El 2026 no se edifica únicamente con planes estratégicos, ni con nuevos objetivos. Se construye desde el carácter de quienes lideran, desde la coherencia con la que se ejerce el rol, y desde la capacidad de asumir responsabilidad más allá de los resultados visibles. Y en tiempos complejos, ese sentido es el verdadero diferencial.
En el mundo empresarial, el cierre de un año suele reducirse a balances, cifras y proyecciones. Es un ejercicio necesario, pero claramente insuficiente. Los números describen resultados; no explican cómo se llegó a ellos, ni qué tipo de liderazgo los sostuvo. El verdadero cierre de un ciclo ocurre cuando se revisa con rigor la calidad de las decisiones tomadas, y el impacto humano que estas generaron.
El 2025 deja aprendizajes que no figuran en los estados financieros. Habla de criterio, de consistencia y de la capacidad o incapacidad, de sostener liderazgo en escenarios de presión, incertidumbre y cambio. En contextos como en el ecuatoriano, donde dirigir empresas implica navegar variables económicas, sociales y estructurales complejas, el carácter deja de ser una cualidad abstracta para convertirse en un factor estratégico.
Las organizaciones se fortalecen por la solidez de sus procesos y lo hacen también, por el nivel de conciencia de quienes los conducen. La forma en que un líder gestiona la presión, enfrenta el error o prioriza bajo tensión, termina configurando la cultura interna de la empresa. El desorden personal, tarde o temprano, se traduce en desorden organizacional; la claridad interna, en cambio, se refleja en decisiones más estables y equipos más cohesionados.
Cerrar un año con reflexión, no es un gesto introspectivo ni una práctica aislada del negocio. Es una decisión estructural que permite revisar estilos de liderazgo, ajustar metodologías de trabajo y cuestionar supuestos que, de no ser revisados, condicionan el futuro. Planificar el 2026 sin haber hecho este ejercicio, es proyectar sobre bases no examinadas.
Desde una perspectiva psicológica aplicada a la gestión y al liderazgo, existen preguntas que resultan inevitables al final de un ciclo. No buscan generar incomodidad, sino claridad estratégica:
¿Qué decisiones definieron el rumbo de la organización este año, y desde qué nivel de conciencia fueron tomadas?
¿Cómo se ejerció el liderazgo en momentos de presión, y qué huella dejó en las personas?
¿Qué competencias se fortalecieron, y cuáles continúan postergándose?
¿De qué manera se gestionaron el error, el desgaste y la incertidumbre dentro de la empresa?
¿Qué ajustes personales y estructurales son necesarios para sostener el próximo ciclo con mayor solidez?
Responder estas preguntas con honestidad permite cerrar el año con madurez profesional. Esa madurez no garantiza resultados inmediatos, pero sí construye organizaciones más estables, equipos más conscientes y decisiones mejor sostenidas en el tiempo.
El 2026 no se edifica únicamente con planes estratégicos, ni con nuevos objetivos. Se construye desde el carácter de quienes lideran, desde la coherencia con la que se ejerce el rol, y desde la capacidad de asumir responsabilidad más allá de los resultados visibles.
Cerrar bien el 2025 es, en ese sentido, un acto de liderazgo silencioso. Cuando el carácter guía la gestión, la planificación deja de ser un ejercicio teórico y se convierte en una práctica con sentido lógico.
Y en tiempos complejos, ese sentido es el verdadero diferencial.

Erick Lasso
Ingeniero en Administración de Empresas y Máster en Gestión Estratégica y Alta Dirección
Gerente General de KLASS ASESORES - @klassasesores
Columnista www.vibramanabi.com
27/12/2025