
Suele creerse, por esa vieja e indolente costumbre de juzgar las apariencias sin inventariar lo interior, que cuando una persona dice “YO” está nombrando una supuesta propiedad única, una llanura indivisible donde pastan, en pacífica y ordenada fila, sus recuerdos, sus sueños, sus miedos y sus pequeñas certezas de existencia. Ceguera soberbia y tan desprovista de realidad, al no querer ver que bajo la piel de cualquiera de nosotros no habita exclusivamente un ser, sino algunos seres, náufragos que disputan, a codazos limpios, el control del timón de lo que muchos llaman destino.
Si nos diéramos el trabajo de contar los hilos de lo que llamamos identidad, descubriríamos con espanto, o quizás con una secreta y liberadora resignación, que el supuesto YO unitario es un invento del lenguaje, un imaginario. La ciencia ha venido a ratificar lo que los filósofos sospechaban mientras ejecutaban su contemplación. Un reciente y revelador estudio neurocientífico publicado en Psychology Today demuestra que el cerebro no opera desde un comando centralizado, sino a través de redes neuronales distintas y a menudo mutuamente inhibitorias que configuran múltiples «estados del ser» o self-states. No somos un templo con un solo dios, somos más politeístas.
Ocurre que en este siglo XXI, que se nos vino encima con su prisa de algoritmo y sus pantallas que nunca duermen, la fragmentación ya no es una hipótesis de escuela ni un desvarío de los místicos. El individuo contemporáneo asiste a una dispersión de su propia sustancia. Ya lo advertían las investigaciones de la Frontiers in Psychology sobre el multiple self-mode: la activación deliberada de nuestras distintas facetas altera radicalmente nuestra apertura psicológica y los valores que defendemos según el escenario que pisemos. El hombre de hoy se atomiza, se vuelve legión en el mercado de las interacciones. Un YO ficha en la oficina con la sumisión requerida, otro YO ensaya la indignación política en los espacios privados o públicos, un tercer YO mendiga simulacros de afecto en las plataformas digitales, y un cuarto, el más desdichado, se queda mirando el techo a las tres de la mañana, preguntándose cuál de todos ellos pagará el costo de la vida.
La sociología digital, que ha tenido que inventar herramientas para medir este oleaje de máscaras, nos ofrece números que bien podrían asumirse como un censo de una locura colectiva. Los análisis sobre la teoría de la fragmentación de la identidad digital en plataformas como Sage Journals evidencian cómo las estructuras hipermediadas obligan al sujeto a compartimentar su existencia hasta extremos que la psicología del siglo pasado habría tildado de patológicos. Vivimos en la era de la performatividad líquida, un teatro de sombras donde, como explica un lúcido análisis de PhilArchive, el ser ya no es una esencia inmutable, sino un proyecto de reescritura constante, un borrador perpetuo que se adapta a las demandas y juzgamiento del ojo ajeno y del me gusta instantáneo. Nos hemos convertido en los directores de marketing de nuestros propios fantasmas.
Este desfile de avatares y sombras genera una dolencia que los antiguos no conocieron, o si la conocieron, tuvieron la decencia de llamarla de otra manera. Es la angustia de la incongruencia. Cuando la distancia entre el YO que se padece en la soledad del cuerpo y el YO que se exhibe en el escaparate del mundo se vuelve un abismo insalvable, sobreviene el naufragio del sentido. El error consistió siempre en creer que la salud mental equivalía a mantener una monarquía absoluta del ego, rígida e imperecedera. Los datos empíricos de los modelos de Internal Family Systems demuestran todo lo contrario: la verdadera cordura no radica en el exterminio de nuestros otros yoes, sino en la capacidad de sentarlos a la mesa, de reconocer sus voces sin que ninguna termine por amordazar a las demás. Bien mirado, este laberinto no tendría por qué ser una condena irreversible. Si aceptamos que somos una multiplicidad de seres que comparten el precario alquiler de un solo cuerpo, tal vez empecemos a mirarnos con un poco más de clemencia, con esa compasión que tanta falta nos hace cuando descubrimos que el traidor, el héroe, el villano y el cobarde visten exactamente la misma camisa en nuestro armario. No se trata de buscar una autenticidad compacta que jamás existió, sino de aprender a gobernar la locura de los nuevos tiempos.
Cuando la última luz se apague y los ojos ya no tengan pantallas que reflejar, ninguno de los YOES que fuimos se salvará solo. O nos salvamos todos juntos en nuestra hermosa y terrible diversidad, o no se salvará nadie.

Néstor Romero Mendoza
CEO de www.vibramanabi.com
Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica / Consultor Político Independiente
15/5/2026
