En nuestro pueblo, desde hace tiempo, se habla de un ente fantasmal al que muchos llaman La Lutona. Los más viejos cuentan que en sus años jóvenes en nuestro pueblo no había alumbrado eléctrico. Las calles, luego de las diez de la noche, presentaban total ausencia de gente. No así aquellos lugares donde el licor era la expresión exacta de que Dios existe, para sus fieles. Trasnochadores bohemios iban y venían, porque la vida es una sola y hay que vivirla.
Pero ¿quién era La Lutona?, quienes la vieron, que no fueron pocos, decían que era una mujer esbelta con bata negra y grande, melena larga, de rostro variable, que salía a sus recorridos después de las 12 de la noche hasta las tres de la madrugada.

Alguna ocasión se dijo que en un baile muy animado una persona invito a bailar a una dama, quien no aceptó. Él se retiraba avergonzado, pero otra dama saltó a sus ojos. Ella sí accedió. Y danzaron animosamente, tanto que él nunca vio en ella nada raro, sino hasta cuando le preguntó en qué parte de la pista ella se encontraba sentada. Ella respondió: “hacia allá”, apuntando con una de sus manos hacia uno de los costados. Él, siguió el gesto con la mirada, pero cuando volvió los ojos a ella, solo había una sombra que delataba a la mujer con quien bailó: La Lutona.
En otra ocasión, en una noche de absoluta oscuridad, aconteció un caso que estremeció a todo un vecindario. En una cantina alumbrada por un mechero, tres amigos libaban, hablaban con machismo y sobre malas visiones. En eso, a las 12 de la noche, un sonido sórdido se hizo sentir en la puerta de la entrada. ¿Quién?, preguntó el cantinero. Y nadie respondió. Los hombres retomaron su conversación cuando nuevamente la puerta sonó, esta vez con mayor fuerza. ¡Carajo, quien jode!, gritó el cantinero. La puerta se abrió sin que nadie físicamente lo hiciera, mientras un fuerte viento apagaba el mechero. Entonces, la confusión habitó la cantina. Hasta volver a encender el mechero, la decisión de todos estaba tomada: nos largamos todos de aquí. Los tres amigos era además vecinos. Tras el trayecto, uno llegó a casa, en tanto dos avanzaron unos pasos más. Quedó otro en su hogar. El último aún tenía que cubrir varios metros más. Allí iba el borrachito, blasfemando: chuzo, que va, yo soy bien macho. ¿Miedo yo? ¡viva yo carajo!”, se repetía.
De repente, sintió que una mano se posó en su hombro,
¿Es usted, compadre?, preguntó.
-Sigue, sigue-, respondió una voz suave.
Y el borrachito volvió a preguntar: Oye, qué te pasa, dónde me llevas, quién eres tú.
Y levantó la mirada.
¿Me conoces?, le lanzó una conciencia oscura.
“La Lutona”, gritó el borrachito. Del susto cayó al suelo. Y pidió auxilio.
Los vecinos escucharon los gritos y salieron a prestarle ayuda. Allí estaba, el borrachito, inconsciente.
Entre el murmullo de las gentes se escucharon unas pocas afirmaciones claras de los vecinos: Este hombre vive en la cuadra de atrás, ¿a dónde iría? Vamos a dejarlo a su casa.
Y así lo hicieron.
Cuando los familiares vieron al recién llegado, con la muerte dibujada en su rostro, no sabían en qué pensar. El borrachito comenzó a balbucear: ¡LA LUTONA! ¡LA LUTONA!

Los vecinos decidieron dejar al borrachito solo junto a sus familiares. En tanto se retiraban, una sombra parecía esconderse en el árbol de la esquina. Era La Lutona, que aguardaba su momento, un nuevo momento para demostrar porque era la amiga inseparable de la noche y el terror de desgraciados noctámbulos de aquellos tiempos. ¿Cuáles tiempos? De todos los tiempos, pues ahora mismo es posible que esté junto a ti.

Néstor Romero Mendoza
CEO www.vibramanabi.com
4/1/2026
Con información de aventurateenjipijapa