Vivimos en la era de la opulencia digital, un tiempo paradójico en el que la sociedad actual ha confundido, con trágica ligereza, la urgencia febril del deseo con la anestesia pasiva de estar satisfecho. Nos movemos por el mundo como autómatas dopaminérgicos, es decir, individuos que actúan de forma inconsciente, movidos únicamente por la búsqueda de placer rápido y recompensas inmediatas. Estamos atrapados en lo que la psicología experimental denomina la "cinta de correr hedonista" (hedonic treadmill).
Estudios neurocientíficos contemporáneos demuestran que el cerebro humano segrega dopamina durante la anticipación del estímulo, no durante su posesión. El deseo es una flecha en movimiento; la satisfacción, un estado de inercia. Al saciar artificialmente cada pequeño antojo con la inmediatez de una pantalla, estamos extirpando el motor mismo de la voluntad humana. El deseo, como bien sabían Spinoza y Schopenhauer, no es una carencia que deba ser extinta, sino la potencia misma de existir (conatus). Estar satisfecho, en el léxico fugaz de nuestro siglo, se ha convertido en sinónimo de conformismo, en una eutanasia del inconformismo. Las estadísticas globales de salud mental revelan una alarmante correlación: a mayor acceso a la satisfacción material inmediata, mayores son los índices de vacío existencial y depresión clínica. No nos enfrentamos a una crisis de escasez, sino a una crisis de sentido. Hemos domesticado la insatisfacción creadora —aquella que impulsó a los grandes artistas, científicos y revolucionarios de la historia— para cambiarla por el sedentarismo del espíritu.
No nos dejemos sepultar por la comodidad contemporánea. Estar satisfecho es claudicar; es aceptar que el mundo termina donde alcanza la mirada de nuestros ojos cansados. El deseo es rebelión: es la llama sagrada que nos rescata de la condición de meros consumidores y del scroll infinito para devolvernos nuestra dignidad de creadores. Es imperativo rechazar la complacencia de la saciedad que nos ofrecen los mercaderes de ilusiones baratas. Debemos recuperar la bendita curiosidad y la insatisfacción, abrazando el abismo de lo no alcanzado. Porque solo en la tensión indomable del deseo, en esa búsqueda perpetua de lo absoluto, se halla la verdadera e irrenunciable libertad humana. El deseo no es un accidente biológico; es la fuerza vital con la que la humanidad desafía el caos y esculpe su propio destino evolutivo. La comodidad, al final del día, mata la excelencia y la existencia.

Néstor Romero Mendoza
CEO de www.vibramanabi.com
Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica / Consultor Político Independiente
2/7/2026
