Ningún país debería aceptar que sus muertos se contabilicen según la conveniencia de un relato. Ninguna sociedad debería tolerar que la destrucción se transforme en un modelo económico. La humanidad merece algo distinto, y reconocer esto es el primer paso para no seguir repitiendo errores.
En estos días he estado observando el mundo con una mirada más amplia y más honesta, porque no basta leer titulares para comprender lo que realmente ocurre, y por eso he revisado documentales, películas, testimonios y análisis que narran desde la crudeza lo que significa una guerra, tanto en el pasado como en la actualidad, y mientras veía escenas de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y comparaba aquellas historias con lo que está sucediendo hoy en Ucrania, en Gaza o en los territorios donde la violencia se repite como un eco interminable, entendí que la humanidad ya no puede explicar sus tragedias con los motivos que antes parecían suficientes.
Aunque existan raíces históricas, disputas territoriales o memorias profundas que alimenten estos conflictos, lo cierto es que la realidad contemporánea revela algo más oscuro, porque hoy sabemos demasiado como para aceptar las mismas justificaciones de antaño, y ese conocimiento es precisamente lo que desnuda la codicia que sostiene a la guerra moderna.
Cuando revisamos las guerras antiguas, reconocemos que aun con sus contradicciones, estaban envueltas en relatos que las poblaciones comprendían, desde la defensa de una identidad o desde la construcción de un Estado que buscaba existir. No es que aquellas guerras fueran morales, es que el acceso a la información era limitado y los pueblos vivían bajo narrativas que les daban sentido a sus sacrificios. Sin embargo, hoy vivimos en un mundo donde cada ataque, muerte y desplazamiento se conoce en tiempo real; lo cual nos obliga a mirar los conflictos desde otra responsabilidad. Ya no existe la excusa de la ignorancia, la distancia entre lo que ocurre y lo que la gente puede ver, o la idea de que el sufrimiento ajeno se pierde en la bruma de geografías lejanas. Por eso, cuando una guerra se prolonga durante años, aun sabiendo todo lo que ocurre en cada minuto, queda claro que el motivo ya no puede defenderse únicamente desde lo histórico, sino desde aquello que se esconde detrás de las decisiones políticas, estratégicas y económicas que la sostienen.
Y es ahí, donde se revela algo que como humanidad nos cuesta aceptar. Las guerras actuales funcionan como industrias porque movilizan economías gigantescas, y estas economías dependen precisamente de la continuidad del conflicto. No solo se trata de armas, sino de uniformes, telecomunicaciones, tecnología, combustible, transporte, logística y reconstrucción, lo que significa que alrededor de cada bomba, existe una red empresarial que opera desde la pérdida humana como parte de sus cálculos. Cuando organismos internacionales proyectan que la reconstrucción de Ucrania costará alrededor de quinientos veinticuatro mil millones de dólares en la próxima década, comprendemos que el daño material se convirtió en un negocio que se extiende durante años. Y cuando informes del Banco Mundial revelan que Gaza necesitará más de cincuenta mil millones de dólares para intentar levantarse de nuevo, entendemos que la destrucción no solo afecta a los territorios, sino que alimenta una economía que crece mientras las vidas se reducen a cifras frías.
Lo más doloroso es, que quienes pagan el precio más alto, no son quienes deciden, porque los civiles mueren sin haber tenido voz en ninguna negociación, sin haber firmado ningún tratado, sin haber autorizado ninguna ofensiva. Son personas que estaban viviendo su vida, cuidando a su familia, trabajando, educando a sus hijos, y de pronto sus vidas como la conocían, se acaban por decisiones ajenas. Y aunque la narrativa política repita que los pueblos se defienden, lo cierto es que los pueblos son los que más pierden, porque sus generaciones quedan marcadas por el trauma intergeneracional, por la ruptura de la estabilidad, la ausencia de un hogar que ya no existe, y la imposibilidad de entender por qué la vida se convierte en daño colateral.
Desde la sociología, se observa cómo la guerra destruye el tejido social, porque rompe la confianza y debilita los lazos comunitarios que permiten reconstruir después del conflicto. Desde la antropología, se comprende que ningún pueblo sale indemne de la violencia, porque la identidad se altera y la cultura se fragmenta. Desde el derecho internacional, se reconoce que incluso en tiempos de guerra la vida civil es un bien superior que el Estado tiene la obligación de proteger, y sin embargo vemos cómo esta obligación se incumple sistemáticamente, lo que demuestra que, el derecho se usa más para justificar que para prevenir. Y desde el periodismo con enfoque humano se advierte que la repetición del dolor termina normalizando la tragedia, porque llega un punto en que el número de muertos deja de causar impacto y se convierte en estadística.
La programación neurolingüística explica que las narrativas condicionan nuestra percepción y que el lenguaje provoca estados emocionales que pueden adormecer la conciencia crítica. Es por eso que resulta tan necesario observar la guerra desde la claridad y no desde la sugestión. Cuando uno escucha discursos diseñados para mover emociones más que razones, puede terminar aceptando que la violencia es inevitable, pero cuando uno observa de manera consciente, comprendiendo la cadena de intereses y la magnitud del daño humano, se activa otra mirada, una mirada que cuestiona no solo lo que ocurre sino lo que se nos ha enseñado a creer. Y es en ese punto donde la humanidad tiene una oportunidad, porque cambiar la narrativa es cambiar la posibilidad de cómo enfrentamos estos conflictos en la actualidad y cómo entendemos el valor de la vida.
Las guerras actuales no se parecen a las que definieron nuestra historia, y si no se parecen, tampoco pueden justificarse con los mismos argumentos. Ninguna vida debería convertirse en moneda de cambio para sostener intereses económicos o geopolíticos. Ningún país debería aceptar que sus muertos se contabilicen según la conveniencia de un relato. Ninguna sociedad debería tolerar que la destrucción se transforme en un modelo económico. La humanidad merece algo distinto, y reconocer esto es el primer paso para no seguir repitiendo errores, porque cuando una guerra deja de tener héroes y empieza a tener dueños, la historia deja de ser destino y se convierte en advertencia.

Erick Lasso
Ingeniero en Administración de Empresas y Máster en Gestión Estratégica y Alta Dirección
Gerente General de KLASS ASESORES - @klassasesores
Columnista www.vibramanabi.com
26/11/2025