Siendo un punto importante del folclore manabita y la tradición oral, la leyenda de “El pozo encantado”, gira en torno a una fuente de agua de la que salía una mano negra, atrapando a mujeres para vivir en su interior.

Allá había un pozo. Amplio en la superficie, angosto en el fondo, de un metro de profundidad. Parecía embudo. Y en su fondo existían dos grandes piedras, separadas por un espacio de una cuarta, por donde fluía el agua. El agua abundaba, tanto que se desbordaba hacia el río.
Esta fuente nacía a poco menos de seis metros de la rivera derecha del río que viene de Tierra Amarilla, casi en su unión con el de la Pita. El agua era muy fina, hermosamente fina, la gente sacaba el líquido en baldes, para lavar y beber.
Había un rumor. Que este pozo estaba encantado. Que en las noches su fondo brillaba con una luz intensa que excitaba las aguas, provocando olas, mientras en el día se escuchaban fuertes ruidos, sobre todo en la hendidura por donde salía el agua.
Aquel día, día que hubiese preferido olvidar, ya en la penumbra, una joven mujer, de talla pequeña, piel blanca, cuerpo libre y delgado, fue por agua del pozo. Tras lanzar el balde, una mano negra agarró el recipiente. Horrorizada, ella gritó y todas sus compañeras lavanderas fueron a verla. La encontraron, quieta, pálida, fría, hacia un lado del pozo. No hablaba. Se desvaneció y cayó al suelo. Las señoras trataron de auxiliarla, haciéndole oler agua de colonia mezclada con flores y marihuana. Solo así, ella recobró el sentido y una vez de pie, contó lo ocurrido. Los curiosos observaron el pozo. Encontraron el balde nadando en la superficie. El agua brotaba con mayor intensidad. Se formaban olas que parecían anhelar romper la fuente. Para los curiosos, el duende del pozo estaba enfurecido, porque no pudo agarrar la presa; otros, parados más allá, guardaban distancia, pero también especulaban. Quizá el encanto del pozo se había roto. Quizá la joven estaba loca. Discutían. Y pasó.
También pasaron los días, hasta que llegó a lavar ropa otra linda muchacha, de 18 años. Ella no era de estos pueblos. Hace un verano había llegado, con las cosechas de café, y quedado trabajando como lavandera, ya que se había enamorado de un muchacho de apellido Parrales. Ella lavaba en la piedra más próxima al pozo, más o menos a unos tres metros del pozo. Cuentan quienes la conocieron, que era una muchacha alegre, de sonrisa encantadora, que siempre tarareaba canciones mientras lavaba. Tenía ojos color sol. Su cuerpo era hermoso. Y aunque ya le habían advertido que no fuera al pozo sola, porque había un encanto, que un extraño ser habitaba en el pozo, y que se enamoraba de chicas bellas como ella, ella sola fue. No creía en cuentos de borrachos perdidos, ni perdidos. Esa tarde, cuando la mayoría de lavanderas se habían retirado del lugar y apenas quedaban unas cuatro, alrededor de las seis de la tarde, esta muchachita, tarareando canciones de la época, caminaba hacia el pozo. Por su trabajo, toda su vestimenta se había mojado, tanto que se pegaba al cuerpo, dejando descubrir su silueta perfecta. Lanzando un suspiro, tiró su balde al pozo para llenarlo. Y en ese instante, un gran estruendo, se escuchó, las piedras se abrieron y salió una mano negra que, agarrando la muñeca de la linda joven, la arrastró hacia dentro del pozo. Ella solo alcanzó a gritar, y desapareció. Sus compañeras, al escucharla, fueron en su ayuda. Y no la encontraron, solo flotaba el balde y un cintillo que momentos antes adornaba la cabeza de la chica. Entonces, un ruido ensordecedor y misterioso fue escuchado. Emergía del fondo y se camuflaba en el burbujear del agua. A todos invadió el pánico y miedo. Todas huyeron, dejando botadas sus pertenencias y ropas; todo quedó abandonado cerca del pozo. Y nadie se atrevió a regresar, sino hasta el día siguiente.
La historia corrió como pólvora encendida, cundió el terror. Al día siguiente, cuando los pueblerinos trataron de limpiar y mover las piedras del fondo de la fuente. Nada lograron. Nada. Desde aquel día, en cada atardecer, se escucharon sonidos como de música vieja, que aterraron a algunos. Y nadie, aún, se atreve a caminar solo cerca del pozo.
Con el pasar del tiempo, los pueblerinos nos acostumbramos a escuchar las presuntas melodías, que se confundían con el susurro del viento, la danza de las hojas de los árboles y el movimiento infinito del río. Años más tarde, al romperse la represa cercana a Tierra Amarilla, casi todo el pueblo se inundó. El pozo quedó enterrado y ya nadie se atrevió a limpiarlo, sea por temor o sea porque lo olvidaron.
Hoy no existe el pozo, pero sí, tras cada agonía de la tarde, se escucha, lejana, persistente, esa melodía de aquellos viejos tiempos. Que no es música, parece música, pero es más posible que sean almas que gritan mientras penan o el éxtasis feliz de esos seres que se aman, invisibles.

Edición: Néstor Romero Mendoza
CEO www.vibramanabi.com
13/1/2026