
El prolífico realizador Marcos Carnevale, también director de televisión y teatro, va sumando año tras año películas que ya no nos permiten hablar de un cineasta desparejo, sino más bien de uno que cuando hace una buena película, debe ser tomada como una excepción. Sí, tiene algunos títulos que están bien, pero los malos van ganando por goleada. El último gigante (2026) es un ejemplo perfecto de su cine, dicho esto no como un elogio sino como una crítica. Todos los lugares comunes y los golpes bajos, a los que se le deben sumar el toque final Carnevale: el sinsentido que permite que lo mediocre pase a ser insufrible.
El último gigante cuenta la historia de Boris, un guía de turismo que trabaja en las Cataratas del Iguazú. Tiene una novia y lidia con su madre, que es casi una adolescente en sus comportamientos. Pero un día, de la nada, reaparece su padre, Julián, luego de veintiocho años de haber estado alejado. Julián tenía una doble vida y decidió quedarse con su familia de Buenos Aires, perdiéndole el rastro a su mujer y, sobre todo, a su hijo. Boris, lejos de comprender, está furioso, pero pronto entenderá lo que absolutamente todos los espectadores adivinamos, y es que su padre está enfermo y no le queda mucho tiempo de vida. Ha vuelto para pedir perdón, pero tal vez sea demasiado tarde. Bueno, ya sabemos cómo sigue todo.
Pero la película, plagada de diálogos antiguos, discursos gastados y obviedades surtidas, puede darnos más disgustos y no se priva de hacerlo. En un giro insólito, Julián quiere que Boris lo asista para quitarse la vida. Esto es difícil de aceptar en cualquier historia de reencuentro, pero lo es mucho más acá, donde no se ha generado el vínculo entre los personajes a un nivel que podamos entenderlo. Es de una desprolijidad y una inverosimilitud pocas veces vista. Los actores, varios de ellos muy buenos, lidian con los textos y las situaciones, pudiendo salir airosos cuando se trata de los momentos más simples y golpeando contra las palabras en los momentos exaltados y subrayados del guión. En ese aspecto, el hijo es el que se lleva la peor parte. Es imposible, por más que Marcos Carnevale quiera llevarnos a un tema candente, sentir algo por estos personajes de caricatura mal escritos y en situaciones tan absurdas. La utilización de una versión de la canción The Sound of Silence de Simon & Garfunkel es de no creer, pero encaja muy bien en la bochornosa escena final de esta película pequeña, pero igualmente llena de desaciertos.
Santiago Garcia
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