Ahora mismo dos historias están circulando con un mismo telón de fondo: el crimen organizado, pero también la forma profundamente patriarcal y clasista en que el país mira a las mujeres cuando el delito aparece cerca.
Primero, el sicariato de tres personas en una cancha de fútbol en Isla Mocolí, un espacio asociado a élites, poder y "prestigio". Luego, el giro mediático: fotos de influencers aparentemente vinculadas sentimentalmente a esos hombres, retratadas como "muñecas de la mafia", bien producidas, viajadas, “lifestyle”. Y después, otra noticia: cuatro mujeres detenidas por extorsión, colocación de explosivos y cobro de "vacunas", las "muñecas Bratz".
A simple vista, parecería que se trata solo de dos casos distintos. Pero el lenguaje ("muñecas") delata algo mayor: la cosificación como modo de explicar el crimen cuando hay mujeres cerca. Se las vuelve objeto, estética, símbolo. Se las narra desde el cuerpo, el maquillaje, la ropa, los viajes; no desde la estructura criminal.
Pero lo cierto es que, el patriarcado también organiza el crimen. No solo porque la mayoría de mandos, armas, órdenes y decisiones suelen permanecer masculinizado, sino porque incluso cuando las mujeres participan, lo hacen muchas veces dentro de jerarquías que las usan, las exponen o las reemplazan con facilidad.
En ese marco, el castigo público opera con una regla desigual: el escarnio recae sobre las mujeres visibles, mientras el poder real se mantiene relativamente a salvo, escondido detrás de hombres —o de redes masculinizadas— que deciden, mandan y administran la violencia.
En Ecuador hay un matiz que no es menor: además del patriarcado, aquí trabaja el clasismo como filtro moral.
Y es que las “muñecas de la mafia” no funciona necesariamente como insulto: muchas veces opera como categoría aspiracional, casi un “título” dentro de la narcoestética. Si eres bonita, “Barbie”, tienes plata y pareces “de clase”, tu presencia puede ser tolerada e incluso aceptada en ciertos círculos elitistas, aunque el origen del dinero huela a crimen. El lujo no solo tapa el delito: lo blanquea socialmente.
En cambio, "muñecas Bratz" -y ojo: Bratz, no Barbie- carga un desprecio distinto: la insinuación de "sin clase", "desengañada", "no apta" para esos espacios. Es decir: a unas se las erotiza y se las glamuriza; a otras se las humilla y se les caricaturiza. El mismo país, pero con dos regímenes de juicio: indulgencia para la estética aceptada; condena moral para la estética despreciada.
¿Esto importa? Claro, porque tiene efectos. Si una sociedad aprende a convivir con el lujo narco "mientras se vea bien", entonces el círculo social elitista se vuelve también un ecosistema de legitimación: normaliza, blanquea, calla, mira a otro lado. Y a la vez, descarga su furia moral en mujeres más "condenables" por clase y apariencia, como si el problema fuera el "tipo de mujer" y no la estructura criminal que se enriquece con extorsión, control territorial y muerte.
Nada de esto implica negar responsabilidades individuales. Implica algo más incómodo: el país está hablando de mujeres, no de crimen. De si son "Barbie" o "Bratz", en vez de preguntarse quién manda, quién recluta, quién arma, quién ordena, quién lava, quién protege y quién se beneficia.
Porque mientras sigamos atrapados en la estética, el patriarcado y el clasismo harán su trabajo silencioso: a unas les permitirán circular; a otras las sacrificarán como trofeo de escarnio. Y el poder —el verdadero— seguirá donde casi siempre está: masculinizado, armado e impune.

Sybel Martínez Reinoso
Doctora en Jurisprudencia, con amplia experiencia y trayectoria en el tratamiento de casos de violencia escolar, implementación de sistemas de prevención de violencia escolar.