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No aguantes los problemas solo
La arenga para habitar la vida
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 04/07/2026 15:35
LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA
Ilustración de la IA

Rompe esa coraza del orgullo estéril. La modernidad nos prometió la cumbre de la autonomía, pero nos ha despeñado en el abismo de la soledad. Caminamos por las calles de nuestro pueblo, con los ojos fijos en pantallas relucientes, asumiendo un mandato invisible pero implacable: el deber de ser invulnerables. Nos hemos creído esa ficción perversa de que el éxito consiste en resistir el vendaval en un aislamiento absoluto. Qué inmensa y trágica mentira. Desde la tribuna de Vibra Manabí, les decimos con la urgencia de los tiempos que habitamos: no aguantes los problemas solo.

Casi que hemos edificado templos a un individualismo exacerbado, una suerte de confusión entre la autosuficiencia y la dignidad. Vivimos en la era de la hiperconectividad digital y de la desconexión humana absoluta. Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud no las podemos ignorar: la depresión y la ansiedad han escalado un 25% a nivel global en los últimos años. Este no es un fallo mecánico del cerebro; es el crujido de una estructura social que ha extirpado la solidaridad de sus dinámicas cotidianas. El dolor, cuando se aprisiona en el fuero interno, no se diluye; se calcifica, corroe las entrañas y termina por dinamitar la mente.

En ese contexto, los estudios del neurocientífico John Cacioppo demostraron que la soledad crónica activa el sistema nervioso simpático en un estado de alerta permanente, elevando los niveles de cortisol y la presión arterial. Biológicamente, evolucionamos para la cohabitación y el amparo mutuo y por eso el cerebro humano interpreta el aislamiento social como una amenaza física inminente, equivalente al hambre o al ataque de una fiera. Por ende, empeñarse en sufrir en silencio es un lento e invariable suicidio fisiológico. Ya lo advertía Martin Heidegger al hablar del Dasein: existir es, intrínsecamente, un «ser-con-otros» (Mitsein). Somos hilos de un tejido social que solo cobra sentido en la intersubjetividad. Cuando decides silenciar tu angustia, estás quebrando ese pacto existencial. Estás renunciando a la catarsis, ese mecanismo antiguo donde el dolor compartido se puede convertir en sabiduría colectiva. Nos salvamos en racimo, nos quebramos en el individualismo.

Por eso, lectores de Vibra Manabí, esta no es una apología de la queja estéril, sino una arenga para la rebelión espiritual. Levantar la voz y decir «no puedo más» requiere un coraje infinitamente superior al de callar y somatizar la derrota. La verdadera madurez existencial consiste en reconocer nuestra hermosa y compartida fragilidad. Busquemos el abrazo, activemos la palabra, transformemos el espacio comunitario en un santuario de escucha activa. Desafiemos los algoritmos del aislamiento con la calidez del encuentro real. No cargues con el peso del mundo sobre tus hombros solitarios; permítenos ser el hombro donde apoyes tu carga, para así, juntos, reescribir la historia de nuestras ideas libres.

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