
Detectar señales de dolor y cambio de comportamiento en perros resulta más difícil de lo que muchos dueños imaginan, según un estudio reciente. Esta dificultad puede influir negativamente en la salud y el bienestar animal, ya que pasa inadvertida para muchos propietarios.
El dolor en los perros suele manifestarse tanto con signos obvios como mediante cambios sutiles en la conducta. Si un perro presenta alteraciones en la rutina, el estado de ánimo o sus movimientos habituales, es fundamental prestar atención y recurrir a un veterinario para confirmar la causa. No detectar a tiempo estos cambios puede suponer un riesgo para la mascota.
Expertos consultados por The Conversation destacan que la mayoría de los dueños identifican únicamente los síntomas más evidentes, como levantar la pata, cojear o dejar de jugar. Sin embargo, existen comportamientos menos notorios que también pueden indicar malestar, como bostezar de forma inusual, lamerse la nariz y parpadear con frecuencia.
Según ambos estudios, cambian los patrones de sueño, aumenta la inquietud nocturna y pueden observarse conductas como seguir permanentemente a la familia. Elegir lugares nuevos para dormir, evitar el contacto físico, permanecer inmóvil, girar la cabeza o mostrar menos interés en el juego también pueden ser señales de dolor. Cambios en el pelaje y la posición de las orejas resultan igualmente relevantes.
Los especialistas subrayan que, en ocasiones, la mayor experiencia del dueño no equivale a una mejor detección: quienes nunca han convivido con perros o no han observado animales con dolor son propensos a identificar antes las señales sutiles en comparación con los dueños.

Ejemplos reales: cómo se manifiesta el dolor en distintos perros
El caso de Rex, un pastor alemán de seis meses, documentado en el estudio, ilustra cómo el dolor puede manifestarse a través del apego excesivo y la inquietud nocturna.
Rex, que antes dormía solo en su cama, ahora busca la compañía de los adultos y cambia repetidamente de lugar durante la noche. Mantiene cierto interés por el juego, pero acorta sus paseos y ya no descansa enrollado en una bola.
Por otro lado, Coco, una chihuahua de tres años, empezó a levantar la pata trasera izquierda y a saltar sobre tres patas en los paseos. Abandonó el sofá para tumbarse en un cojín en el suelo y perdió parte de su entusiasmo por acudir al parque. Su reducción del juego y los cambios en el descanso fueron asociados principalmente al dolor por la mayoría de los participantes.
Por último, Zora, una Jack Russell Terrier de dos años, muestra conductas distintas, como insistir en salir al jardín y mantenerse junto a una pared, llegándose a inquietar si la llevan dentro de casa. Sin embargo, sigue saludando con alegría y juega tras descansar. En este caso, los cambios se atribuyeron sobre todo al aburrimiento o a conductas aprendidas y no a dolor.
Estos ejemplos demuestran que interpretar correctamente el contexto y analizar el resto de comportamientos es clave para identificar si el origen es el dolor o algún otro factor.

Qué hacer si sospechas que tu perro tiene dolor
Los expertos citados en la investigación, la observación atenta ante cualquier alteración repentina de la actitud, movilidad o ánimo es fundamental. La consulta con el veterinario debe ser el primer paso si surgen dudas, evitando actuar por cuenta propia.
La evaluación veterinaria es esencial para descartar causas físicas del malestar. Solo tras tratar el problema básico se pueden plantear ajustes en rutinas o actividades. Asumir que un cambio de comportamiento tiene siempre un origen conductual puede retrasar el diagnóstico de un problema médico.
El dolor también puede incrementar la reactividad, generar miedo a lugares o personas específicas y agravar la evitación del contacto físico. No abordar el dolor desde el origen puede empeorar el bienestar del animal.
Detectar la causa real de cualquier cambio en la conducta o el ánimo de un perro permite actuar de manera eficaz y mejorar su calidad de vida. Antes de adoptar medidas de corrección conductual, es esencial descartar siempre que el animal no sufre malestar físico. Sólo así se podrá garantizar una respuesta adecuada y proteger la salud de la mascota.

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