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El Mundial que nos unió y también dejó al descubierto lo que somos
Por: Érika Vaca Rodríguez
Publicado en 19/07/2026 21:12 • Actualizado 19/07/2026 21:15
COLUMNA DE OPINIÓN: PENSÁNDOLO BIEN / ÉRIKA VACA RODRÍGUEZ

El Mundial no fue únicamente una competencia de noventa minutos, goles y eliminaciones; se convirtió en una pausa emocional para un país que vive entre el miedo, la incertidumbre económica y la preocupación de no saber qué noticia dolorosa aparecerá mañana. Durante los partidos de Ecuador volvimos a reunirnos alrededor de una mesa, a vestir la camiseta, a colocar la bandera en la ventana y a conversar con desconocidos como si fuéramos amigos de toda la vida. Por unas horas, el comerciante preocupado por las ventas, la madre angustiada por sus hijos y el ciudadano que evita salir de noche pudieron compartir una misma alegría. La Selección nos regaló esa unidad que añorábamos conservar por un poco más de tiempo, aunque Ecuador fuera eliminado por México en los dieciseisavos de final.

También quedaron cuestionamientos deportivos que no deben tratarse como si fueran simples berrinches de aficionados. Durante el torneo se debatió sobre decisiones arbitrales polémicas, la interpretación del sistema de asistencia de video y si todos los jueces designados tenían el recorrido necesario para encuentros de tanta presión. Pero reclamar transparencia no equivale a inventar conspiraciones: un árbitro no puede acercarse a un equipo y concederle cinco minutos para marcar dos goles. El fútbol sigue siendo impredecible y los partidos también se ganan con disciplina, resistencia y capacidad para levantarse. La tecnología puede mostrar una jugada desde veinte ángulos, pero todavía existe una persona interpretándola; allí se necesita experiencia, coherencia y reglas aplicadas con el mismo criterio para todos.

Sin embargo, una de las heridas más dolorosas no ocurrió solamente dentro de la cancha. Un grupo reducido de aficionados mexicanos protagonizó cánticos, insultos y ruidos frente al hotel de la Selección ecuatoriana; después también se reportaron incidentes contra aficionados y comunicadores, hubo incluso fallecidos. Esto no representa a todo México: muchos ciudadanos mexicanos condenaron esas conductas y otros ecuatorianos relataron haber recibido un trato respetuoso. El término correcto cuando existe rechazo u hostilidad hacia personas por su nacionalidad u origen extranjero es xenofobia; puede coexistir con racismo cuando aparecen ataques basados en rasgos étnicos. No podemos responder generalizando ni odiando a todo un país, porque entonces repetimos lo mismo que condenamos. El fútbol debía enfrentarnos deportivamente, no enseñarnos a despreciar un pasaporte diferente.

El torneo también evidenció algo preocupante: el odio sin fundamento que puede dirigirse contra una figura pública. Lionel Messi, catalogado durante años entre los mejores futbolistas del mundo y dueño de una trayectoria expuesta con una sencillez poco común, volvió a convertirse en uno de los personajes más utilizados para memes, falsas declaraciones, fotografías fuera de contexto y contenidos manipulados. Decir “no quiero que pase Messi” es una preferencia deportiva válida; inventarle frases, difamarlo o emplear inteligencia artificial para presentar como verdadero algo que jamás ocurrió es otra cosa. Las redes han creado un mundo paralelo donde algunas personas sienten que burlarse, humillar o desinformar las vuelve parte de una conversación, aunque para ingresar a ella tengan que abandonar la empatía y la verdad.

También debemos ser legales para reconocer los méritos deportivos, aunque no apoyemos una camiseta. Argentina posee garra, identidad colectiva y una capacidad de reacción demostrada desde partidos complejos como el disputado ante Cabo Verde hasta su remontada frente a Inglaterra, cuando convirtió en los minutos finales y aseguró su paso a la final. Ningún árbitro entra al campo a marcar los goles, ninguna teoría sustituye el esfuerzo y ningún meme explica por qué un equipo sigue atacando cuando parece derrotado. Se puede cuestionar una decisión, discutir una jugada o preferir que gane España, pero negar todo mérito porque el resultado no coincide con nuestros deseos revela más fanatismo que análisis. La vida cotidiana también funciona así: muchas veces no gana quien nunca tuvo dificultades, sino quien supo levantarse cuando todos pensaban que estaba vencido.

Lo más grave es que esa cultura del ataque no se queda en los estadios. La vemos cuando se crea una página falsa para destruir una reputación, cuando un usuario comparte una mentira sin verificarla o cuando alguien da “me gusta” solamente porque disfruta viendo a otra persona señalada. Hay quienes dicen que ese es el precio de la fama, pero ninguna profesión obliga a renunciar a la honra. Messi parece haber entendido algo que también deberíamos aplicar: seguir viviendo su propia vida, concentrado en su familia y su trabajo, con “harta mantequilla” para que resbalen los comentarios de quienes hablan sin conocimiento de causa y por falta de huevos para decir las cosas de frente. Muchas veces el ruido no nace de la verdad, sino de la envidia, del poco amor propio y de la falta de valentía para expresar las diferencias de frente.

Este Mundial nos enseñó que una camiseta puede unir a personas que políticamente no piensan igual, que pertenecen a distintas clases sociales o que durante el resto del año ni siquiera se saludan. Pero esa unidad no debería terminar cuando se apaga el televisor. ¿Qué ocurriría si respaldáramos con la misma fuerza al vecino que emprende, al joven que estudia, a la mujer que denuncia o al ciudadano que necesita ayuda? Somos capaces de abrazarnos por un gol, pero a veces permanecemos indiferentes ante el dolor de quien vive en la casa contigua. No debemos ser simples espectadores de las lecciones que dejó este gran torneo: el respeto, la disciplina, el trabajo colectivo y la capacidad de reconocer los méritos ajenos también sirven para construir comunidad.

Este domingo, España y Argentina disputaron la final del Mundial. Disfrutamos el partido en familia o con amigos, con la camiseta, la comida, los abrazos y todas las cábalas que cada persona mantiene por su equipo favorito. Todo es válido mientras nos haga felices y no perjudique a nadie. El fútbol puede regalarnos nuevamente unas horas de alegría, pero la lección más importante comienza después: decidir si continuaremos utilizando las diferencias para atacarnos o si aprenderemos a convivir, respetarnos y celebrar sin necesitar destruir a otro para sentirnos importantes.

Érika Vaca Rodríguez

Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing

Columnista www.vibramanabi.com

19/7/2026

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