Hace algunos días publiqué en este mismo espacio —la página Vibra Manabí, a la que agradezco por la oportunidad— un artículo sobre los tres tiempos de las enfermedades de la mente. Nos adentramos entonces en los laberintos del pensamiento, intentando descifrar la cronología del dolor silencioso. Hoy nos convoca otra geografía del alma, acaso más sutil y esquiva: la depresión funcional. La distimia es una de las depresiones más peligrosas porque suele pasar desapercibida, incluso para quien la padece.
Existe un abismo invisible entre el estar bien y el parecerlo. A diferencia de la tristeza que paraliza y reclama el lecho oscuro, la versión funcional de este mal es una puesta en escena perfecta. Es el arte trágico de cumplir con el mundo mientras el universo interior se desmorona; es sonreír en la plaza pública, habitar la cotidianidad con puntualidad de relojero y sostener la mirada ante los espejos sociales sin parpadear. Quien la transita no se detiene: camina con el peso del mundo sobre los hombros, pero con el paso firme de quien lleva una corona.
Esta mañana, escuchando la letra de una canción, me vino a la mente lo que muchas personas pasamos en el día a día con una sombra oscura dentro de nuestras almas. Una melodía que, sin pedir permiso, le dio cuerpo a este artículo:
«Y entonces se disfraza con el traje de fuerte, que solo se quita al llegar a la casa; y que nadie la vea llorando su pena, ella baila descalza».
Ese traje de roble y acero, confeccionado con las expectativas ajenas y los «yo puedo» que se autoimpone el náufrago, es una armadura asfixiante. El mundo aplaude su fortaleza y admira su entereza, sin saber que cada aplauso es un eco que retumba en su propio vacío.
Solo cuando el pestillo de la puerta cae y la soledad del hogar la abraza, la función termina. Quien la padece se despoja de la pesada vestidura del heroísmo cotidiano. Es allí, entre cuatro paredes, donde aparecen unas ganas inmensas de llorar sin siquiera saber por qué. Es un llanto misterioso, un desborde del alma que no necesita explicaciones ni diagnósticos; es simplemente el dique que se rompe tras horas de contener el río.
En la intimidad de ese refugio, la pena reclama su territorio. Un baile mudo, a ras de suelo, donde se aprende a sanar a oscuras las heridas que el día camufló con destreza.
Mirarnos hacia adentro y mirar con verdadera atención a quienes amamos es una urgencia del espíritu. No toda fortaleza es real; a veces, es solo el único refugio que encontramos para que la tormenta no nos vuele en pedazos a mitad de la calle. Que este espacio sea, siempre, un faro para recordar que está bien quitarse la armadura antes de que el peso nos hunda el pecho.

Néxar Rodríguez Vélez
Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com
Columnista www.vibramanabi.com
25/6/2026