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¡El río trae gente!
La bajada de las balsas
Publicado en 09/06/2026 15:40 • Actualizado 10/06/2026 08:33
LE DOY MI PALABRA / NÉXAR RODRÍGUEZ
Por: Néxar Rodríguez Vélez / Imagen de la red.

El agua tiene memoria, aunque a veces los hombres lo olvidemos. Corre el caudal del Río Grande, ensanchándose con el abrazo de los siglos hasta llamarse Portoviejo, y en su murmullo no solo viaja el sedimento de la tierra; viaja el eco de los abuelos, la herencia viva que se resiste a ser sepultada por el olvido de las carreteras de asfalto.

¡El río trae gente! Ese era el grito. Una exclamación que no era de alerta, sino de júbilo, un auténtico pregón de hermandad que encendía las riberas. Escuchar esa frase desde la orilla significaba que la selva adentro se había puesto en movimiento, que la montaña alta bajaba a saludar al valle, entregada al capricho de la corriente sobre un lecho de troncos flotantes.

Navegar el río en una balsa de caña guadúa y madera clara no es un pasatiempo; es un acto de resistencia poética. Los troncos, amarrados con la ternura y la fuerza vegetal de la fibra de sapán, cargan sobre sus espaldas el sudor de la campiña: el aroma denso del cacao, el café, el oro verde del plátano, el perfume silvestre del tabaco mezclado con el aroma cítrico de la naranja y la mandarina. Pero, sobre todo, cargan vidas, cargan esperanza, portan tradición.

A la cabeza de esta quijotada fluvial, sosteniendo el timón contra la corriente del tiempo, emerge un nombre que ya es sinónimo de herencia: Antonio Pico. Él, junto a un puñado de gestores culturales tercos y visionarios, colectivos de memoria oral y organizaciones que se niegan a mirar al río con indiferencia, ha devuelto la vida al cauce. Son los guardianes del agua, hombres y mujeres que cada año vuelven a cortar la caña en la luna correcta, hilvanando el pasado con el presente en un tejido perfecto de maderas ligeras.

El viaje es un ritual que despierta a la provincia. Cada curva del río es una página que se pasa; cada parada, un santuario de identidad. En los playones y muelles donde encalla la balsa, las comunidades ribereñas aguardan con el corazón abierto y el horno de leña encendido. Se desata entonces la magia: el aire se llena del aroma a tonga recién envuelta, sin faltar un currincho y un tabaco; las guitarras rompen el silencio con la picardía del amorfino y la hondura de las décimas, mientras los campesinos y las matronas de la cocina ancestral abrazan a los navegantes. Es el campo que se junta, es Manabí que se reconoce a sí mismo en el reflejo del agua.

Cuantas leyendas se tejen en las noches de bajadas Los Duendes que desataban las balsas, las luces y destellos de las riberas. Hoy, -como cada año- cuando el churo vuelve a sonar en la inmensidad del río, no solo se conmemora una antigua ruta comercial. Se limpia el alma de la cuenca, se denuncia el descuido ecológico y se celebra que seguimos siendo un pueblo de agua, de caña y de monte.

Que se escuche fuerte en cada rincón de la ribera, que lo repitan las “matas” de cadi y lo entone el viento: ¡El río trae gente! Porque mientras haya balseros en el Portoviejo, y líderes que sostengan la guara de la tradición, nuestra historia jamás encallará en el olvido.

Néxar Rodríguez Vélez

Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com

Columnista www.vibramanabi.com

9/6/2026

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