Señor Presidente Daniel Noboa:
Le escribimos desde una mesa sencilla de cualquier hogar ecuatoriano. Aquí estamos una madre, un padre, un hijo, una hija y dos abuelos. No hablamos desde oficinas con aire acondicionado ni desde informes llenos de porcentajes. Hablamos desde la realidad. Desde ese Ecuador que se levanta antes del amanecer para trabajar y que se acuesta cada noche haciendo cuentas para sobrevivir. Escuchamos con frecuencia que el país avanza, que existen cifras históricas y que se están alcanzando récords importantes, pero cuando apagamos el televisor y miramos nuestra vida diaria, nos preguntamos si realmente estamos viviendo en el mismo país que se presenta ante la comunidad internacional.
En nuestra casa ya no hablamos de crecimiento económico. Hablamos de cómo alcanzar a terminar el mes. Una sopa de queso, que antes era un plato cotidiano y sencillo, hoy parece un menú especial reservado para ocasiones contadas. El dinero ya no alcanza para todo. Debemos sortearlo entre la comida, el arriendo, los servicios básicos, los útiles escolares y el transporte. Cada incremento en los combustibles termina reflejándose en el precio de los alimentos, en los pasajes y en casi todo lo que consumimos. Todo sube, todo cuesta más, pero los ingresos de la mayoría permanecen estancados y en estos casos Señor Presidente… ¿quién protege a las familias que cada mes ven disminuir su capacidad para vivir con dignidad?
Nuestros hijos tampoco encuentran el país de oportunidades que se promete. La calidad educativa que alguna vez fue motivo de esperanza parece debilitarse frente a problemas cada vez más complejos. Muchos padres observan con preocupación cómo algunos centros educativos enfrentan fenómenos sociales que deberían mantenerse lejos de las aulas. Mientras tanto, conseguir empleo se ha convertido en una especie de lotería nacional. Quienes logran obtener una oportunidad laboral muchas veces enfrentan condiciones inestables: trabajos por horas, por días, por metas, por temporadas o hasta que el cuerpo resista. Miles de ecuatorianos viven sin saber si el próximo mes tendrán ingresos suficientes para sostener a sus familias.
La salud tampoco se parece a los discursos oficiales. Conseguir una cita médica o una atención especializada puede convertirse en una larga espera. Han regresado las filas interminables, las derivaciones demoradas y la incertidumbre de no saber si existirá el medicamento necesario cuando llegue el momento. Mientras tanto, los hospitales continúan enfrentando limitaciones que afectan directamente a quienes más necesitan atención. En nuestro hogar sabemos lo que significa esperar semanas por una consulta o escuchar a ciudadanos que deben buscar por su cuenta insumos básicos para recibir atención. Esa no debería ser la realidad de un país que aspira al desarrollo.
Presidente, también le escribimos desde una casa donde el agua que llega no siempre tiene la calidad que merecen nuestros hijos y nuestros abuelos. Desde una vivienda donde los focos titilan constantemente porque los sistemas parecen trabajar al límite de su capacidad. Vivimos en barrios donde los servicios públicos muchas veces se convierten en una cadena interminable de solicitudes, trámites, promesas incumplidas, incluso volvieron los tramitadores. En demasiadas ocasiones, ciudadanos deben insistir una y otra vez para recibir respuestas de funcionarios que parecen haber olvidado que su trabajo existe para servir a la población y no para poner obstáculos a quienes buscan soluciones.
Y, finalmente, le escribimos desde el miedo. Desde sectores donde hay familias que prefieren guardar silencio porque sienten que hablar puede traer consecuencias. Desde barrios donde las personas reciben advertencias para no denunciar, para no observar, para no intervenir. Desde comunidades donde algunos ciudadanos escuchan pedidos desesperados de auxilio y sienten impotencia porque temen convertirse en la siguiente víctima. La inseguridad ya no es una noticia distante; se ha instalado en los hogares, en los negocios, en las carreteras, en las zonas rurales y en los espacios públicos. Al mismo tiempo, las vías se deterioran, el turismo enfrenta incertidumbre y los emprendedores luchan por mantenerse a flote. Todo esto ocurre mientras se anuncian importantes ingresos económicos para el país que muchos ciudadanos no logran ver reflejados en su vida cotidiana.
Por eso, señor Presidente, esta familia ecuatoriana quiere hacerle una pregunta que seguramente se repite en miles de hogares: ¿hasta dónde quiere llegar el Ecuador? ¿Hasta cuándo seguiremos escuchando cifras alentadoras mientras la realidad de millones de personas cuenta una historia diferente? No le escribimos desde la confrontación, sino desde la preocupación. No le hablamos desde la política, sino desde la experiencia diaria de quienes sostienen este país con trabajo, sacrificio y esperanza.
Señor Presidente, Ecuador no necesita relatos perfectos. Ecuador necesita sinceridad. Necesita honestidad. Necesita autoridades capaces de mirar de frente los problemas y reconocerlos antes de resolverlos. La mayor muestra de liderazgo no es convencer al mundo de que todo está bien, sino tener el valor de aceptar lo que está mal para corregirlo. Este país no pide privilegios ni discursos extraordinarios. Solo pide paz para sus familias, oportunidades para trabajar con dignidad y la tranquilidad de ver crecer a sus hijos en un Ecuador donde el futuro vuelva a ser una promesa y no una preocupación permanente.
Y aun cuando las noticias nos golpean el alma una y otra vez, Señor Presidente, seguimos avanzando. Nos duelen profundamente las historias que han marcado la memoria reciente del país. Nos estremecen los casos de los niños de Las Malvinas y nos rompe el corazón la tragedia de los ocho jóvenes de Daule, como también nos conmueven cientos de historias menos visibles que no ocupan titulares nacionales pero que dejan familias destruidas para siempre. Cada vida perdida representa una silla vacía en una mesa, una madre que no deja de esperar, un padre que se queda sin respuestas, unos hermanos que aprenden a convivir con la ausencia y una comunidad que pierde parte de su esperanza. Sin embargo, pese al dolor, Ecuador sigue caminando. Cada día miles de ciudadanos salen a trabajar, a estudiar y a luchar por un futuro mejor cargando consigo heridas que no aparecen en las estadísticas.
Detrás de cada cifra, Señor Presidente, existe una historia humana, y detrás de cada historia existe un país que no quiere acostumbrarse al sufrimiento, sino recuperar la paz, la seguridad y la tranquilidad que durante años formaron parte de la vida cotidiana de los ecuatorianos.
Atentamente,
Una madre que teme por el futuro de sus hijos.
Un padre que cada día lucha por llevar el sustento a su hogar.
Una hija que sueña con oportunidades reales en su propio país.
Un hijo que quiere estudiar, trabajar y vivir sin miedo.
Dos abuelos que recuerdan un Ecuador donde la esperanza era más fuerte que la incertidumbre y millones de ecuatorianos que todavía creen que este país merece algo mejor.

Érika Vaca Rodríguez
Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Columnista www.vibramanabi.com
5/6/2026