El protagonista comienza a clavar, uno a uno, chupetines en la cabeza de una figura que representa a su madre. La escena ocurre en Harto, el unipersonal protagonizado por Ángel Blanco. Son esos chupetines que ella prometía cuando él era niño, pero que nunca llegaban. Mientras los hunde en la cabeza de esa figura, repite una pregunta: “¿Querés otro, mamá?“.
La escena se vive como un continuo afectivo, como si algo del tiempo hubiera quedado atrapado en ese vínculo, congelado. Hay experiencias que suceden en la infancia que nunca terminan del todo de pasar.
La obra funciona como una exploración de esas escenas infantiles que permanecen abiertas, como heridas, y organizan la manera de ser y estar en el mundo de este adulto que lucha para recuperar algo de la dignidad arrebatada.

Muestra lo que en la clínica vemos a diario, que ciertas experiencias infantiles no quedan atrás ni se reducen solo a recuerdos. Se hacen carne y palabra y se presentan una y otra vez bajo distintas formas, buscando ser comprendidas, metabolizadas, tramitadas a través de síntomas, angustia, miedo o dolor.
En la obra también emerge una inquietud muy frecuente en el consultorio: que no le pase a mi hijo lo que me pasó a mí. Un estado de alerta permanente, de adultos heridos, que intentan evitar que esa historia dolorosa, hecha de negligencias, silencios o violencias tempranas, pueda transmitirse. A veces ese intento fracasa, no por falta de voluntad, sino porque son inconscientes.
Salí del teatro pensando en la frase de Jean‑Paul Sartre, escrita en su ensayo sobre el escritor francés Jean Genet, publicado en 1952 con el título Saint Genet: comediante y mártir. Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros.
Sartre intentaba comprender cómo un niño abandonado por su madre, criado por el sistema de asistencia pública y marcado muy temprano por la violencia, la acusación y el estigma podía convertirse, sin embargo, en uno de los grandes escritores franceses del siglo XX.
En su obra Jean-Paul Sartre sostiene que Jean Genet es el ejemplo máximo de la libertad existencial, porque logró transformar una identidad criminal impuesta por la sociedad en un proyecto de autotransformación radical. En la lectura de Sartre la tesis central radica en que Genet, tras ser estigmatizado como “ladrón” en su infancia, no buscó la redención burguesa, sino que decidió “querer ser” lo que los otros le habían asignado, abrazando el mal como una forma de ética subversiva.

De este modo, Genet pasa de ser un objeto juzgado por la mirada ajena a convertirse en un sujeto soberano que, a través de la literatura y el ritual, santifica su propia marginalidad y obliga al mundo a reconocer la belleza en lo prohibido.
La frase, de una fuerza enorme, ha atravesado el tiempo porque introduce una idea potente y prometedora: la historia no determina completamente quiénes somos, e incluso en las condiciones más adversas permanece alguna posibilidad de respuesta.
Escuchada desde la clínica, y desde la experiencia concreta de las vidas atravesadas por lo traumático, esa afirmación necesita algunos matices.
Las experiencias infantiles no son un simple antecedente biográfico que luego el individuo reorganiza, redirige y supera a voluntad. El sujeto está atravesado por fuerzas inconscientes que lo han situado en una posición y no en otra. Si no fuera así, la recuperación de los traumas infantiles sería apenas un trámite, como prometen algunas escuelas de lo inmediato.
Lo vivido deja marcas profundas y organiza la manera de percibir el mundo, la confianza o desconfianza hacia los otros, la forma de amar, de defenderse, de temer y también de cuidar y cuidarse a uno mismo.
En psicoanálisis sabemos que aquello que no logra elaborarse tiende a repetirse: en síntomas, en vínculos, en escenas que regresan bajo otras formas. No siempre hay transformación, a veces hay sólo repetición, que siempre es dolorosa.
El caso de Genet fascinó a Sartre justamente porque mostraba algo excepcional, un sujeto capaz de convertir la violencia y el estigma que le habían sido impuestos, ladrón, marginal, delincuente, en una identidad estética y en escritura. Pero lo excepcional, precisamente, no es la regla, porque no todo sufrimiento infantil encuentra un camino de sublimación de esa magnitud y de ese valor social y tampoco sabemos si Genet no hubiese preferido otra cosa para su vida que esta eterna repetición sublimada.
Acerca del análisis de Sartre, el propio Genet dijo en una entrevista para Playboy en 1964: “Me llenó de una especie de asco, porque me vi desnudado por alguien que no era yo mismo. Cuando me desnudo, logro no dañarme demasiado, ya que me disfrazo con palabras, con actitudes, con ciertas decisiones, mediante cierta magia. Mi primer impulso fue quemar el libro. Casi no pude seguir escribiendo. El libro de Sartre creó una especie de vacío que me provocó una especie de deterioro psicológico".
Sartre ignora el sufrimiento real y la inercia del dolor, convirtiendo una tragedia de maltrato y exclusión social en un ejercicio intelectual de voluntad.

La psicoanalista Alice Miller, una de las investigadoras más importantes sobre el maltrato infantil, insistía en que para que un niño o un adulto sobreviviente de maltrato pueda transformar una experiencia traumática necesita la presencia de lo que llamaba un “testigo cómplice”: alguien que reconozca su dolor, que lo nombre, que lo aloje.
Sin ese reconocimiento el sufrimiento queda encapsulado y puede reaparecer durante toda la vida, como le pasó a ella misma que renegó de una parte importante de su historia y que probablemente hizo que abandonara a dos de sus hijos (una de ellas con una discapacidad), según relata su hijo Martín Miller en el libro El verdadero drama del niño dotado.
Es decir: no alcanza con la voluntad, ni con la sabiduría, ni con la decisión.
Transformar una historia dolorosa requiere también de otros, apoyo, mirada, palabras, encuentros que permitan que esa experiencia encuentre un lugar donde elaborarse.
Por eso la frase de Sartre no debería leerse como una superación de las marcas de la infancia ni como la promesa del control voluntario y consciente de nuestro propio destino.
En Jean Genet él mismo muestra con gran precisión cómo la violencia, la acusación y la negligencia pueden organizar una identidad entera. Genet no eligió las acusaciones ni los malos tratos que lo marcaron desde niño. Muy temprano fue señalado como ladrón y marginal, y durante años entró y salió de prisión, casi como si estuviera cumpliendo el oráculo que esa acusación había instalado sobre él.
Escribía desde esos márgenes, pero también volvía a ellos una y otra vez. La pregunta entonces es más inquietante: ¿cuánta libertad hay realmente cuando una vida queda organizada por escenas tempranas que se repiten?
Hay psiquismos que encuentran caminos de transformación y otros que quedan fijados en el dolor. No es debilidad ni falta de carácter, sino porque el impacto de lo vivido fue demasiado grande, demasiado temprano, demasiado solitario y cada sujeto tiene una manera particular de tramitarlo.
Tal vez por eso la frase de Sartre necesite una inflexión más humilde, por lo menos para la clínica. No siempre somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. A veces somos lo que podemos con lo que hicieron de nosotros. Y en ese podemos se juega casi todo: la historia que nos tocó, los apoyos que recibimos, o no, las palabras que alguien ofrece a tiempo y la posibilidad de que el dolor encuentre un camino distinto al de la repetición.
Quizás por eso la pregunta que aparece en Harto resulta tan inquietante. No se trata solamente de comprender lo que nos ocurrió cuando éramos niños, sino cómo transformarlo sin que duela y, además, como hacer para que todo aquello no pase, sin querer, a las futuras generaciones.

Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
