
El 25 de agosto de 2026 fue martes. Ese día, a los 80 años de edad, murió Dolly Rebecca Parton Dean en el centro médico Vanderbilt-Ingram de Nashville tras una batalla contra el cáncer, dejando atrás un eco de más de 3,000 canciones, 100 millones de discos vendidos y el recuerdo descolorido de los pesados diamantes de imitación que cargó sobre el cuerpo. Se fue en silencio, rodeada de los suyos, como si se apagara un fogón en mitad de la noche, dejando a la música country sin su reina más grande y a las montañas de Tennessee sumidas en el murmullo de la naturaleza despidiendo una diosa.
Infancia. Allá en Pittman Center, donde los cerros de las Grandes Montañas Humeantes parecen paredes de piedra gris, nació ella en 1946. Eran doce hermanos amontonados bajo un techo que goteaba cuando llovía. Su padre, Robert Lee, era un trabajador del campo que no sabía leer; sembraba la tierra con manos duras y más de la veces no cosechaba más que miseria. Su madre, Avie Lee Owens, aguantaba el frío cantando viejas tonadas.
De esa pobreza herrumbrada nació la historia de un abrigo cosido con retazos de trapos viejos, aquel Coat of Many Colors, que los otros niños del pueblo escupían con risas burlonas. Aquella humillación temprana fue su motor y motivo, la veta de donde extrajo sus verdades; pero también el origen de un hambre vieja de reconocimiento que nunca terminó de saciar, empujándola a cubrir la realidad con pelucas altísimas y maquillaje espeso, como queriendo tapar el polvo del camino pasado.
El día después de terminar la escuela, en 1964, Dolly agarró sus maletas y se fue a Nashville. Encontró la fama, sí, pero el precio fue caminar sobre espinas. En los años sesenta se arrimó al programa de Porter Wagoner, un hombre de carácter difícil que la cobijó bajo su sombra a cambio de sumisión. Separarse de él le costó pleitos, demandas y una herida honda que arrastró por años, de la cual brotó, casi como un lamento de despedida, la canción I Will Always Love You.
A pesar de sus 25 sencillos en el número uno de Billboard, el negocio del espectáculo no tiene alma. El coronel Tom Parker intentó arrebatarle los derechos de sus canciones para dárselos a Elvis Presley, obligándola a endurecer el corazón y negarle el tema al mismísimo Rey del Rock, una decisión que le trajo ganancias millonarias, pero la dejó con el estigma de la frialdad corporativa. Su debilidad acaso fue esa: quedar atrapada en el personaje de la "Barbie de los bosques", sometiéndose a tantas cirugías cosméticas que su propio rostro se volvió una máscara inalterable, un artificio para no mirar la vejez que venía pisándole los talones.

La disputa legal y artística con Porter Wagoner. El aire en el estudio de grabación de Nashville se ponía espeso en aquellos años setenta, cargado del humo de los cigarros y de un rencor silencioso que iba creciendo como la hiedra en las paredes viejas. La alianza entre Porter Wagoner y Dolly Parton, que había comenzado en 1967 como una tabla de salvación para una muchacha recién llegada de los cerros, terminó convirtiéndose en un calabozo de oro.
Porter era un hombre de la vieja guardia, de esos que creen que el talento de una mujer debe estar sujeto a la sombra del marido o del patrón. Él la vistió con trajes relucientes y le dio un espacio en su programa de televisión. Cuando Dolly empezó a componer canciones que volaban más alto que las de él, el orgullo de Porter se agrió. Él la consideraba una de sus pertenencias, una extensión de su propio negocio.
Para 1973, Dolly ya no cabía en ese molde. Los éxitos de ella empezaban a opacar la figura de Porter, y el hombre, viéndose rebasado, apretó las tuercas del contrato. No la dejaba grabar lo que ella quería; le imponía las canciones, los arreglos y hasta el modo de pararse frente al micrófono.
Dolly, con esa paciencia de la gente que viene de abajo y con la firmeza de la piedra, entendió que, si se quedaba ahí, se le iba a secar el alma. Intentó hablar con él, explicarle que ya era tiempo de que cada quien agarrara su propio rumbo. Porter escuchaba, mas no entendía razones. Respondía con gritos, con amenazas de arruinarle la carrera y con el peso de los papeles firmados. Fue en medio de ese ahogo, una noche de 1973, cuando Dolly se sentó a solas y escribió I Will Always Love You. No era una canción de amor romántico; era una carta de despedida a su carcelero, un ruego para que la dejara ir en paz. Al día siguiente se la cantó en la oficina. Dicen que Porter lloró y le dijo: "Es la mejor canción que has hecho. Te puedes ir, pero yo te produzco ese disco".
No obstante, las lágrimas de los empresarios duran poco. En 1974 Dolly se marchó. El fantasma de Porter no la soltó tan fácil. La ruptura artística mutó en una guerra sorda en los tribunales de Nashville. En 1979, Porter Wagoner le clavó una demanda por un millón de dólares, acusándola de incumplimiento de contrato, de haberle dado la espalda a la empresa que la había encumbrado y de arrebatarle las ganancias que, según él, le correspondían por derecho de sangre comercial.
Fueron meses de declaraciones hostiles en la prensa local, donde se le juzgó a ella de ingrata y a él de usurero. Dolly se vio obligada a pagarle una fuerte suma de dinero y a cederle porcentajes de sus regalías durante años para poder comprar su propia libertad. El dinero se fue en manos de los abogados, y la relación quedó muerta, sepultada bajo un montón de actas judiciales y desprecio.
Pasaron casi treinta años para que el polvo de aquel pleito se asentara. La vida, que va cobrando las deudas a todos por igual, arrastró a Porter a la miseria y a la enfermedad. En 2007, cuando el cáncer de pulmón ya le estaba apagando los ojos a Wagoner en un hospital de Nashville, Dolly Parton cruzó la puerta de la habitación. Se sentó a la orilla de la cama del hombre que la había humillado públicamente. No hubo reclamos ni papeles de por medio; sólo el sonido de sus voces ya gastadas por el tiempo. Ella le tomó la mano y estuvo con él hasta que el viejo músico dio su último suspiro en octubre de ese año. Al final, Dolly entendió que Porter había sido su mayor obstáculo, pero también el yunque donde se forjó su carácter de hierro.
Anécdotas de un alma compartida. Los que se quedan cuentan las cosas a su modo. Dicen que Dolly conoció a su único esposo, Carl Dean, en una lavandería de Nashville cuando apenas tenía 18 años. Él la vio bajo el sol y le dijo que se iba a derretir. Estuvieron casados casi sesenta años en un matrimonio fantasma, pues él jamás quiso pararse bajo los reflectores ni acompañarla a los grandes salones.
El principio del fin de Dolly comenzó cuando Carl Dean se fue de este mundo en marzo de 2025, el silencio se metió en la casa de Brentwood y ya no hubo forma de sacarlo. Vivieron una eternidad de días compartidos en una quietud que a nadie más le importaba. Carl había sido la mitad invisible de Dolly; mientras ella andaba alumbrando los escenarios del mundo, él se quedaba allá en su rancho, cuidando que la tierra no se olvidara de sus nombres. Al quedarse sola, a Dolly se le vino encima el peso de los años todos juntos. La gran casona, que antes parecía un refugio contra el ruido de la fama, se convirtió en un desierto. Los que alcanzaron a verla en esos últimos meses de 2025 decían que Dolly ya no se ponía las pelucas altas ni los vestidos de lentejuelas si no era estrictamente necesario. Se le veía andar por los pasillos con batas de algodón descoloridas, arrastrando pantuflas viejas, con el cabello escaso y encanecido amarrado en una trenza delgada, como volviendo a ser la niña que fue. La viudez le marchitó las ganas de pelear a la mujer de hierro.
Ya siendo rica, Dolly mandaba cada mes un libro gratis a los niños pobres mediante su fundación Imagination Library, para que a ningún hijo de campesino se le muriera el pensamiento como le pasó a su padre. Y cuando la peste del COVID-19 asoló al mundo, sacó un millón de dólares de su bolsa para financiar la vacuna de Moderna, sin pedir nada a cambio, rechazando incluso que le levantaran estatuas de bronce en su tierra natal.
En las semanas previas a su ingreso en el centro médico Vanderbilt-Ingram, Dolly ya casi no hablaba con la prensa ni recibía visitas de los grandes nombres de Nashville. Se la pasaba en la cocina, tomando té de hierbas y escuchando los discos viejos de música sacra que su madre, Avie Lee, le cantaba cuando el frío calaba en la choza de su infancia.
Dicen que una noche, poco antes de que la neblina del dolor la obligara a buscar el hospital, llamó a su sobrino y le pidió que encendiera una grabadora de cinta, de esas antiguas que ella todavía guardaba. Con la voz arrastrada por el cansancio, le dijo que ya no sentía el peso de la ambición: "Brian, este cuerpo ya pesa más que los diamantes que me colgué encima. Ya se me gastó el gusto de parecer de mentiras. Dile a la gente que me voy a buscar a Carl, que allá en la tierra alta no hacen falta las luces para verse a los ojos". El 25 de agosto de 2026, ese silencio que comenzó con la muerte de su esposo terminó por llevársela a ella también, dejando la casa vacía y las ventanas cerradas para siempre. Y allí, justo ahí, nació la leyenda para dejar descansar en paz a la mujer.
