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Karl Bushby y la sombra de sus pasos largos
Por: Néstor Romero Mendoza
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 02/11/2026 17:24
SECCIÓN: MEMORIA HISTÓRICA
Imagen de Euronews.com

Nadie sabe a ciencia cierta cómo y cuándo empiezan los caminos. El de Karl Bushby comenzó en una habitación donde el silencio pesaba más que aquella casa misma. Tenía el ceño fruncido de los paracaidistas británicos acostumbrados a medir la vida en minutos de supervivencia. Alguien, en un mapa viejo gastado por el tiempo, le había mostrado una locura: caminar desde el confín helado de la Patagonia hasta la puerta misma de su casa en Hull, sin usar jamás un motor para avanzar, sin retroceder jamás.

El comienzo. A finales de la década de los noventa, la existencia de Karl era un edificio en ruinas. Acababa de dejar el ejército británico tras once años en el Regimiento de Paracaidistas, una vida militar que le había dado estructura, camaradería y una disciplina de hierro, pero que lo dejó totalmente impotente para el mundo civil. Al sacarse el uniforme, se encontró de golpe con la nada. El matrimonio se le había roto en pedazos, dejando a un hijo pequeño al que apenas podía ver, y las deudas lo acorralaban sin tregua. Sin un empleo fijo, marcado por la frustración de una dislexia no diagnosticada en la infancia que siempre le hizo sentir que no encajaba en el molde de la sociedad tradicional, la depresión comenzó a cerrársele sobre el pecho como una celda. Una tarde todo detonó. Cayó en sus manos un libro de expediciones y la sugerencia casi casual de su padre, un viejo veterano del SAS. Hablaban de los límites humanos, de las fronteras imposibles y de la legendaria expedición de Sir Ranulph Fiennes. En la cabeza de Karl, quebrada por el desamor y la incertidumbre, prendió una mecha: si no tenía un lugar en el mundo, tendría que recorrerlo todo a pie para encontrarlo.

Marcharse era la única manera de no hundirse. No quería romper un récord ni salir en los periódicos. Quería imponerse una misión tan gigantesca que eclipsara sus propios fracasos personales. Redactó de su propio puño las dos reglas inflexibles de la Goliath Expedition —no avanzar en ningún vehículo y no volver a pisar su hogar hasta llegar caminando— como quien firma un pacto de salvación. O de condena.

Vendió lo poco que le quedaba y convenció a un puñado de patrocinadores menores de que un exmilitar arruinado podía unir la Patagonia con Inglaterra a pie. Tras juntar quinientos dólares en el bolsillo, el 1 de noviembre de 1998 arrancó, cuando echó a andar por el polvo de Punta Arenas, arrastrando un carrito de dos ruedas al que bautizó como La Bestia y una fe ciega y terca que rayaba en la insolencia. Dejó atrás el todo y la nada, con la suela de las botas intacta y el alma dispuesta al sacrificio. Buscando la gloria, quizás. Huyendo del abismo de su propia vida, con la secreta intuición de que solo a través del dolor lograría reconstruir la dignidad que sentía haber perdido, quizás.

La Patagonia lo recibió a latigazos. Karl avanzaba torcido, inclinado a cuarenta y cinco grados contra el rigor de la pampa, comiendo lo que hallaba, durmiendo con el terror de los animales y el murmullo de la noche que se mete en los huesos. Las debilidades no tardaron en asomar. Los puntos flacos de la expedición no eran solo físicos —las ampollas reventadas, las infecciones silenciosas, el hambre que raspa el esófago en el desierto de Atacama—, sino el peso invisible de la soledad. Estaba solo contra el mundo, cargando con la certeza de que nadie lo esperaba en ninguna parte.

Cruzó América del Sur como un fantasma. Pasó rozando los abismos de la violencia colombiana a finales de los noventa, cuando los fusiles tronaban en las colinas y los pueblos olían a pólvora y miedo. Firmó un testamento antes de entrar a esa zona de nadie, por si acaso la parca lo encontraba durmiendo en una cuneta. Y, sin embargo, atravesó el fuego cruzado casi por milagro, a veces sorteando a la muerte por el margen de un solo día. Y siguió.

Pero lo peor no eran los pantanos de Darién ni el asfalto hirviente de Centroamérica. Fue el hielo y la burocracia de los imperios. Años más tarde, cuando su marcha indómita llegó a las tierras de Rusia, el paso se le pudrió en los escritorios. Las autoridades rusas le negaron el visado, lo detuvieron, lo expulsaron y le clavaron un castigo de cinco años sin pisar su suelo. Cualquier otro hombre se habría sentado a llorar sobre las ruinas de su propio delirio. Karl hizo lo único que sabía hacer: caminar. Se marchó a Estados Unidos y caminó tres mil millas —desde Los Ángeles hasta la mismísima Embajada de Rusia en Washington D. C.— solo para protestar con el polvo de las carreteras pegado a la piel hasta que le devolvieron el sello en el pasaporte.

Entre visados caídos, falta de dinero, desiertos de Asia Central y desvíos forzados por fronteras cerradas en Irán y China, los años se le desgranaron como mazorcas secas. Lo que debió durar doce años según los cálculos hechos sobre un papel cualquiera, se estiró hasta convertirse en una peregrinación de veintiocho años. El joven paracaidista de veintinueve años se fue convirtiendo lentamente en un hombre maduro, de rostro curtido por la intemperie y la paciencia de las piedras.

El absurdo anecdótico lo persiguió como una sombra fiel. Pocos le regalaron algo. Tuvo que lidiar con desiertos donde el agua valía más que el oro, con detenciones arbitrarias en regímenes cerrados y, finalmente, con el obstáculo más insólito para un caminante empedernido: un charco de agua salada llamado el Canal de la Mancha. Incapaz de usar un motor para avanzar de forma rápida debido a su propia norma sagrada, el hombre que había cruzado continentes enteros tuvo que echarse a nadar las frías aguas marinas hasta tocar las costas de Dover.

Cuando por fin puso los pies sobre la tierra británica, el 5 de octubre de 2026, la gran epopeya no estalló en júbilo, sino en un silencio espeso. Le quedaban apenas cuatrocientos kilómetros para llegar a la casa de su madre en Hull, donde todo arrancó. Y entonces el gigante sintió el vértigo del vaciamiento. Confesó entonces que tenía miedo. Miedo a que su vida perdiera el sentido, a que el mundo real —ese del que había huido durante casi tres décadas a fuerza de suela y horizonte— lo devorara sin compasión.

Ya no quedaban caminos por delante. Solo el silencio de los días que vienen, la memoria de las ampollas curadas bajo el sol de la intemperie y la extraña sensación de haber caminado tanto para terminar, simplemente, en el mismo lugar de donde un día partió, donde un día se atrevió a soñar.

Su vida. Karl nació el 30 de marzo de 1969 en Hull, allá en el norte inglés, con el estigma callado de los muchachos a los que las letras se les enredan en los ojos. La dislexia severa le acortaba las palabras y los otros niños le regalaban burlas, así que el chico buscó refugio en el silencio del campo y en el vuelo distante de los pájaros. De allí, de esa soledad infantil, le vino esa obsesión de mirar el horizonte sin decir nada.

A los dieciséis años, cuando todavía no sabía bien qué hacer con su esqueleto, se metió en las tripas del ejército británico. Estuvo once años vistiendo el uniforme del Tercer Batallón del Regimiento de Paracaidistas, saltando desde el cielo sobre terrenos extraños, aprendiendo a aguantar el hambre, el frío y el rigor de los mandos. Pero las guerras se acaban o se vuelven lejanas, y Karl se encontró a finales de los noventa con el uniforme colgado, un matrimonio roto a cuestas, un hijo creciendo lejos y el pecho lleno de una grieta que no cerraba con nada.

Fue por esos días cuando le llegó una carta de su padre. Adentro venía una nota suelta, casi un chisme de cuartel, donde dos soldados discutían si un hombre podría llegar a pie desde Londres hasta Nueva York cruzando el estrecho de Bering. Aquello se le quedó grabado como una espina. Karl se acercó al mapa pegado en su pared, agarró un marcador negro y trazó la raya. Pero no se detuvo en Nueva York: tiró la línea hacia abajo, atravesando el cuello de Centroamérica y bajando por la columna vertebral de los Andes hasta morir en la punta helada de Chile. Miró el trazo y supo que allí empezaba su destino.

Antes de partir, cuando servía en Dover, Karl solía pararse al borde de los acantilados blancos a mirar el mar y la costa lejana de Francia. Se imaginaba a sí mismo viejo, curtido por los soles del mundo, desembarcando de vuelta en esa playa tras haberle dado la vuelta a la tierra a puro pie. Tenía que cerrar ese círculo para que la vida tuviera algún sentido.

El final. Luego vino lo que ya se sabe: los veintiocho años de marcha. En el camino perdió amores que no aguantaron la distancia —como Catalina, una mujer colombiana con la que compartió años de ruta hasta que el desgaste terminó por disolverlos— y perdió el rastro de la civilización. Pasó dieciocho días encarcelado en Metetí por entrar a Panamá sin los papeles en regla; le robaron a La Bestia, su carrito de hierro, en un bar perdido de Montana, solo para recuperarlo un mes después tirado en una cantera abandonada; y en las aguas heladas del estrecho de Bering caminó entre témpanos a la deriva, viendo el abismo negro del océano a centímetros de sus botas.

Nadó treinta y un días en el mar Caspio entre Kazajistán y Azerbaiyán, durmiendo en barcos de apoyo con los músculos tullidos, y atravesó la frontera china bajo la guardia atenta de patrullas policiales. Cuando el 2 de noviembre de 2026 sus botas pisaron finalmente las calles de Hull, la travesía de Goliat llegó a su término exacto de más de setenta y cinco millones de pasos.

Allí estaban los suyos, los brazos de su madre, las peroratas de los periodistas y los aplausos de quienes lo vieron salir siendo aún joven y regresar con el cabello blanco. Pero Karl, mirando sus propias manos agrietadas por el viento de cuatro continentes, solo atinó a guardar silencio, como si estuviera buscando en el suelo la sombra del camino que ya no volvería a pisar.

British adventurer Karl Bushby returns home after 28-year walk around world  | Travel News | Al Jazeera

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