Desde mi mesa observo la escena mientras mis hijos chapotean en la piscina. Es sábado al mediodía y cinco albañiles, todos con más de cincuenta años, acaban de llegar. Vienen directo del trabajo. Piden cervezas y se ríen fuerte, como si la risa también fuera una forma de descanso.
Uno a uno, se lanzan al agua, sin miedo, sin pudor. Todos menos uno. Se queda al borde, con los pies quietos y el cuerpo rígido. Le gritan desde adentro: ven, dale, ven. Él sonríe, duda, vuelve a dudar. El agua parece más profunda de lo que es. Finalmente entra, tímido, como pidiendo permiso.
Dos amigos se le acercan. No lo apuran. Le hablan despacio, como quien enseña algo importante. Apoya más los pies, le dicen. Confía. Mueve los pies. El hombre obedece. No sabe nadar, pero escucha. Y flota un poco, lo justo.
Las cervezas se terminan y van por más. Uno de los albañiles, al que conozco, pasa junto a mi mesa y, en voz baja, me confía que a ese amigo lo dejó la mujer hace poco. Está triste. Por eso están ahí: para sacarlo del dolor, para hacer algo distinto, para enseñarle algo que siempre quiso aprender. Saber nadar.
Vuelvo a mirar la piscina y veo al que no sabe nadar y a sus amigos enseñándole. Pienso que ojalá nunca falten amigos así.
Freddy Solórzano
Escritor / Periodista / Editor Diario La Marea de Manta
31/1/2026