
En muchas familias ecuatorianas se está abriendo una fisura que no se limita a la convivencia cotidiana, ni a la típica discusión entre generaciones; ocurre porque ha empezado a cambiar el criterio con el que se mide el respeto, y cuando el respeto deja de recaer sobre quien produce, y empieza a recaer sobre quien aparenta, el relevo generacional se vuelve frágil, ya que lo que antes se transmitía como orgullo de oficio hoy se transmite, en demasiados casos, como algo que conviene ocultar o dejar atrás. Esa fisura tiene una raíz conductual evidente, porque el joven que crece consumiendo un relato constante de éxito rápido aprende a valorar la vida por signos de estatus visibles, mientras su padre o su madre, que ha levantado la casa con trabajo real, ve cómo el sacrificio deja de ser reconocido como mérito, y en ese choque se rompe la admiración que permite aprender.
Ecuador depende de sectores que requieren presencia territorial y conocimiento. El banano llega al puerto gracias a planificación agrícola, logística organizada y trabajo constante en campo; el cacao se vuelve exportable mediante ciclos de cultivo que exigen paciencia, criterio y oficio; el café, el arroz y las flores dependen de decisiones tomadas en territorio, de jornadas tempranas, de coordinación entre productores, transporte y cadena de comercialización. En el mar ocurre lo mismo, porque el atún, el dorado y la pesca blanca que exportamos, son consecuencia de experiencia acumulada, lectura precisa de corrientes marinas, cálculo de riesgos y resistencia física; por eso el oficio pesa. En turismo, especialmente en Galápagos y en territorios comunitarios, el guía asume una responsabilidad que combina conocimiento ambiental, conciencia cultural y disciplina en el trato con ecosistemas frágiles; en minería formal sucede algo equivalente, la cadena funciona por operarios que ejecutan tareas complejas en territorio bajo estándares ambientales y de seguridad.
El quiebre aparece cuando el trabajo que exige ensuciarse las manos, empieza a percibirse como socialmente inferior; ahí deja de ser un asunto de preferencias laborales y se convierte en una desvalorización, que impacta directamente en la continuidad económica familiar y nacional; cuando la mano callosa deja de representar esfuerzo legítimo y pasa a interpretarse como señal de estancamiento, se altera el sistema de respeto que articula el relevo.
Aquí encaja con precisión el aporte de Pierre Bourdieu, porque cuando habla de capital cultural incorporado, se refiere a un conocimiento que se forma con práctica, con repetición y con transmisión entre generaciones, y que, por su propia naturaleza, se comprueba en la ejecución. Si ese capital incorporado pierde prestigio frente a una lógica de estatus que premia solo la visibilidad, el relevo se debilita por una razón concreta, el joven deja de querer aprender lo que cree que no le da reconocimiento, y el adulto, al sentirse desautorizado, deja de enseñar con la misma apertura. En términos conductuales, ahí se activan dos ansiedades profundas. El adulto teme volverse irrelevante, porque percibe que su trayectoria ya no se valora; el joven teme quedarse encasillado, porque interpreta que continuar en ese sector lo fija en una escala social que considera menor. Cuando ambas ansiedades se retroalimentan, el resultado es ruptura de transmisión, y cuando se rompe, el país empieza a perder continuidad productiva, incluso si todavía mantiene volumen de exportación por inercia.
La teoría de las expectativas crecientes ayuda a entender por qué este patrón se expande. Cuando las aspiraciones se elevan sin una lectura clara de la estructura productiva que sostiene al país, se abre una brecha entre lo que se desea y lo que genera divisas, empleo y estabilidad. Ecuador sigue dependiendo, en gran medida, de agricultura, pesca, turismo y minería responsable. Si las nuevas generaciones se alejan de estos sectores por desprecio, el costo aparece en cadena, porque se pierde oficio, productividad, se encarece la operación, se reduce competitividad, y en ese punto se trata de un problema macroeconómico.
Karl Mannheim sostuvo que cada generación interpreta el mundo desde su propio contexto, y esa lectura nueva es parte normal del cambio social; el problema aparece cuando esa lectura desconoce el fundamento material que permitió el desarrollo previo. Erik Erikson, al hablar de generatividad, plantea que la adultez madura se define por formar a quienes continúan; sin embargo, esa formación solo se concreta si existe disposición a aprender, y la disposición a aprender solo existe cuando hay respeto.
El relevo generacional, entendido con seriedad, consiste en comprender el valor del modelo anterior, para incrementar su valor cotizable y estratégico, ya que el objetivo no es repetir mecánicamente el oficio, sino dominarlo para elevarlo.
Al mirar la imagen que acompaña este artículo, se vuelve evidente que el relevo generacional se afianza cuando los padres, los tíos y, en general, los mayores de la familia muestran el oficio con dignidad, porque esa dignidad es la primera lección que un niño o una niña internaliza antes de comprender la economía del sector en el que vive. Cuando el adulto trabaja con respeto por lo que hace, y además transmite valores de esfuerzo, sacrificio, disciplina, paciencia y meticulosidad, está entregando algo que no se encuentra en manuales, ya que está formando criterio, moldeando carácter y enseñando a valorar el trabajo bien hecho, como una forma concreta de responsabilidad.
Si esa transmisión ocurre con amor, con mesura y con exactitud, quienes hoy están saliendo de sus años más productivos, pueden sembrar fuerte en las generaciones que vienen, porque les muestran que el compromiso es una conducta, y que el esfuerzo es el origen de la competencia real. Esa enseñanza puede nacer en el campo, en el mar o en el barrio, porque un oficio puede ser de carpintero, zapatero, orfebre, tejedor o tejedora, y tantos otros oficios nobles, que son reconocidos internacionalmente porque se ejecutan a mano, con técnica, paciencia y rigor; lo hecho a mano tiene valor emocional y es mejor cotizado, ya que implica tiempo humano, conocimiento especializado y un estándar de cuidado que, la cadena de producción en serie, no reproduce del mismo modo.
El relevo generacional, visto desde la imagen que inspira este texto, se construye en dos direcciones al mismo tiempo. La niña simboliza la energía y la ambición legítima de las nuevas generaciones; el padre simboliza la experiencia que funciona como referente.
Cuando la juventud comprende que el prestigio se mide por la capacidad de lograr resultados, y la experiencia asume su rol de guía sin miedo a ser reemplazada, el relevo se convierte en continuidad fortalecida, dado que, una economía que construye su porvenir sobre oficio, aprendizaje y respeto no depende de modas pasajeras, sino de la calidad del trabajo bien hecho.

Erick Lasso
Ingeniero en Administración de Empresas y Máster en Gestión Estratégica y Alta Dirección
Gerente General de KLASS ASESORES - @klassasesores
Columnista www.vibramanabi.com
27/2/2026