
En la nueva sociedad, las sumas que restan son la forma más rápida de matar una campaña política competitiva. El candidato que se alía con el pasado para asegurar el presente, lo único que asegura es quedarse sin futuro.
La matemática electoral cotidiana murió. Y sus viudas aún no se han enterado. ¿Cuáles viudas? Esas que todavía creen que la política se hace en mesas repletas de políticos tradicionales que repiten como un credo que "toda suma aporta". En el mundo real, en este siglo XXI de ciudadanos hiperconectados que miran el celular cada minuto o cada cuatro minutos como máximo, la incorporación de los viejos caciques a una campaña moderna funciona al revés: es un abrazo que puede aniquilar al candidato. Ley de la física y de la naturaleza humana: dos fuerzas opuestas no se suman; se anulan.
En el escenario electoral plurinominal de hoy, el respaldo activo de uno de esos “políticos de siempre” no es una estructura que moviliza votos. Puede llegar a ser una mochila llena de piedras que hunde de inmediato la reputación del candidato que lo acoge pues, mínimamente, la relación levanta sospechas. De plano, es muy probable que el elector rechace votar a quien aparece en la papeleta.
Los grandes aparatos partidarios y los caciques que supuestamente controlan el territorio repartiendo prebendas materiales están perdiendo la batalla contra el algoritmo. La gente ya no obedece sino a sus sentimientos y emociones. En la palma de su mano cuenta con la capacidad de acceder o bloquear toda la oferta política coyuntural. No necesita que un caudillo del barrio, parroquia, cantón o provincia le señale por quién votar. Como bien explicaba Zygmunt Bauman, las identidades de hoy son volátiles, líquidas. El supuesto dueño de los votos ya no arrastra a nadie o a muy pocos; la gente decide sola guiada por sus intereses, afectos y desafectos. La neurociencia y la psicología cognitiva demuestran que estos acuerdos del pasado destruyen candidaturas por razones técnicas que los políticos chapados a la antigua ignoran:
[Acuerdo Tradicional] ➔ [Disonancia Cognitiva] ➔ [Pérdida de Magia] ➔ [Fuga de Jóvenes]
Los estudios de Stanford sobre consistencia cognitiva son claros: si te vendes como el cambio y te sacas una foto con el statu quo, el cerebro del votante cruje. Para resolver esa incomodidad, la mente del ciudadano toma el camino más corto: decide que eres un falso y que eres "más de lo mismo". En la comunicación política moderna sabemos que la basura se pega al zapato más rápido que las flores: los atributos negativos de la vieja política—la sospecha de corrupción, la ineficiencia—se transfieren al candidato nuevo a la velocidad de la luz. El estigma no se negocia, se contagia. Es por ello que el elector premia la autenticidad por encima de los programas de gobierno que muy pocos leen. Las investigaciones de Harvard sobre marcas demuestran que cuando hay un abismo entre lo que dices (tu relato de cambio) y lo que haces (tus alianzas debajo de la mesa), tu marca electoral se pulveriza para siempre.
La historia está llena de candidatos soberbios que creyeron que podían engañar a la gente pactando con el pasado. En Ecuador lo hemos vimos claramente en los procesos recientes cuando candidatos que venían aireando la "nueva política" o capitalizando el descontento social se desinflaron como un globo en un par de semanas. ¿Por qué? Porque cometieron el horror de aceptar el apoyo público de partidos tradicionales con altísimo rechazo entre los jóvenes y adultos mayores. La gente vio la foto del acuerdo, sintió asco y votó masivamente por las opciones que prometían romper todo el sistema. El joven asoció la frescura con las mañas del pasado y se fue. Y el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo.
Voto líquido. Como demostró el sociólogo Zygmunt Bauman, las identidades modernas son volátiles; el respaldo de un líder tradicional ya no arrastra a su electorado de forma automática. Y cuando se estudia campañas a partir de encuestas científicamente serias y de grupos de enfoque, el impacto de estas alianzas tóxicas se traduce en resultados brutales. Mientras el político tradicional te promete su "voto duro" y asegura que te va a dar 5 puntos porcentuales en las elecciones, es muy probable que la repulsión orgánica que genera su cara a tu lado te cueste entre 10 y 20 puntos. El votante indeciso o swing, el ciudadano común que decide su voto en los últimos momentos basándose puramente en el rechazo a la política aburrida de los de siempre, se asusta o se llena de bronca. Prefiere quedarse en casa o votar a un candidato marginal antes que avalar el pacto de cúpulas. Así también, los jóvenes menores de 35 años detestan el olor a transacciones políticas. Una sola foto con un “dinosaurio” de la política tradicional desploma la intención de voto en ese segmento hasta en un 40%: no perdonan el aburrimiento ni la hipocresía, van de frente.
Para gobernar se necesitan acuerdos mínimos y negociaciones políticas bajo esquemas de la legalidad y la legitimidad, obviamente. Pero para ganar una elección es preciso la diferenciación absoluta. Confundir la gobernabilidad del futuro con la foto para la campaña de hoy es el error más estúpido que puede cometer un equipo de campaña pues las elecciones no se ganan sumando logos de partidos casi muertos o de figuras en vías de extinción. Hay que multiplicar el entusiasmo de la gente común conectando con sus sueños, desvelos y aspiraciones, y restando la toxicidad del pasado y del presente.

Néstor Romero Mendoza
CEO de www.vibramanabi.com / Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica / Consultor Político Independiente
29/5/2026
