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Hay un 90% de probabilidad que en el segundo semestre del 2026 llegue el “Super Niño” extremo
Publicado en 05/06/2026 17:41
NATURALEZA VIVA
Ilustración de la red / Con información de Infobae. #Vibra #Manabí #Nipponflex Pedidos: vibramanabi@gmail.com

El clima mundial vuelve a estar en alerta máxima. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó esta semana que “con un 90 % de probabilidad, el fenómeno de El Niño volverá a hacer su aparición en el segundo semestre de este año y no se descarta que tenga una intensidad elevada”.

El aviso fue replicado por agencias internacionales y refuerza la importancia de monitorear y anticipar la evolución de uno de los fenómenos más influyentes y disruptivos de la meteorología global.

El Niño es una de las variaciones climáticas naturales más poderosas del planeta y ocurre cada dos a siete años. Se caracteriza por el calentamiento de la superficie del mar en la parte central y oriental del Pacífico ecuatorial, lo que modifica vientos, lluvias y temperaturas en distintas zonas del mundo durante meses.

Para predecir su aparición, los especialistas monitorean temperaturas superficiales y subsuperficiales del océano, vientos y el índice de oscilación austral, que mide la presión atmosférica entre el Pacífico oriental y occidental. Cuando todos estos indicadores se alinean, la probabilidad de El Niño aumenta.

Meteorólogos de distintos centros internacionales y organismos como la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos) y el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF) coinciden en que la probabilidad de desarrollo de El Niño alcanza niveles inéditos en 2026.

Las proyecciones de la NOAA estiman un 62 % de probabilidad de que El Niño se desarrolle entre junio y agosto, con potencial para intensificarse hacia el final de la temporada de huracanes.

AccuWeather otorga un 15 % de chances de que el episodio alcance la categoría de “intenso” en ese mismo periodo, mientras que el ECMWF advierte que “el sistema climático actual, afectado por la acumulación de gases de efecto invernadero, podría no lograr disipar el calor generado por el fenómeno, lo que incrementaría el impacto global”.

El concepto de “super El Niño” define aquellos episodios en los que la temperatura superficial del mar en la región Niño 3.4 del Pacífico ecuatorial supera los +2 °C durante varios meses. Solo en tres ocasiones desde mediados del siglo pasado se alcanzó esta magnitud: 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016.

De acuerdo con los informes técnicos, “un super El Niño se produce cuando la temperatura de la superficie del mar alcanza al menos 2 °C (3,6 °F) por encima del promedio a largo plazo”.

El ECMWF prevé anomalías que podrían llegar a 3,3 °C hacia septiembre, lo que refuerza la preocupación por la posible magnitud del fenómeno. Los expertos advierten que “este tipo de fenómenos se caracteriza por su comportamiento irregular y por la dificultad para predecir con exactitud su evolución”.

Las consecuencias de un “super El Niño” pueden sentirse en todo el planeta, aunque no de manera uniforme. Según el análisis de la NOAA, El Niño intensifica la actividad de huracanes en el Pacífico central y oriental, pero la reduce en el Atlántico. Además, puede provocar olas de calor extremo, déficit de lluvias en algunas regiones y precipitaciones por encima de lo normal en otras, como el sur de Estados Unidos durante el invierno boreal.

En Sudamérica, la OMM advierte que el sudeste del continente, incluyendo el sur de Brasil, Paraguay, el norte y noreste de Argentina y Uruguay, podría enfrentar lluvias por encima de lo habitual, con riesgo de inundaciones, tormentas severas y deslizamientos. Por el contrario, el norte de Sudamérica, América Central y el noreste de Brasil quedarían expuestos a “sequías o lluvias por debajo de lo normal”.

La interacción entre El Niño y el cambio climático suma incertidumbre y amplifica los riesgos. “La ciencia no ha demostrado que el cambio climático aumente la frecuencia o la intensidad de los episodios de El Niño, pero lo que sí se sabe es que ambos pueden combinarse y amplificar sus impactos en términos de fenómenos meteorológicos extremos que su vez pueden originar desastres naturales”, destacan desde el organismo. Los modelos advierten que un océano y una atmósfera más cálidos disponen de más energía para fenómenos como olas de calor, lluvias torrenciales e incendios forestales.

La magnitud del fenómeno y su fecha de inicio son determinantes en el impacto final. Si El Niño se desarrolla durante el invierno austral, la primavera posterior suele registrar un aumento significativo de las lluvias, con mayor riesgo de eventos de precipitación intensa y tormentas severas.

“La intensidad es incierta, pero existe la posibilidad de que se produzca un fenómeno de El Niño de moderado a posiblemente fuerte este otoño e invierno”, expresó Paul Pastelok, meteorólogo y principal pronosticador de AccuWeather. La NOAA, por su parte, otorga una probabilidad de uno en tres a que surja un El Niño fuerte entre octubre y diciembre, aunque describe su posible intensidad como “muy incierta”.

La OMM, la NOAA y el ECMWF insisten en que un “super El Niño” podría elevar las temperaturas globales y aumentar la probabilidad de fenómenos extremos como sequías, lluvias intensas y olas de calor en distintas regiones. La OMM recuerda que los episodios más intensos de El Niño en las últimas décadas causaron “alteraciones sustanciales en los sistemas climáticos globales”.

El evento de 1997-1998, por ejemplo, generó pérdidas económicas por más de USD 30.000 millones y cerca de 24.000 víctimas mortales, mientras que el de 2015-2016 fijó récords de calor y causó inundaciones y sequías en América del Sur, África y Centroamérica.

Frente al desafío, los servicios meteorológicos nacionales y los centros climáticos regionales de la OMM emiten pronósticos estacionales actualizados. “Ellos son los últimos responsables y las voces autorizadas en relación con este fenómeno”, remarcó Saulo. La información confiable y la cooperación internacional serán clave para reducir los impactos y adaptar las medidas de respuesta ante la posible intensificación del fenómeno.

El monitoreo constante, el acceso a información actualizada y la capacidad de ajustar estrategias serán imprescindibles para enfrentar los desafíos y aprovechar las oportunidades que ofrece el ciclo ENSO en los próximos meses.

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