La transformación digital, bien entendida, no reemplaza al criterio humano; lo potencia, no elimina la experiencia; la ordena. No deshumaniza el negocio; lo vuelve más consciente.
Durante años, la transformación digital se ha presentado como un asunto técnico, casi exclusivo de sistemas, proveedores o consultores externos. Sin embargo, en la práctica, especialmente en las pequeñas y medianas empresas, el verdadero punto crítico no está en la tecnología, sino en el liderazgo que decide cómo, cuándo y para qué se la incorpora. La brecha digital no se abre por falta de herramientas; se abre por falta de conciencia estratégica, en quienes toman las decisiones.
En una pyme no existen áreas de innovación robustas, ni equipos dedicados exclusivamente a pensar el futuro de la empresa. Existe la operación diaria, la presión por vender, pagar nómina, cumplir obligaciones para sostener el negocio. En ese contexto, pretender que la transformación digital “se dé sola”, es una ilusión peligrosa. Si la cabeza no entiende el valor de la información, del orden y de la trazabilidad, ningún sistema va a generar impacto real.
Aquí surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos usando tecnología para decidir mejor, o solo para seguir haciendo lo mismo con una pantalla distinta?
Porque digitalizar no es acumular plataformas, es cambiar la forma en que se piensa el negocio. Y ese cambio empieza, inevitablemente, por quien lo dirige.
He visto muchas empresas convencidas de estar “digitalizadas”, porque cuentan con gestores documentales: carpetas en la nube, archivos escaneados, correos ordenados. Sin duda, eso es un avance frente al papel y al caos físico. Pero un gestor documental, por sí solo, no construye inteligencia empresarial. Ordena, conserva, facilita búsquedas. Nada más. No conecta clientes con decisiones, no anticipa comportamientos, no muestra patrones comerciales, ni revela oportunidades.
Ahí es donde el contraste con un CRM se vuelve evidente. Un CRM no es solo una base de datos de clientes; es un sistema de pensamiento comercial. Permite entender ciclos de venta, medir relaciones, identificar cuellos de botella, anticipar pérdidas y fortalecer vínculos. Mientras el gestor documental guarda lo que pasó, el CRM ayuda a decidir lo que sigue. Y esta diferencia, aunque parezca técnica, es profundamente estratégica.
Ahora bien, no todos los giros de negocio necesitan el mismo nivel de tecnología ni las mismas herramientas. Pretender lo contrario es tan irresponsable como negar la necesidad de digitalizarse. La clave está en discernir qué procesos requieren información actualizada en tiempo real, cuáles necesitan control, cuáles trazabilidad y cuáles simplemente orden, ese discernimiento no puede delegarse por completo; depende de la responsabilidad y el liderazgo.
Aquí surge otra pregunta que interpela: ¿qué decisiones hoy se están tomando sin información clara, solo por costumbre o intuición?
Y más aún, ¿cuánto le cuesta eso al negocio, aunque no aparezca en los estados financieros?
La era digital no es una moda, ni una opción ideológica. Es el contexto en el que hoy operan los mercados, los clientes y los equipos. Negarse a incorporar tecnología es, en el fondo, aceptar competir en desventaja.
Pero incorporarla sin criterio es igual de riesgoso. La diferencia la marca el nivel de comprensión de quienes lideran.
En las grandes empresas, el error tecnológico se diluye. Hay presupuesto, margen y equipos; en las pymes, no. Cada decisión pesa. Por eso, el gerente general o presidente, llegando incluso al director, no puede mantenerse ajeno a estos temas.
No necesita ser experto técnico, pero sí debe ser estratégicamente inteligente. Debe entender qué información necesita para gobernar su empresa y qué herramientas le permiten acceder a ella con claridad.
La transformación digital, bien entendida, no reemplaza al criterio humano; lo potencia, no elimina la experiencia; la ordena. No deshumaniza el negocio; lo vuelve más consciente.
Esto ocurre cuando quien lidera deja de ver la tecnología como un gasto o una moda; y empieza a verla como lo que es, una extensión de su forma de decidir.
Tal vez el verdadero desafío no sea digitalizar procesos, sino digitalizar la mentalidad con la que se dirige una empresa. Al final del día, la brecha más peligrosa no es la tecnológica. Es la que se abre entre quienes entienden el presente y quienes siguen gestionando como si el contexto jamás hubiera cambiado.

Erick Lasso
Ingeniero en Administración de Empresas y Máster en Gestión Estratégica y Alta Dirección
Gerente General de KLASS ASESORES - @klassasesores
Columnista www.vibramanabi.com
20/12/2025