El 5 de febrero de 1967, la cantora chilena se quitó la vida de un disparo. Investigadora incansable y artista integral, dejó un legado que perdura en cada guitarra, bordado y canción que celebra la memoria popular
“Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”... La frase de Violeta Parra corre por la sangre de América Latina. La canción que lleva ese título, incluida en Las últimas composiciones (1966), no fue una epifanía ni una iluminación pasajera. Todo lo contrario: nació en uno de los momentos de mayor intensidad emocional de su vida, allí donde su lucidez artística se encontró cara a cara con sus sombras más íntimas, y de ese choque brotó una belleza extrema.

Deprimida, Violeta entendió que la existencia humana no es una suma ordenada de felicidades, sino un tejido complejo de alegrías, de pérdidas y descubrimientos. Y en esa comprensión (tan dolorosa y transparente) escribió una de las canciones más hondas del siglo XX, un canto que agradece incluso aquello que hiere. Fue una despedida.
Criada en un hogar donde la música era herramienta de trabajo, de consuelo y de identidad, su infancia estuvo marcada por la pobreza y por la creatividad de sus padres. Esa combinación forjó en ella una sensibilidad precoz, una manera de mirar el mundo con ojos poéticos. Aquella niña que cantaba en patios de tierra y cocinas humeantes no podía saber aún que se convertiría en una de las artistas más influyentes del continente.
Su vida fue una larga exploración. Los caminos, pueblos, memorias ajenas y heridas propias se entrelazaron para dar forma a una obra que desbordó fronteras geográficas y estéticas. Pero el peso de su propia sensibilidad fue inmenso, intolerable. El 5 de febrero de 1967, Violeta Parra decidió que había llegado el momento de aquietar para siempre sus pies cansados...

Raíces
Violeta del Carmen Parra Sandoval nació un 4 de octubre de 1917, en la zona rural de la provincia de Ñuble, entre San Fabián de Alico y otros parajes que aún hoy disputan el honor de haberla visto nacer. Esa incertidumbre geográfica no es un detalle menor: desde su primer aliento, su vida quedó ligada al territorio múltiple, al campo, a la oralidad y a una identidad que no se deja fijar en un solo punto.
Hija de Clarisa Sandoval, campesina, y de Nicanor Parra, profesor de música, Violeta creció entre el trabajo duro y el sonido de las cuerdas. La música fue su primera lengua. En la voz materna, en la guitarra paterna, aprendió que cantar era una forma de nombrar el mundo y, también, de resistirlo. Su infancia transcurrió en el campo, atravesada por la precariedad, mudanzas frecuentes en busca de mejores condiciones de vida y la fragilidad económica, pero también por el caudal de relatos, canciones y costumbres del pueblo que nutrieron su sensibilidad y su creación artística, marca registrada de su obra.
En 1921, durante un viaje familiar hacia la Araucanía, donde su padre había conseguido trabajo en un regimiento de Lautaro, Violeta contrajo viruela, experiencia que más tarde quedaría registrada en sus décimas autobiográficas. Esa enfermedad, como muchas otras experiencias tempranas, ella las transformó en poesía y en otra marca propia: no negaba el dolor, lo incorporaba.

El traslado a Chillán, seis años después, fue decisivo en su vida. Allí, junto a sus hermanos Hilda, Eduardo y Roberto, comenzó a tocar guitarra y a cantar. La música dejó de ser una costumbre “de entre casa” para convertirse algo que iba creciendo en ella. Cuando su padre murió, la casa estuvo de luto, pero el canto se volvió una chispa de luz. Violeta entendió que el arte podía ser refugio, sustento y destino. Apenas tenía 12 años.
En ese dolor constante, desgarrador, comenzó a componer. No pensó en la técnica académica que Don Nicanor le enseñaba sino en ese impulso visceral, intuitivo y profundamente colmado de pena. Aquella infancia dura le dejó un repertorio de imágenes, emociones y escenas que reaparecerían una y otra vez en sus canciones, décimas, arpilleras y pinturas.
En esos años también se fortaleció su vínculo con su hermano Nicanor, figura clave en su formación intelectual. Él alentó su mirada crítica, su capacidad de observación y su talento para convertir lo cotidiano en poesía. Juntos comprendieron que la cultura popular no era un residuo del pasado, sino una fuerza viva, digna de ser pensada, cuidada y celebrada.
Las semillas de su obra ya estaban allí: en la tierra, en la familia, en la pobreza, en la música como necesidad vital y en la urgencia de contar la vida desde abajo, desde lo humano, desde lo auténtico. Desde su propio lugar.

Del canto popular al oficio del arte
La llegada de Violeta Parra a Santiago de Chile, a comienzos de los años treinta, no fue una cuestión de ascenso social, sino un acto de supervivencia. Por insistencia de su hermano Nicanor, intentó estudiar en la Escuela Normal para formarse como docente, pero la difícil situación económica familiar la obligó a abandonar los estudios a los pocos meses y buscar trabajo. Vivió primero con parientes y, más tarde, junto a su madre y hermanos en la calle Edison, en Quinta Normal, en un entorno donde la precariedad convivía con una intensa vida cultural y popular.
Junto a sus hermanos formó Los Parra, un conjunto que recorría boliches y locales del barrio Mapocho —El Tordo Azul, El Popular— interpretando boleros, rancheras, corridos mexicanos y canciones de moda. No era aún el folclore profundo que más tarde la definiría, pero sí fue una escuela decisiva donde aprendió a cantar para públicos difíciles, a sostener una voz propia entre el ruido, a entender la música como oficio y como sustento.
En 1938 se casó con Luis Cereceda, trabajador ferroviario, y ese mismo año obtuvo un reconocimiento especial en un concurso de poesía, señal temprana de una sensibilidad que desbordaba el canto. La maternidad llegó pronto: Isabel nació en 1939 y Ángel en 1943. La vida familiar se entrelazó con los escenarios, las giras y la inestabilidad económica.
Durante esos años, Violeta fue cantante itinerante, actriz de compañías teatrales, intérprete de repertorio español bajo el nombre de Violeta de Mayo. Ganó un concurso de canto en el Teatro Baquedano, se presentó en radios, confiterías y espacios populares. Luego de separarse de Cereceda, cantó junto a su hermana Hilda bajo el nombre de Las Hermanas Parra, y realizó sus primeras grabaciones para el sello discográfico RCA Víctor.
Antes de convertirse en símbolo, Violeta fue trabajadora del espectáculo, madre sola, cantora de boliche y de teatro ambulante. Su arte se estaba forjando en el contacto directo con el público, en la intemperie, en la necesidad diaria de transformar la voz en pan.

La recopiladora incansable del canto chileno
El giro decisivo ocurrió a comienzos de los años 50. Impulsada nuevamente por Nicanor, Violeta abandonó el repertorio comercial y se lanzó a una tarea que nadie había emprendido con semejante entrega: rescatar la música popular chilena en su forma más viva y más olvidada.
Con un grabador precaria y cuadernos siempre abiertos, recorrió campos, pueblos, caletas, cordilleras y fiestas religiosas. Golpeó puertas de casas campesinas, se sentó a la mesa con cantoras anónimas, escuchó sin prisa y registró letras, melodías, afinaciones, gestos, modos de decir... Entendió que el folclore no era una reliquia del pasado, sino un cuerpo en movimiento, una memoria que respiraba y pedía a gritos ser escuchada.
Conoció a guitarroneros y poetas populares. El poeta popular Don Isaías Angulo le enseñó a tocar el guitarrón chileno —instrumento tradicional de cuerda pulsada— y le regaló el primero que tuvo. Ese instrumento se volvería central en su obra. Viajó por la costa, la cordillera, Chiloé, el norte grande y la fiesta de La Tirana. Incluso estableció vínculos con tradiciones musicales de Isla de Pascua. Cada encuentro ampliaba su mirada y transformaba su propio canto.
Logró un trabajo monumental. No solo rescató el folclore chileno sino que lo devolvió a la vida pública. Sus propias composiciones comenzaron a impregnarse de esas voces y de esas historias. El canto dejó de ser en ella una expresión individual para convertirse en una herramienta de memoria, denuncia y resistencia. Grabó discos fundamentales, realizó programas radiales, ofreció recitales en universidades y publicó investigaciones que hoy son pilares de la cultura chilena.
En paralelo, comenzó a desplegar con fuerza su obra visual. Bordó arpilleras, pintó, trabajó la cerámica y el alambre. Cada pieza nacía del mismo impulso que sus canciones: contar historias silenciadas, narrar un país real, imperfecto y profundamente humano. Violeta ya no era solo una cantora. Se había convertido en una creadora total, en una guardiana de la memoria popular y en una artista que entendía el arte como acto vital y político. Esa amplitud de lenguajes la llevaría pronto más allá de Chile, hacia escenarios y museos donde su voz y su obra serían reconocidas como patrimonio cultural universal.

El arte sin fronteras y la herida final
A mediados de los años sesenta, Violeta Parra abrió la Carpa de La Reina, un proyecto cultural adelantado a su tiempo. Allí creó un espacio abierto y comunitario, donde la música popular y el arte tradicional podían convivir sin jerarquías ni exclusiones. Su intención era que la gente se encontrara, que la cultura dejara de ser un privilegio y se volviera un puente para todos. En ese escenario se reunían figuras como Víctor Jara, Isabel y Ángel Parra, Patricio Manns, Inti-Illimani, Quilapayún, Rolando Alarcón y otros músicos y poetas que, desde el folclore, buscaban transformar la vida social.
Ese sueño comunitario no surgió de la nada. Antes, había vivido una etapa de expansión internacional y de intensas experiencias personales. En 1960, en Santiago, conoció a Gilbert Favre, músico y antropólogo suizo, en el ambiente de la Peña de los Parra y los círculos de la Nueva Canción Chilena. El suizo llegó a Chile interesado en la música tradicional latinoamericana y asistía a peñas y encuentros donde se interpretaban folclore y canciones populares. Ese encuentro marcó el inicio de una relación personal y artística significativa: Favre se convirtió en su pareja y colaborador musical, acompañándola en giras, grabaciones y proyectos, tanto en Chile como en Europa. Su presencia se volvió un hilo íntimo en el tejido de sus últimos años.
En 1964, Violeta alcanzó un hito histórico: expuso sus obras en el Museo del Louvre, convirtiéndose en la primera artista latinoamericana en lograr una muestra en solitario en ese espacio. Sus arpilleras, humildes y poderosas, sorprendieron por su expresividad y por la originalidad con la que unían artesanía y narrativa visual. El Louvre fue el reconocimiento de un arte que nació en los patios de tierra y se volvió universal.
Pero mientras su obra crecía, también crecía su dolor. Su vida personal atravesaba momentos de profundo desgaste emocional. El fracaso del proyecto de la Carpa de La Reina, las dificultades económicas, la soledad y el distanciamiento de Favre se sumaron a un estado de tristeza persistente. De ese desgarro nacieron algunas de sus canciones más emblemáticas: Gracias a la vida, Maldigo del alto cielo, Volver a los diecisiete. Obras que hablan de una lucidez extrema, de una sensibilidad que mostraba que todo ya le era insoportable.
En ese estado, el 5 de febrero de 1967, Violeta fue hallada sin vida en la carpa que había levantado en La Reina. Se quitó la vida a los 49 años con un disparo, en un acto que estremeció a toda América Latina y dejó una sensación de vacío e injusticia: parecía imposible que una voz tan vital pudiera apagarse tan temprano.
Su pueblo la lloró. Fue velada en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile, en Santiago, donde familiares, amigos, músicos, escritores y su público se reunieron para despedirla. Figuras de la cultura como Víctor Jara, Patricio Manns, Rolando Alarcón y sus hijos estuvieron presentes, acompañados por seguidores que llevaron flores y entonaron canciones en su honor.
La despedida estuvo marcada por la emoción y el duelo, reflejo del profundo impacto que su obra había tenido en la sociedad chilena. Su funeral reunió a una multitud que la acompañó hasta el Cementerio General de Santiago, donde fue sepultada en medio de muestras de afecto y respeto.
Su partida fue dolorosa, pero marcó un final que también se convirtió en renacimiento. Desde entonces, su figura no dejó de crecer, expandirse y transformarse en símbolo. No existe un número cerrado porque constantemente se suman nuevas versiones, pero se estima que hay más de 300 interpretaciones grabadas y publicadas de “Gracias a la vida”, en distintos idiomas y estilos. Violeta dejó un himno para la humanidad que aún la sigue recordando.