de intensidad, frecuencia y duración de los incendios forestales extremos”, explicó.

El informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) publicado en septiembre de 2024 advierte sobre un círculo vicioso entre cambio climático, incendios y contaminación atmosférica. “El cambio climático y la calidad del aire no pueden tratarse por separado. Van de la mano y deben abordarse conjuntamente. Reconocer esta interrelación y actuar en consecuencia conllevaría beneficios para la salud de nuestro planeta, sus habitantes y nuestras economías”, declaró Ko Barrett, secretaria general adjunta de la OMM. El documento destaca que los incendios emiten partículas finas y gases que degradan la calidad del aire, afectan la salud y dañan los ecosistemas.
La NASA reporta que los incendios forestales extremos se duplicaron en frecuencia y extensión en los últimos 20 años, principalmente en los bosques boreales de América del Norte, Rusia y las zonas templadas del oeste de Estados Unidos. “El calentamiento nocturno permite que la actividad ígnea continúe durante la noche”, señalan desde la agencia. Las temporadas de incendios ahora empiezan antes y terminan más tarde, con registros que muestran hasta un mes de extensión adicional en regiones como México, Brasil y África Oriental.

Factores climáticos detrás del avance del fuego
Las causas de los incendios forestales combinan fenómenos naturales y acciones humanas. Según el Gobierno de Canadá, la transformación del régimen de fuego en el país responde a “periodos prolongados de sequía, patrones de precipitación alterados, vegetación seca, y un aumento de rayos y actividades humanas”. Un estudio del Canadian Forest Service indica que en 2023 la temporada de incendios en Canadá se extendió de mediados de abril hasta fines de octubre, con más de 14,6 millones de hectáreas quemadas, cifra que cuadruplica el promedio nacional de la última década.
La investigación liderada por Todd M. Ellis en la Universidad de Tasmania y publicada en Nature Ecology & Evolution demostró que la intervención humana sumó hasta 40 días al año de potenciales incendios en todos los continentes. Según Ellis, “las influencias antropogénicas han moldeado los regímenes de fuego en todo el mundo al extender las potenciales temporadas de incendios, sin importar el uso de la tierra, las prácticas de supresión, la ocurrencia de rayos o el tipo de bioma”. Más de la mitad de la superficie incendiada a nivel global ya ocurre fuera de la temporada natural definida por las condiciones climáticas y los rayos.

La EPA (Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos) atribuye la prolongación de las temporadas de incendios a primaveras más cálidas, estaciones secas estivales más largas y vegetación más vulnerable. La acción humana, a través de la expansión urbana y el mal uso del fuego en actividades agrícolas y la supresión histórica de incendios, incrementó la cantidad de material combustible y favoreció la propagación de focos en momentos atípicos.
La supresión de incendios consiste en evitar sistemáticamente que los fuegos naturales se desarrollen, lo que impide que el ecosistema elimine de manera periódica ramas, hojas secas y otros residuos vegetales. Esta acumulación de biomasa seca, conocida como material combustible, eleva el riesgo de incendios más intensos y difíciles de controlar cuando finalmente se originan.

Impactos ecológicos, sociales y medidas de prevención
Las consecuencias de los incendios forestales trascienden la pérdida de superficie vegetal. Según el informe de la OMM, las emisiones de partículas PM2,5 (contaminantes con un diámetro de 2,5 micrómetros) representan un peligro para la salud, ya que su inhalación prolongada puede causar enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
El humo y los contaminantes atmosféricos liberados viajan miles de kilómetros, afectan la productividad de cultivos y alteran la biodiversidad. En 2023, el humo de los incendios en Canadá impactó la calidad del aire en Estados Unidos y Europa, con niveles de partículas muy por encima del promedio de los últimos 20 años.
En el Ártico, los incendios forestales adquieren dimensiones inéditas. El Programa de Monitoreo y Evaluación del Ártico (AMAP), con apoyo de la NASA, alertó sobre la liberación de carbono almacenado durante milenios en la turba y el permafrost, lo que podría intensificar el calentamiento global. Jessica McCarty, subdirectora de la División de Ciencias de la Tierra en el Centro Ames de la NASA, destacó que “el fuego siempre ha formado parte de los paisajes boreales y árticos, pero ahora está empezando a actuar de formas más extremas, similares a las observadas en las zonas templadas y tropicales”.
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Las proyecciones para regiones como la Patagonia argentina muestran una tendencia a temporadas de incendios más largas, con olas de calor y sequías que facilitan la propagación del fuego. El investigador Thomas Kitzberger, del CONICET, advirtió a Infobae que “la temporada comenzó muy temprano con una serie de focos iniciados por tormentas eléctricas, dos de los cuales derivaron en incendios de grandes dimensiones”. La ingeniera ambiental Julieta Vallejo explicó que el riesgo extremo responde a la sequía del suelo, el estado de la vegetación y factores meteorológicos como la regla “30/30/30”: temperaturas mayores a 30 °C, humedad relativa menor al 30% y vientos de más de 30 km/h.
Ante este panorama, los organismos internacionales coinciden en que la prevención es la vía más eficaz para reducir el riesgo y el impacto de los incendios forestales. Duchelle sostuvo que “históricamente se ha prestado mucha atención a la supresión, pero hay que invertir mucho más en la prevención”.
La FAO promueve estrategias integradas que abarcan desde la revisión de riesgos y la preparación, hasta la recuperación de los ecosistemas afectados. Las recomendaciones incluyen la adopción de prácticas responsables en áreas rurales y urbanas, la educación y la concienciación pública, y el uso de tecnología para el monitoreo y la alerta temprana.
Los incendios forestales, en combinación con el cambio climático, generan desafíos inéditos para las sociedades y los ecosistemas. La ciencia y la cooperación internacional avanzan en la identificación de soluciones, pero el futuro dependerá de la capacidad de prevención y adaptación que logren los países y las comunidades.
