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Cómo perder las elecciones VI: muchos generales y pocos soldados
Por: Néstor Romero Mendoza
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 12/05/2026 23:20
CÓMO PERDER LAS ELECCIONES / NÉSTOR ROMERO MENDOZA
Ilustración de IA.

Es común escuchar a algunos amigos hacer observaciones, con algo de estupor y mucho de melancolía, como que las democracias contemporáneas van a la deriva y que la actividad política ha dejado de ser una lid de convicciones para convertirse en un charco de egos, vanidades y odios. En ese sentido y en el contexto de las campañas electorales, pueden tener alguna razón pues esas patologías invisibles pero fulminantes corroen los procesos internos de los equipos de trabajo, especialmente por una suerte de gigantismo estéril que bien podríamos bautizar como el síndrome de "hipertrofia estratégica" o el de los “muchos generales y pocos soldados”. Esa es una historia que, de tanto ser vivida, anuncia una derrota inevitable. Y, sin embargo, sigue siendo recurrente. Para un o una candidata, rodearse de un cuerpo de asesores sobredimensionado no es un signo de fortaleza. Es el primer paso hacia una desconexión total con el electorado de una sociedad hiperconectada.

Realidad algorítmica. En estas estructuras hipertrofiadas, el candidato —aquel que debería ser la fuente de la esperanza colectiva— termina convertido en un rehén de su Círculo Cercano. Seguro usted habrá visto cómo hombres y mujeres de talento naufragan en un mar de consultores, expertos en todo, todos ellos compitiendo por dejar su impronta en un mensaje que, de tanto ser pulido por sus manos eruditas, acaba perdiendo su alma y fuerza. Cuando una campaña acumula múltiples "cabezas" estratégicas, la energía política deja de fluir hacia el votante y se consume en la validación interna. En la sociología organizacional, el fenómeno responde a la Ley de Parkinson. Estudios sobre el comportamiento humano en entornos de alta presión, como los de Katz & Kahn, demuestran que el exceso de mandos intermedios genera un "ruido" que diluye el mensaje original. En una campaña, esto se traduce en una parálisis por análisis: por ejemplo, para cuando los diez "generales" se ponen de acuerdo con un spot de TikTok sobre algo coyuntural, la conversación social ya ha mutado de tema. La realidad y el tiempo son unas fieras indomables que palpitan en las calles con vida propia.

La neurociencia aplicada a la comunicación política, hablamos de estudios científicos realizados por Westen o Lakoff, confirma que el votante del siglo XXI busca referentes más humanos y cercanos. Sin embargo, una campaña dirigida por demasiados estrategas produce un candidato "frankenstein". Al intentar satisfacer los criterios de diferentes asesores (el experto en datos, el de gestión política, el de imagen, el de discurso, el de crisis, etc.), el candidato pierde su identidad. El resultado es un “producto” político excesivamente procesado que el votante percibe como falso. Y en la era de la "economía de la atención", la inconsistencia es castigada con la irrelevancia.

El problema radica en la ruptura de la cadena de valor electoral. Mientras los "generales" se pierden en el micro-targeting y supuestos modelos predictivos sofisticados, la falta de "soldados" (activismo territorial, respuesta orgánica en redes, movilización de lideres y lideresas) deja la estrategia en el vacío. Según diversos análisis de Cambridge Analytica, el contacto directo y la movilización orgánica tienen un impacto de conversión hasta 4 veces superior al bombardeo de publicidad si no hay un respaldo político en la calle que despierte y mueva la conversación política. Sin soldados que traduzcan el mensaje al lenguaje del día a día, la estrategia se queda en un Canva elegante, pero sin votos en la urna.

Exitoso fracaso. El caso reciente de Kamala Harris (2024) en los Estados Unidos es, en este sentido, una lección de humildad para los tecnócratas de la política -si ellos quisieran-. Se presentó al público una maquinaria de mil millones de dólares, una constelación de generales del entorno de Obama y Biden, todos ungidos por el prestigio de Washington y sus títulos académicos. Y, sin embargo, esa estructura elefantiásica fue incapaz de escuchar el rugido de la clase media y de la trabajadora. Hubo demasiada estrategia de salón y poca carpintería de barrio; mucha ingeniería social y nula conexión emocional. Se olvidaron de que, en la era de la desconfianza, un vecino convencido vale más que mil anuncios de Instagram. Existían múltiples "cuartos de guerra" que debían validar cada movimiento. Esto generó una lentitud reactiva. En la sociedad del siglo XXI, donde un meme o una noticia falsa viaja a la velocidad del rayo, la estructura de Harris tardaba días en consensuar una respuesta. Mientras el rival, Donald Trump, operaba con una cadena de mando vertical y ágil, Harris proyectaba una imagen de indecisión, fruto de los matices que cada "general" imponía al discurso para no alienar a ningún grupo específico.

Científicamente, esos grupos pequeños y cerrados de “élite estratégica” tienden al pensamiento de grupo (groupthink). Al haber muchos generales y poca retroalimentación del "terreno", se pierde la capacidad de lectura de la realidad social. Los generales terminan diseñando campañas para otros generales —o para ganar premios de consultoría— en lugar de diseñarlas para el ciudadano que no llega a fin de mes. Sobre este tema profundizamos en el artículo: Cómo perder las elecciones (IV): la enfermedad del pensamiento de grupo o Groupthink.

El abismo. Para ganar una elección no se precisa acumular más y más expertos o generales de escritorio. Requiere más gente operativa que sepa ensuciarse los zapatos en la realidad. Una campaña moderna debería ser como una buena obra artística: coherente, audaz y, sobre todo, capaz de conmover.

Perder una elección por exceso de mando es uno de los errores más costosos y cotidianos de la política. Un candidato que gasta un presupuesto alto en sueldos de asesores de lujo mientras descuida su ejército de voluntarios y su capacidad de respuesta rápida, está financiando su propia derrota. En una contienda electoral, un general con un mapa equivocado es peligroso, pero diez generales peleándose por el mapa son letales. Es la ceguera de quienes creen que la voluntad popular se puede domesticar. Y ya cuando se llega a etapas finales de la campaña, como cuando se cierran las urnas, los generales se retiran a sus consultoras a lamerse las heridas, dejando al candidato en la más absoluta de las soledades, rodeado de mapas que ya no conducen a ninguna parte.

En esta sociedad hiperconectada, liquida y desconfiada, hay que tener agilidad mental, coherencia, sentido común e ideas libres.

Néstor Romero Mendoza

CEO de www.vibramanabi.com

Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica / Consultor Político Independiente

12/5/2026

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