
Dicen, y quien dice sabe porque la memoria de los pueblos es un río que no se seca, que Manabí es tierra donde el milagro se enreda con la costumbre, allí donde el tiempo no corre, sino que da vueltas, fue hace unos ciento cincuenta años, año más o año menos, qué importancia tiene el rigor del calendario frente a la verdad de la fe, cuando un hombre llamado Luciano Bravo se inclinó sobre la orilla del río y vio lo que no esperaba ver, un caracol, apenas un guijarro de nácar, pero en su centro, oh prodigio, asomaba el rostro de un niño, diminuto como un pensamiento, con las manos juntas en un rezo eterno que nadie le enseñó. Cuentan que el niño crece, ocho centímetros tiene ya, como si la piedra respirara, y así, de boca en boca y de noche en noche, la devoción se hizo legión, porque la gente necesita creer en algo que se pueda tocar, una divinidad que quepa en la palma de la mano pero que pese como el mundo entero. Los cuadernos de la dueña están llenos de nombres, listas de esperas que desafían los meses y los años, todos queriendo que el pequeño huésped pase una noche bajo su techo, pidiéndole que la tierra dé fruto, que las vacas no mueran, que el cuerpo aguante un día más, porque ya se sabe que el Niño Caracol premia con la misma mano con que castiga, pregunten si no a aquel hacendado de hace cuarenta años que quiso quedárselo por la fuerza y vio cómo sus campos se agostaban y sus reses caían, que a lo sagrado no se le pone candado, y el niño, como el agua, siempre debe volver a su casa para seguir siendo de todos y no ser de nadie.

Ecuador y Manabí en particular es una tierra de costumbres y mediante la tradición oral ha ido creciendo la devoción hacia una imagen, que por su particular presentación, y sobre todo por los milagros que dicen ha hecho, congrega a cientos de seguidores en cada lugar donde es trasladada, se trata del niño caracol. Cuenta la historia que hace muchos años Luciano Bravo lo encontró a orillas del río, un pequeño caracol que tenía en su centro el rostro de un niño, y que con el paso del tiempo ha ido creciendo. En la actualidad llega a 8 centímetros y la figura del pequeño, es más visible. En la campiña manabita se dice que fue hallado hace unos 150 años, tiempo durante el cual ha adquirido divinidad. Al Niño Caracol se le atribuyen muchos castigos y milagros. Sus devotos se inscriben para tenerlo en sus casas durante una noche, creencia que se añade a una extensa gama de expresiones de fe que se manifiestan en Navidad. Hasta allí llegan cientos de devotos para venerarlo en Nochebuena. Es una cita de fe, de confraternidad campesina. Una expresión de religiosidad popular masiva. Allí se rinde especial homenaje al Niño Caracol, cuyos “milagros” y “castigos” no están archivados en la Iglesia, pero sí en la mente de miles de fieles. Su popularidad se ha transmitido a través de la tradición oral durante más de un siglo.
En el centro rosado del caracol reposa la figura de un niño, con las manos pegadas al pecho como si rezara una plegaria. Pero la fe de los campesinos es grande y expresiva. Piden por su salud, porque la tierra produzca y porque sus animales crezcan y engorden. La dueña del niño caracol tiene una decena de cuadernos donde constan las fechas de entrega a cada devoto, y están copadas hasta mediados del 2011. Se sabe que hace unos 40 años, un hacendado se quedó con la imagen. Semanas después comenzaron a morir las vacas y malograr los cultivos. A los seis meses, cuando casi lo había perdido todo, el hombre mandó a devolverlo; pues que el niño siempre debe volver a casa para seguir haciendo milagros.
