
El aumento de grasa abdominal durante la menopausia implica mucho más que una preocupación estética y supone un desafío frecuente para millones de mujeres, ya que está relacionado con el riesgo de diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular y otras complicaciones de salud.
Según estudios y el testimonio de la médica especialista en medicina preventiva Viktoria Schelle, de la Universidad de Berlín consultada por el semanario alemán Der Spiegel, este fenómeno requiere atención individualizada y prevención temprana, donde la terapia de reemplazo hormonal puede jugar un rol según cada caso.
El llamado “vientre hormonal” de la menopausia tiene base científica. Aunque la expresión no es una categoría médica establecida, existen pruebas que demuestran que los cambios hormonales generan una redistribución de la grasa hacia el abdomen y aumentan las probabilidades de complicaciones metabólicas.
Schelle destaca que la ciencia recomienda estrategias integrales: control del estrés, alimentación equilibrada, ejercicio de fuerza y, en ciertos escenarios, la terapia de reemplazo hormonal individualizada.

Causas científicas del vientre hormonal en la menopausia
“La denominación ‘vientre hormonal’ no es una definición científica”, explica Schelle a Der Spiegel, que agrega: “Fue creada por las propias mujeres al notar que, cerca de los 40 o 50 años, el abdomen comenzaba a crecer, aunque no hubieran cambiado la dieta ni su actividad física”.
La especialista señala que sí existe un fundamento científico: “Durante la menopausia, la mujer acumula más grasa visceral y esto está directamente relacionado con los cambios hormonales. A diferencia de la grasa subcutánea, la grasa visceral produce sustancias inflamatorias”.
Antes de la menopausia, el estrógeno conduce la acumulación de grasa hacia glúteos, muslos y parte superior de los brazos como reserva para la etapa fértil.
Al disminuir los niveles de estrógeno, esa grasa se redistribuye hacia el abdomen. “Investigaciones recientes demuestran que no solo el estrógeno influye, sino también la hormona foliculoestimulante”, añade Schelle.
“Con la menopausia, esta hormona aumenta porque sigue estimulando los ovarios inactivos, inhibe la quema de grasa abdominal y favorece su almacenamiento”, indica. Este fenómeno tiene varias causas y no se explica únicamente por el descenso hormonal.

Riesgos de la grasa abdominal en la menopausia
Las principales preocupaciones superan el ámbito físico. Según Schelle, la grasa visceral produce sustancias inflamatorias y moléculas de señalización que incrementan el riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión, lípidos elevados, enfermedades cardiovasculares, demencia y ciertos tipos de cáncer, como el de colon.
La médica advierte sobre la aparición repentina de estos cambios: “Antes de los 50, la presión arterial y los niveles de azúcar en sangre suelen estar en valores normales, pero poco después aparecen trastornos del metabolismo lipídico, colesterol elevado y presión alta. De pronto, la paciente necesita medicamentos y se pregunta: ‘¿qué hice mal?’”.
Schelle subraya que muchas mujeres minimizan el inicio del proceso y recomienda comenzar la prevención antes de la menopausia, alrededor de los 30 o 35 años. “La perimenopausia es la etapa para prestar atención y evitar enfermedades en el futuro”, señala la médica a Der Spiegel. Los cambios hormonales no son el único factor; existen otros mecanismos menos conocidos.
Estrategias científicas para abordar el vientre hormonal
En medio de la búsqueda de soluciones rápidas o la percepción de que todo está vinculado a las hormonas, Schelle argumenta: “No se trata de comer menos, sino de comer mejor. Tampoco hacer más ejercicio sin planificación; eso puede ser contraproducente. Hay que adaptar el entrenamiento y enfocarse en las necesidades de cada etapa”.
El estrés es uno de los principales factores de riesgo. En ese sentido, Schelle enfatiza: “Es el factor más importante. Si no se controla, ninguna otra medida funciona”. Muchas mujeres, explica, viven en alerta permanente, lo cual dificulta perder grasa abdominal y recuperar el descanso nocturno. Niveles elevados de cortisol sostienen un círculo: más hambre, menos gasto calórico y peor sueño.
Sobre la alimentación, Schelle desaconseja dietas rígidas y el conteo de calorías. En su lugar, recomienda priorizar alimentos naturales y comer tres comidas completas al día, con proteínas, fibra vegetal, grasas y carbohidratos integrales.
En tanto, recalca la importancia de limitar los alimentos procesados, cuyo aporte calórico suele subestimarse, y propone realizar análisis para detectar déficit de nutrientes antes de tomar suplementos por cuenta propia.
En cuanto a la actividad física, Schelle resalta el valor del entrenamiento de fuerza. “A partir de los 30 años deberíamos integrarlo en nuestro día a día, porque es la etapa de máximo desarrollo muscular”, asegura. Lo adecuado es realizar entre una y tres sesiones semanales, con suficiente peso y trabajo completo del cuerpo.
Además, resalta que el sueño debe recibir atención específica. “Los trastornos del sueño son frecuentes: dificultad para dormir, despertares nocturnos o levantarse antes de tiempo, y todo esto perjudica la salud”.
En ese sentido, recomienda evitar cafeína y alcohol después de las 16.00, así como evitar el ejercicio intenso por la noche, ya que esto puede interferir con el descanso. También reconoce que las alteraciones hormonales pueden agravar los problemas de sueño y sugiere un enfoque individualizado, que contemple alternativas tanto hormonales como no hormonales.
Con un abordaje completo, comenta la doctora, es posible ver avances en pocas semanas: “Cuando el cuerpo recupera los nutrientes necesarios, se estabiliza el nivel de azúcar, disminuyen los antojos y mejora el sueño. Vivir alineadas con el biorritmo —comer y descansar en horarios regulares— facilita todo el proceso”.

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