
Sirat es una película que busca ser críptica en su discurso y ese es tal vez su encanto en un comienzo y su peor defecto al final. Un hombre (Sergi López) y su hijo (Bruno Núñez) llegan a una rave perdida en Marruecos, donde de manera clandestina un grupo de nómades festejan hasta que son expulsados por el ejército. El hombre y su hijo buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas. Se mueven en un mundo que no conocen con la esperanza de encontrarla. Conocen entonces a un grupo de raveros ambulantes y deciden seguirlos a una última fiesta que se celebrará en el desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida para volver a casa. El título de la película refiere, según la cultura musulmana, al puente que permite pasar del infierno al paraíso, tan estrecho como un cabello y más afilado que un cuchillo. Esto se anuncia al comienzo de la propia película.
Los motivos de la búsqueda y los motivos del contacto perdido no se dicen. Es inevitable para el corazón cinéfilo pensar en The Searchers (1956) de John Ford y al protagonista de Sirat como un Ethan Edwards contemporáneo. Pero a diferencia del film de Ford, acá los buscadores no tienen a donde regresar ni a donde llevar a la rescatada, en caso de encontrarla. El puente que permite pasar del infierno al paraíso se supone que solo pueden pasarlo los justos, lo que entra en una contradicción con respecto a las tragedias horribles que ocurren en la película. No queda claro si es una metáfora religiosa o una alegoría política. La libertad de los que bailan apagada por la violencia podría interpretarse como una revisión del ataque terrorista del 7 de octubre del 2023, pero la película no niega ni confirma. Los nómades que acompañan al protagonista son literalmente freaks que intentan vivir fuera de un mundo destinado a destruirse por las guerras. El viaje es a ninguna parte, el vacío crece y la película se abre hasta no terminar.
Es un dato, no una opinión, que el director y guionista cree pertinente pasar de las mencionadas ideas o metáforas de la búsqueda a la muerte y la violencia. Tragedias escalonadas sin sentido que colocan a la película al borde de la comedia, pero sin entrar jamás en ella. Para algunos, podrán ser golpes bajos torpemente ejecutados y para otros, la confirmación de que no hay a donde huir. Pero una vez más, si eligen ese título algo quieren decir y nos invitan a interpretarlo. Esa interpretación es sospechosamente amplia y para llegar a ella no era necesario hacernos vivir esos golpes bajos baratos que no eran dignos de una película sofisticada. Son esos momentos los que le bajan todo valor al conjunto. El sonido, eso sí, muy impactante.

Santiago Garcia
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