Doce años. Durante doce años Marina Abramović y Frank Uwe Laysiepen (Ulay) fueron eternidad. Una sola vida. Un romance artístico. Un amor clasificado. Un experimento social, psicológico y filosófico radical. Sus cuerpos fueron pasión y arte de acción, transformando su vínculo afectivo en una frontera de la resistencia hasta llegar a la disolución del yo para la creación de un ser tercero: nosotros.
Cada una de sus obras eran expresiones vitales. En Relation Works, por ejemplo, el objetivo no fue la tradicional colaboración mutua, sino la fusión absoluta de dos vidas. En Breathing in/Breathing out (1977), donde compartieron el aire hasta colapsar por intoxicación de dióxido de carbono, utilizaron sus labios como circuitos cerrados y blindaje. Fue la aniquilación del ego en favor de una esencia colectiva. En Rest Energy (1980), Ulay sostenía una flecha cargada apuntando al corazón de Marina; la escena dependía de la tensión muscular y el ritmo cardíaco (monitoreado por micrófonos). Había margen de error y confianza por la supervivencia. No hay intimidad real sin la posibilidad de daño.

Abramović y Ulay anticiparon la crisis de las relaciones líquidas de los nuevos tiempos descrita por el filósofo alemán Zygmunt Bauman. Fueron los nómadas del arte. Vivieron en una camioneta, sin más patria que sus propios huesos y la necesidad de ser lo que querían ser. Y sin embargo, el tiempo, que no perdona ni a los dioses, terminó por oxidarlos. Mientras su compromiso representaba la entrega total y la interdependencia, su ruptura en The Great Wall Walk (1988) —donde caminaron 2,500 km desde extremos opuestos de la Muralla China hasta encontrarse en un punto central para conectar, luego romper, despedirse y dejarse libres— simboliza el fin de la era de los grandes relatos compartidos sobre el amor, sus ángeles y demonios. La relación dejó de ser un refugio para convertirse en un campo de pruebas y validación en el conflicto y la paz, en el placer y en el dolor, incluso como una forma de conocimiento mutuo.

Abramović y Ulay exploraron y explotaron la subjetividad. Cada uno era a través del otro. El cuerpo era el límite donde terminaba la voluntad para forzar al espectador a atravesar el "ahora" puro. Su reencuentro en el MoMA (2010) durante The Artist is Present demostró que el residuo emocional de una relación terminada, existe. Y que, muchas veces, un minuto de silencio puede contener años de historias que no necesitan palabras, solo sentirlo.
En la nueva sociedad, hiperconectada, emocionalmente frágil y de interacciones mediadas por algoritmos, Abramović y Ulay son la memoria histórica de la autenticidad. Se amaron hasta que el aire se puso pesado y el ruido habitó a rabiar. Fueron soledades que se tropezaron, fueron una sola vida y muchas vidas a la vez. Fueron una herida abierta que se exhibía ante el mundo para que nosotros aprendiéramos a sangrar, sentir, vivir y morir. Hay que aprender a morir.

Néstor Romero Mendoza
CEO de www.vibramanabi.com
Periodista / Escritor / Asesor de Comunicación Política Estratégica
21/3/2026
En memoria de un humano bueno, bueno de verdad, que también decidió que tenía que partir en búsqueda de la eternidad.
QEPD: Farid Safady Darwiche.