
Qué es una familia si no, más de las veces, una congregación de extraños que comparten un mismo apellido y una misma ceguera ante el tiempo. Es que nunca se termina de conocer a la gente, realmente. De eso va la película “53 Domingos” (2026), título tan matemático como intrigante y brillante. Su director, Cesc Gay, decidió que no se necesita los otros días de la semana para ejemplificar el naufragio humano. Y exitosamente lo logra a través de diálogos precisos, cómicos, perspicaces, sencillos, picantes.
Los hermanos Julián, Víctor y Natalia, interpretados por Javier Cámara, Javier Gutiérrez y Carmen Machi, se reúnen para hablar sobre el futuro de su padre, pero el encuentro inmediatamente deviene en discusiones… y resucita viejos rencores entre ellos, encerrados en una casa que parece campo de batalla moral. Allí, discuten qué hacer con un padre que empieza a ver lo que no está, o quizás, que empieza a ver lo que ellos se empeñan en ignorar, que la vejez es una isla a la que todos remamos sin querer llegar.
Julián encarna la derrota crónica, un actor atrapado en un bucle de audiciones fallidas y naufragios laborales. A su lado, Natalia habita un espacio asfixiante, postergada por un marido infiel y una abnegación profesional que le ha robado el carácter, hasta que un estallido liberador —punto álgido de la comedia en la cinta— rompe su sumisión. Cierra el trío, con su esnobismo periférico, el gran antipático Víctor, cuya vida de lujo impostado culmina en la publicación de una novela titulada, con ironía estructural, 53 Domingos.
Hay en 53 Domingos, una obra extraordinaria -de origen teatral- que dura 1h18 minutos y disponible en Netflix, mucho simbolismo que incluso se convierte en pensamiento rumiante, como esa luz de tarde de domingo, espesa, que lo inunda todo y que no es luz natural sino luz de cansancio, la representación visual de una repetición eterna en espera de una solución que no vendrá, como el mito de Sísifo, pero sin la dignidad de la piedra, solo con el peso de los reproches y traumas guardados por años. Al final, cuando la reunión debe acabar, el padre, ese hombre extraño e invisible durante casi toda la película, es el único personaje que tenía la cordura de quien no tiene nada que perder, pues su libertad no existía fuera de los lazos familiares sino en el tiempo, que no es más que otra invención humana para no volverse loco. O, quizás, también para eso y para no sentir el silencio de la soledad compartida. El verdadero pegamento de los afectos es el refugio de la complicidad y el engaño que protege. ¿O no?

Néstor Romero Mendoza
CEO www.vibramanabi.com
Periodista / Espectador / Asesor de Comunicación Política Estratégica
1/4/2026