
Los que estudian las cosas de la mente —los terapeutas, no son magos ni brujos, estadistas que miden los patrones del comportamiento humano para entender por qué se repiten los mismos patrones— dicen cosas muy ciertas. Resulta que nuestro cerebro tiene una elasticidad asombrosa. Los ecuatorianos hemos crecido tan acostumbrados al caos que nuestro cerebro aprendió a estirarse, a improvisar y a no ahogarnos en un vaso de agua. Vivimos en una zona de confort que es puro desorden.
Pero cuando ese caos se te mete adentro en forma de trauma o de tristeza, y no lo miras a los ojos, el cerebro se cansa y te empiezas a romper por dentro. Y no estás solo. A muchos también les pasa.
Hay chicos y chicas que cuando sienten que esa tristeza les muerde el pecho, se ponen la ropa de fiesta y se van a la calle a buscar ruido, tragos y dopamina rápida para engañar al cerebro. Pero la angustia es como una vecina que viene a visitarte: si le cierras la puerta en la cara, va a regresar más fuerte, más brava y más peligrosa.
Hay que tenerle respeto a la tristeza, recibirla en la casa, llorarla lo que se tenga que llorar y dejar que se vaya cuando termine su visita. Evadir el dolor solo hace que la herida sane en falso.
En Japón, cuando un tazón valioso de té se cae y se hace pedazos, no botan las piezas a la basura. Buscan los pedazos con paciencia, los vuelven a pegar y rellenan las grietas con oro. Eso se llama Kintsugi. El tazón ya no vuelve a ser el mismo, claro; ahora tiene unas cicatrices doradas que lo hacen único y más fuerte que antes. La resiliencia verdadera es eso: no es esconder tus heridas, sino profundizarlas en terapia, perdonar para pegar los pedazos y ponerles el oro del amor y el servicio a los demás. Tus grietas te hacen valioso.
Había un maestro en Japón, el maestro Zaito, que se subía a los pupitres a gritar que la vida era maravillosa. Todos pensaban que estaba loco o que era un ridículo. Pero detrás de esa alegría ruidosa había un secreto triste: su esposa se estaba muriendo de leucemia en una cama. Ella le había pedido un solo favor antes de irse: "Si me amas, ve a enseñar y diles a los niños que sonrían". Él se limpiaba las lágrimas en la entrada de la escuela y entraba a darles felicidad y enseñanzas a sus alumnos por puro amor a ella. Eso es el Shimei, tu propósito de vida puesto al servicio de los demás, transformando la peor de tus tragedias en un regalo para el mundo.
No le tengas miedo a ir a terapia; normalizar que nos duele el alma y hablar de nuestras patologías es lo que hace a las sociedades verdaderamente desarrolladas donde prevalece el ser humano por sobre los edificios, el cemento y las carreteras. Ve a terapia si sientes que lo necesitas, habla de tus dolores con tu familia, siéntate a comer sola en un restaurante si quieres, vete a ver una película al cine tú solo sin tener que darle explicaciones a nadie. Eso es salud emocional, eso es amarse.
Deja la vergüenza a un lado, que ese es un monstruo que nos traba la creatividad y nos amarra los pies, las manos y la mente. Si te caes en medio de la plaza, rueda por el suelo, levántate sacudiéndote el polvo, sonríe y sigue caminando. La vida es demasiado maravillosa para pasársela escondiendo las grietas. Sana tus pedazos, a veces el perdón o el olvido sirven. Ponles el oro de tu propósito y sal a comerte el mundo, que tu historia es lo mejor que tienes.
