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Antes de condenar al otro, ¿qué estamos sembrando nosotros?
Por: Érika Vaca Rodríguez / Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Publicado en 20/09/2026 20:55
COLUMNA DE OPINIÓN: PENSÁNDOLO BIEN / ÉRIKA VACA RODRÍGUEZ

Nos hemos acostumbrado a condenar con una facilidad preocupante. Vemos una noticia y enseguida aparecen palabras como “asesino”, “maltratador”, “corrupto” o “mala persona”, muchas veces antes de conocer toda la historia. Exigimos justicia, y está bien exigirla, pero también deberíamos preguntarnos cuánto daño provocamos nosotros con nuestras propias acciones.

Porque no hace falta quitarle la vida a alguien para intentar borrarlo de la nuestra: hay hermanos que llevan años sin hablarse, familias divididas por una herencia y personas que convierten el resentimiento en una sentencia permanente. No son conductas equivalentes a un delito, por supuesto, pero sirven para mirarnos por dentro antes de convertirnos en jueces de la vida ajena.

También señalamos, con razón, el maltrato cuando ocurre fuera de casa, pero ¿cómo tratamos a nuestra propia familia? ¿De qué sirve indignarnos ante un video de una persona agrediendo a otra si después se humilla a una madre, se ignora a un padre, se desprecia a un hermano o se lastima con palabras a quienes viven bajo nuestro mismo techo?

Una agresión física tiene consecuencias jurídicas y debe ser denunciada; una mala relación familiar no puede compararse penalmente con ella. Sin embargo, existe una reflexión moral que no deberíamos esquivar: el respeto no puede exigirse solamente hacia afuera. Es parecido a reclamar que nuestra ciudad esté limpia mientras dejamos nuestra propia basura en la calle.

Las leyes terrenales tienen jueces, procedimientos, pruebas, abogados, recursos y sanciones. La Constitución ecuatoriana, en su artículo 76, garantiza el debido proceso y la presunción de inocencia; por eso, legalmente, nadie debería ser declarado culpable únicamente por rumores o señalamientos públicos.

Pero existe otra dimensión para quienes viven conforme a la fe: las leyes espirituales. Estas no dependen del dinero, del apellido, de la posición social ni de las influencias. No pueden comprarse, negociarse ni sobornarse. Desde esa visión espiritual, ricos y pobres enfrentamos el mismo principio: cada persona responde por aquello que hace, por cómo trata a los demás y por lo que decide alimentar en su corazón.

Y aquí aparecen dos principios profundamente conocidos: el perdón y aquello de que “lo que se siembra, se cosecha”. Perdonar no significa justificar una agresión, retirar una denuncia, regresar junto a quien representa un peligro ni renunciar a la justicia. Significa no permitir que el resentimiento gobierne nuestra existencia. Si sembramos odio, división, mentira y humillación, difícilmente construiremos relaciones de paz; si sembramos respeto, solidaridad, responsabilidad y reconciliación, aumentamos las posibilidades de recibir lo mismo. Es como una cosecha: nadie planta espinas esperando recoger frutos dulces. Nuestras palabras y acciones también dejan consecuencias.

Tal vez antes de señalar al vecino, al político, al delincuente, al familiar o a quien aparece en una pantalla, deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿qué estoy sembrando yo? Podemos exigir justicia sin convertirnos en verdugos; denunciar una injusticia sin alimentar odio; reclamar respeto mientras comenzamos por practicarlo en nuestra propia casa.

Las leyes humanas determinan responsabilidades mediante pruebas y procedimientos; la conciencia y la fe nos plantean otra responsabilidad, íntima y personal. Resulta sencillo pedir que el mundo cambie; lo verdaderamente difícil es revisar nuestras propias acciones. Y quizá una sociedad diferente empiece justamente ahí: en dejar de condenar a todos por todo y comenzar a preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para no repetir aquello que tanto criticamos.

Érika Vaca Rodríguez

Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing

Columnista www.vibramanabi.com

20/9/2026

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