En tiempos donde abundan las afirmaciones categóricas y escasean las conversaciones profundas, volver a discutir, en su sentido más humano y más riguroso, puede ser una forma silenciosa de liderazgo.
En el lenguaje cotidiano, ciertas palabras han ido perdiendo su espesor original hasta convertirse en detonantes emocionales. Discutir es una de ellas. Basta que alguien la pronuncie en una reunión o en una conversación pública para que se active, casi de inmediato, una expectativa de conflicto, tensión, defensa, posiciones encontradas. Sin embargo, esta reacción no nace del significado del término, sino del modo en que culturalmente hemos aprendido a interpretarlo.
Desde su acepción académica, discutir no implica atacar ni imponerse. Implica, en su sentido más elemental, examinar un asunto entre varias personas, ponerlo en común, observarlo desde distintas perspectivas y someterlo a análisis antes de llegar a una conclusión. Es, por tanto, un acto previo a la decisión, no una disputa por el poder simbólico de tener razón.
El problema surge cuando el uso cultural desplaza al significado conceptual. En contextos sociales marcados por la prisa, la polarización y la fragilidad del diálogo, discutir se ha transformado en sinónimo de confrontar. Ya no se discuten ideas, se defienden identidades. Ya no se examinan argumentos, se protegen egos. Como consecuencia, la conversación pierde su carácter exploratorio y se convierte en un espacio de resistencia.
Este desplazamiento no es menor. Cuando discutir se percibe como amenaza, el pensamiento colectivo se empobrece. Las personas hablan menos, escuchan con desconfianza y llegan a los espacios de decisión con posturas cerradas, no con preguntas abiertas. Así, lo que debería ser un proceso de construcción compartida se reduce a una suma de monólogos que apenas se toleran.
Comprender la diferencia entre discutir y confrontar exige madurez personal y social. No basta con conocer la definición académica; se requiere una disposición interna para sostener la incomodidad que produce escuchar una mirada distinta sin vivirla como un ataque. Esta madurez implica entender que pensar diferente no equivale a desautorizar al otro, y que cambiar de opinión no es una derrota, sino una señal de pensamiento activo.
Algo similar ocurre con el concepto de disentir. En su sentido riguroso, disentir significa simplemente no coincidir plenamente. No hay en ello agresión, ni negación del otro. Sin embargo, culturalmente se ha cargado de una connotación beligerante, como si toda diferencia fuera, en el fondo, un intento de desestabilizar.
Este malentendido convierte la diversidad de pensamiento en un problema, cuando en realidad es una condición necesaria para comprender la complejidad de los asuntos humanos.
En el ámbito del liderazgo y la toma de decisiones, esta confusión tiene consecuencias concretas. Los equipos que no pueden discutir sin tensionarse toman decisiones más pobres, menos informadas y, muchas veces, más frágiles en el tiempo. Por el contrario, cuando un liderazgo es capaz de sostener espacios donde las ideas se examinan sin miedo y las diferencias se expresan con respeto, las decisiones ganan profundidad y legitimidad.
Discutir, en este sentido, es un acto de responsabilidad. Supone detener la inercia, reconocer que ningún problema serio se agota en una sola mirada y aceptar que pensar juntos requiere tiempo, escucha y humildad. No se trata de relativizarlo todo, sino de comprender mejor antes de decidir.
Quizás el desafío no esté en cambiar las palabras, sino en reeducar nuestra relación con ellas. Recuperar el sentido original de discutir no es un ejercicio lingüístico, sino ético. Implica volver a concebir el diálogo como un espacio de construcción y no como un campo de batalla. Implica, también, asumir que muchas de las certezas que defendemos con vehemencia podrían enriquecerse, y no debilitarse, si nos permitiéramos discutirlas.
En tiempos donde abundan las afirmaciones categóricas y escasean las conversaciones profundas, volver a discutir, en su sentido más humano y más riguroso, puede ser una forma silenciosa de liderazgo.

Erick Lasso
Ingeniero en Administración de Empresas y Máster en Gestión Estratégica y Alta Dirección
Gerente General de KLASS ASESORES - @klassasesores
Columnista www.vibramanabi.com
2/1/2026