
El abogado Elliot Kintner (Paul Rudd) y su hija adolescente, Ridley (Jenna Ortega), viajan por las Montañas Rocosas canadienses para pasar un fin de semana en la finca del jefe de Elliot, el multimillonario Odell Leopold (Richard E. Grant), y su familia: su esposa, Belinda (Téa Leoni), y su hijo adulto, Shepard (Will Poulter). En el camino, Elliot atropella accidentalmente a un animal que tiene el aspecto de un unicornio. Desesperado por llegar a la mansión de su cliente, lo sube al auto creyéndolo muerto, y sigue su viaje. Pero ese es solo el comienzo de sus problemas, como cualquiera puede adivinar. La sangre del animal tiene poderes especiales que tanto Elliot como Ridley comienzan a percibir. Cuando el magnate, que tiene una enfermedad terminal, descubra esto, su interés por la criatura lo llevará a hacer cualquier cosa para sacarle provecho.
Comedia de humor negro con no poca violencia, La muerte de un unicornio es rara y parece responder a dos universos no compatibles. Por un lado, el mencionado humor y la crítica a la desesperación de estos millonarios acostumbrados a obtenerlo todo sin que nadie se les interponga. Una comedia ácida para gente con estómago fuerte. Pero por el otro lado la relación padre (viudo) e hija tiene un costado más inocente y mucho más noble. Los más cínicos tal vez no disfruten de esto último y los más sensibles tal vez se impresionen con algunas escenas que se mueven entre la comedia y el shock. La balanza se inclina, finalmente, a partir de la admiración que uno sienta por Paul Rudd y Jenna Ortega. Los que admiramos a ambos terminamos con un saldo favorable, aceptando las dos películas que conviven en una.

Santiago Garcia
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