Cuando Alejandro Magno, el hombre más poderoso del mundo, se acercó a un viejo filósofo que descansaba al sol, esperaba admiración o reverencia.
No la obtuvo.
Diógenes de Sinope no se levantó, no inclinó la cabeza ni mostró temor alguno. Alejandro le dijo:
—Pídeme lo que quieras.
Diógenes solo respondió:
—Quítate. Me tapas el sol.
En ese instante quedó claro que el poder no intimida a quien no necesita nada.
Diógenes vivía sin posesiones, sin títulos y sin miedo. Para él, la verdadera libertad era la autosuficiencia y la virtud, no el dominio sobre otros.
Aunque no fue estoico, su forma de vida sembró las bases del estoicismo.
Sus ideas inspiraron a Crates de Tebas y, a través de él, a Zenón de Citio, fundador de la escuela estoica. Por eso Diógenes es recordado como: “Diógenes de Sinope, el abuelo salvaje del estoicismo, el filósofo que enseñó que quien controla sus deseos es más libre que cualquier emperador”.

Mente estoica.