La instalación Grass Babies, Moon Babies del artista Ei Arakawa-Nash fue inaugurada este año en la Bienal de Venecia. Al ingresar al Pabellón de Japón, los visitantes eran invitados a elegir uno de los doscientos bebés que formaban parte de la obra y la consiga era cargarlo durante todo el recorrido.
Los muñecos, confeccionados a mano por la madre del artista y otras mujeres de Fukushima, tenían el peso aproximado de un lactante real. No podían dejarse a un lado mientras se observaba la muestra, de ninguna manera. Había que sostenerlos y caminar con ellos.
Al finalizar la visita, los participantes debían incluso realizar un acto simbólico de cuidado simulando el cambio de pañales, mientras una composición sonora construida a partir de las voces y balbuceos de los hijos del propio Arakawa-Nash impregnaba la experiencia.
Al hacerlo activaban un código QR que generaba un poema asociado al cumpleaños de cada bebé. Las flechas de cumpleaños eran una intersección entre la historia personal del artista y acontecimientos históricos y sociales que atravesaron Japón y el mundo.
Cada bebé dejaba de representar únicamente una vida individual para convertirse también en portador de una memoria colectiva. Como si la obra nos recordara que ningún niño nace solamente en una familia, sino también en una época, en una sociedad y en una historia que lo precede.
Observaba a un hombre llevando a un bebé a caballito, mujeres sacándose selfies con ellos, una señora luchando por cambiar al bebé que le había sido asignado, buscando algún lugar, cómodo para el bebé, para hacerlo como hemos hecho todas las mamás del mundo.
Toda la exposición convertida en un enorme espacio de cuidado. La escena me conmueve porque noto que obliga a detenerse en algo que suele permanecer invisible de tan obvio: la relación entre la supervivencia de los bebés y los cuidados de los adultos.
Pensé en Winnicott y en el concepto de holding que utilizó para describir el sostén de los cuidados físicos y emocionales que permiten al niño sentirse seguro y protegido: ser tomado en brazos cuando llora, recibir una respuesta sensible a sus necesidades, contar con una presencia estable. El holding como condición estructurante del psiquismo.

También al verlo recordé a Freud que utilizó la expresión His Majesty the Baby para describir al bebé como centro narcisista del universo familiar y depositario de los sueños parentales. La frase parece inspirarse en un popular cuadro de la época victoriana en el que dos policías detienen el tránsito para permitir el paso de una niñera con un cochecito de bebé.
La imagen resume bien la idea freudiana: el mundo entero parece detenerse ante Su Majestad el Bebé.
Eso que nos pasa a casi todos, cuando un bebé entra en la escena, quedamos capturados por su imagen y esa poderosa atracción forma parte de los mecanismos que, a lo largo de la historia de la especie, ayudaron a garantizar su supervivencia.
Sin embargo, esa aparente majestad convive con una realidad mucho menos idealizada: ninguna etapa de la vida humana está atravesada por una dependencia tan absoluta de los cuidados de otros. Un bebé necesita mucho más que admiración o ternura. Necesita sostén. Y el sostén es algo bastante más exigente que la fascinación momentánea que suele despertar. Implica tiempo, disponibilidad, presencia, atención y capacidad de respuesta frente a sus necesidades.
Paradójicamente, mientras los bebés ocupaban un lugar privilegiado en el imaginario familiar, su vida emocional permanecía en gran medida fuera del campo de interés de la ciencia, las políticas públicas y los sistemas de cuidado. La salud mental infantil temprana constituye un área de desarrollo relativamente reciente. Durante décadas, la atención estuvo centrada en niños mayores, adolescentes y adultos, mientras que el sufrimiento, las necesidades emocionales y las experiencias subjetivas de los bebés fueron escasamente consideradas.
Durante siglos se desmintió el sufrimiento infantil, tanto físico como psíquico. En 1848, Henry Bigelow de Boston publicó el primer artículo norteamericano sobre el uso de la anestesia y escribió que era innecesaria para los infantes, puesto que estos carecían del “recuerdo del sufrimiento”.
Durante mucho tiempo predominó la idea de que los bebés eran poco más que organismos biológicos cuyas necesidades emocionales carecían de relevancia. Hasta hace relativamente poco, algunas corrientes de crianza recomendaban dejar llorar a los bebés durante largos períodos hasta que aprendieran a calmarse solos.
Cuando alguien me pregunta si es aconsejable dejar llorar a un bebé, me gusta invertir la posición: ¿qué harías si vieras a un adulto llorar con desconsuelo en tu casa o en tu lugar de trabajo? ¿Te acercarías a preguntarle qué necesita? La mayoría responde que sí. ¿Por qué entonces dejar llorar a un bebé sin conmiseración? Los bebés no lloran para provocar ni manipular. Lloran porque necesitan algo. A veces comida, frío, calor; otras veces sienten desasosiego, sensaciones de vacío, incomodidades que también son urgentes.
Las investigaciones más recientes muestran que más del 20 % de los bebés experimentan al menos una vivencia adversa durante sus primeros tres años de vida, y que los efectos de esas experiencias pueden extenderse durante décadas. Cuando un niño atraviesa situaciones que desbordan su capacidad de comprensión y respuesta, encuentra modos de expresarse. Puede aparecer desconfianza hacia los adultos, miedo, aislamiento o retrocesos en el desarrollo. Estas expresiones constituyen intentos de adaptación frente a experiencias que ningún niño debería atravesar.
La salud mental en la primera infancia no reside exclusivamente en el bebé, sino en la calidad de los vínculos que lo rodean. La capacidad para construir confianza, relacionarse con otros, explorar el entorno y desarrollar una vida emocional saludable emerge dentro de experiencias de cuidado estables, sensibles y protectoras.
Pero el bebé no es una superficie pasiva sobre la que los adultos imprimen su influencia. Desde el comienzo participa activamente de esos intercambios, los recibe, los interpreta y construye a partir de ellos una experiencia singular del mundo y de sí mismo y de los otros que lo rodean.
Por eso el cuidado nunca ha sido una cuestión exclusivamente privada. Cada generación recibe a la siguiente en brazos, la nombra, la sostiene durante un tiempo y luego la entrega al mundo y todo vuelve a empezar.
Tal vez por eso esos doscientos bebés circulando por los jardines de la Bienal sean una interpelación en varios aspectos. Yo pensé en que la salud mental comienza mucho antes de que existan las palabras y que esta está inexorabalente imbricada en la disponibilidad de los adultos para sostener y una comunidad dispuesta a cuidar a quienes cuidan.
Ninguna sociedad puede construir presente y futuro sin hacerse responsable de los comienzos de la vida.
*Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
