En estas épocas tan ruidosas, quizás el mayor acto de amor de un padre no sea comprar el último juego o el mejor dispositivo, sino abrir la puerta a un instrumento, a una melodía, a un espacio donde un hijo pueda descubrir quién es.
Mi relación con la música no nació por casualidad ni por moda. Nació en casa. Nació de mi madre. Ella fue quien me motivó a aprender a tocar el saxofón, no como una obligación, sino como una invitación. En realidad, hizo lo mismo con cada uno de mis hermanos: a todos nos acercó a un instrumento o al canto. No hubo imposiciones ni comparaciones. Hubo algo mucho más valioso: libertad con dirección.
Cada uno eligió el instrumento que más lo representaba, el que mejor dialogaba con su carácter, con su forma de sentir el mundo. Mi madre nos guiaba desde la convicción profunda de que la música no era un pasatiempo, sino una parte esencial de la vida. Algo que nos acompañaría siempre, incluso cuando no la tocáramos a diario. Crecimos entendiendo que la música no era un adorno, era una raíz.
Recuerdo que en casa la música no se explicaba, se vivía. Estaba en los silencios, en los días difíciles, en los momentos de celebración. Aprendimos que tocar un instrumento era también aprender a escuchar, a esperar, a equivocarse sin frustrarse, a insistir. La música nos enseñó disciplina sin rigidez y libertad sin caos. Y eso, con los años, se convierte en carácter.
Hoy miro alrededor y no puedo evitar contrastar esa experiencia con la realidad de muchos hogares. Padres bien intencionados que, buscando entretener o “calmar” a sus hijos, les entregan una consola, un teléfono, horas de videos que se consumen y se olvidan. No juzgo: entiendo el cansancio, la prisa, el mundo acelerado. Pero sí creo que estamos renunciando, sin darnos cuenta, a algo profundamente formador.
La música potencia habilidades que ningún videojuego puede ofrecer del mismo modo: concentración, sensibilidad, memoria, creatividad, tolerancia a la frustración, conexión emocional. No solo forma músicos; forma seres humanos más atentos, más presentes, más capaces de habitar el silencio y también el ruido.
No es casualidad que muchos de los grandes pensadores, científicos y creadores encontraran en la música un refugio. Para algunos fue el piano, para otros el violín, para otros simplemente escuchar. En la música hallaban serenidad, orden interno, un espacio donde las ideas podían respirar antes de convertirse en proyectos. La música no distrae del pensamiento profundo; muchas veces lo hace posible.
Vuelvo entonces a mi madre y a la forma en que nos crió. Entiendo hoy que no solo nos enseñó a tocar instrumentos. Nos enseñó a elegir, a sentir, a expresarnos. Nos dejó una herencia invisible pero firme: la certeza de que el arte, y en especial la música, sostiene, acompaña y estructura la vida.
En estas épocas tan ruidosas, quizás el mayor acto de amor de un padre no sea comprar el último juego o el mejor dispositivo, sino abrir la puerta a un instrumento, a una melodía, a un espacio donde un hijo pueda descubrir quién es. Porque tal vez ahí, entre notas torpes al inicio y silencios incómodos, esté germinando una de sus mayores fortalezas.

Erick Lasso
Ingeniero en Administración de Empresas y Máster en Gestión Estratégica y Alta Dirección
Gerente General de KLASS ASESORES - @klassasesores
Columnista www.vibramanabi.com
6/1/2026 - Ilustración de iStock