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Cómo ganar las elecciones: el candidato en la nueva sociedad, entre el mito del héroe y la realidad del algoritmo
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 06/07/2026 16:26
CÓMO GANAR LAS ELECCIONES / NÉSTOR ROMERO MENDOZA
Ilustración de IA.

En cada elección, la política tradicional muere un poco más, pero sus fantasmas aún caminan por los pasillos de las organizaciones políticas. Los viejos caciques, obsesionados con legados, intereses económicos personales o ideológicos, los discursos kilométricos y la liturgia de las masas, siguen creyendo que las elecciones se ganan con el «carisma» del siglo XX. No están entendiendo nada.

La nueva sociedad del siglo XXI no quiere redentores; busca espejos en los cuales reflejarse con sus aspiraciones. En la era de la hiperconectividad, el candidato ya no es un líder que guía al pueblo desde un balcón, sino un eje de comunicación que debe sintonizar con la subjetividad de miles o millones de ciudadanos atomizados. Para ganar una elección hoy, el punto de partida es comprender que el candidato no es el mensaje: es la herramienta a través de la cual los electores expresan sus propios sentimientos, emociones, sueños, miedos y deseos. El candidato que no entienda esto está condenado al fracaso.

En la sociedad líquida que describió Zygmunt Bauman, las certezas institucionales se han evaporado. Los ciudadanos ya no votan por identidades partidarias rígidas. Diversos estudios de psicología política y neurociencia cognitiva —como los desarrollados por George Lakoff sobre el enmarcamiento (framing) y los modelos mentales— demuestran que el voto es un acto profundamente emocional, consolidado en el sistema límbico antes de ser racionalizado por el neocórtex.

El candidato exitoso funciona como lo que Ernesto Laclau denominaba un «significante vacío». No debe llenarse de conceptos ideológicos abstractos o teorías que alejen a la mayoría, sino de contenidos aspiracionales y cotidianos que permitan a cada individuo proyectar en él sus propias demandas.

La ciencia de los datos aplicada a la política viene enseñando que el electorado actual está fragmentado en microsegmentos con intereses hiperespecíficos. Un candidato que satura el debate con dogmas técnicos o discursos dogmáticos rompe la empatía con el ciudadano común, quien vive sumergido en solucionar sus propios problemas y en la inmediatez del scroll infinito, y cuyo tiempo de atención promedio no supera los ocho segundos.

El lastre de los acompañantes. Aterricemos en el escenario democrático ecuatoriano más cercano: las elecciones seccionales adelantadas de noviembre de 2026. Uno de los errores más recurrentes en las campañas modernas es la pésima selección de las listas de personas que complementan o acompañan al candidato a alcalde o prefecto, así como de sus equipos de trabajo directos. Los aspirantes suelen ceder ante las presiones de sus cúpulas cercanas, familiares o partidarias, entregando espacios protagónicos al compadre, al sobrino, a la esposa, a financistas oscuros o a clientelares de la vieja política. O a todos a la vez.

Esto, desde la perspectiva de la teoría de redes y el ecosistema digital, hace que el juzgamiento al candidato sea más sensible, pues las manchas de reputación se multiplican y lo acorralan. La presencia de figuras del pasado o personajes cuestionados en las listas produce un fenómeno de disonancia cognitiva en el elector. Si el candidato promete «cambio» y «futuro», pero sus listas están llenas de los mismos rostros de los últimos treinta años, el votante detecta la contradicción de inmediato y, ante la duda, prefiere el rechazo o, si el sentimiento es más profundo, el odio hacia la propuesta.

Diversos estudios sobre comportamiento electoral demuestran que las listas de concejales mal evaluadas pueden llegar a restar entre un 7 % y un 15 % del voto orgánico del candidato principal en los sectores indecisos. En elecciones competitivas, este porcentaje representa la diferencia exacta entre ganar la elección o quedar fuera de la historia.

Otro factor influyente para el candidato es el entorno analógico de los equipos de campaña tradicionales, que destruyen la eficacia comunicacional. Cuando un candidato se rodea de un equipo de trabajo obsoleto —arquitectos de la intriga cortesana, estrategas sin datos y parientes afectuosos pero incompetentes—, se genera una burbuja de autoengaño. Estos equipos suelen priorizar la movilización clientelar forzada (el viejo «acarreo») y la producción de piezas publicitarias aburridas y acartonadas que a pocos o a nadie interesan.

Este aislamiento impacta directamente en el contacto con la nueva sociedad por tres razones técnicas fundamentales:

Saturación en medios: los equipos obsoletos saturan los medios tradicionales (prensa, radio, televisión), ignorando que el 70 % de la formación de la opinión pública en los sectores menores de 40 años ocurre en entornos digitales móviles y en la calle.

Falta de escucha activa: la vieja política habla; la nueva política escucha. Un equipo mal escogido gasta fortunas en encuestas cuantitativas de fotografía fija, pero carece de la capacidad técnica para procesar la analítica de la conversación digital y la minería de datos en tiempo real. Así, pierde la oportunidad de adaptar la narrativa del candidato a las fluctuaciones diarias del humor social.

Destrucción de la autenticidad: los nuevos electores penalizan la pose. Cuando un equipo de comunicación tradicional intenta «armar» al candidato con discursos ensayados, trajes excesivamente formales o informales y respuestas prefabricadas, lo que consiguen es un producto artificial. Lo artificial genera aversión, mientras que la espontaneidad genera conexión.

La profesionalización de la campaña. Ganar una elección en el siglo XXI requiere un candidato disciplinado, dispuesto a desaprender todo lo que cree saber sobre la política, y un equipo técnico de primer nivel que reemplace la intuición por la ciencia, los datos y la escucha activa. Fundamentalmente, la campaña moderna se ha convertido en un laboratorio de psicología social aplicada, donde los estrategas, los matemáticos, los antropólogos digitales, los expertos en microsegmentación y los creadores de contenido audiovisual tienen un rol infinitamente más importante que los teóricos del partido.

El candidato que insista en caminar el territorio acompañado de fantasmas del pasado sin votos, cargando el peso muerto de listas poco presentables y asesores obsoletos, descubrirá demasiado tarde que los votantes ya no están en las calles que él pisa, sino en los lugares que su equipo no investigó. Quizá estén en las pantallas que decidió ignorar y que lo percibieron, finalmente, como un significante lejano o ajeno de la gente.

Néstor Romero Mendoza

CEO de www.vibramanabi.com

Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica / Consultor Político Independiente

6/7/2026

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