¿Cómo te sientes cuando no tienes el celular activo en la mano?
No son tiempos mejores ni peores que antes, son diferentes. Los humanos siempre han convivido entre el bien, el mal -o siendo las dos cosas y al mismo tiempo- y las subjetividades. Pero hoy habita en nosotros el celular, dispositivo que masificó el acceso a la comunicación y la información y nos permitió dejar atrás al homo sapiens para convertirnos en homo digitalis. Aquello no es una simple adopción y adaptación a las nuevas tecnologías. Es la reconfiguración de la existencia y una mayor fragmentación mental.
Presencia ausente. Hoy el smartphone es una extensión de nuestro cuerpo. Funciona como un medicamento de gratificación instantánea, que no cura pero alivia. La economía de la atención, descrita por expertos como Tristan Harris (Center for Humane Technology), ha secuestrado el sistema dopaminérgico (conjunto de vías neuronales en el cerebro que utilizan el neurotransmisor dopamina para regular funciones vitales como la motivación, el placer, el aprendizaje, la memoria y el movimiento motor). Estadísticamente, estudios de la Universidad de Columbia sugieren que la sola presencia de un teléfono sobre la mesa —incluso apagado— reduce la capacidad cognitiva fluida y la profundidad de la empatía en una conversación. Es "presencia ausente" donde el sujeto está físicamente, pero su mente está dispersa en el scroll infinito. A la vez, tras eliminar los tiempos muertos o de no hacer nada, eliminamos la capacidad de procesar el mundo interno, disparando niveles de ansiedad y depresión clínica, datos respaldados por la APA en correlación con el uso intensivo de pantallas.
El celular erosionó lo que el filósofo Martin Buber llamó la relación Yo-Tú. Al convivir mediado por la pantalla, en un encuentro cotidiano de amigos, quien está a los lados o al frente, el "Otro", ya no es el cuerpo próximo y cercano sino un mero objeto visual, un dato más. Quizá, prescindir del dispositivo permita recuperar el "aura" de la interacción humana frente a lo cronológico de las notificaciones.
¿Quién no ha sentido que el celular le ayuda a evadir la realidad, que la hiperconectividad nos protege del aburrimiento y del encuentro con nosotros mismos? “I’m a rolling stone, all alone and lost”, compuso Hank Williams.
Recuperar el arte de la convivencia. Prohibir el celular como herramienta para estudiar, trabajar y el ocio es ir a contracorriente con los tiempos y parecer un loco, sino tonto, sino un loco tonto. Convocar a la mesura y el equilibrio de su uso, al menos en una conversación, es volver a jerarquizar el valor de la palabra, el silencio, la mirada sostenida y la escucha activa. Compartir sin celulares es respetar la otredad, abrazar a la identidad propia y a la presencia que no necesita ser registrada para ser real. Es construir cercanía.

Néstor Romero Mendoza
Asesor de Comunicación Política Estratégica
CEO de www.vibramanabi.com
13/2/2026