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Guayaquil abraza a quienes nacen en ella y a quienes deciden vivirla
Por: María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Publicado en 29/01/2026 09:48
María Cristina Kronfle

 

  

Mis vacaciones no fueron la promesa cómoda de un viaje, ni la postal ligera del descanso, muchas veces fueron quedarme con mi abuelo, José Antonio Gómez Iturralde en el Archivo Histórico del Guayas, acompañándolo mientras revisaba actas de independencia, documentos antiguos y registros que, en manos de cualquiera, habrían sido solo papel, pero que con él se convertían en una brújula. Yo estaba ahí, aprendiendo sin que me lo enseñaran como lección, escuchando cómo una ciudad se revela en sus decisiones, en sus ausencias, en sus conflictos y, sobre todo, en lo que construye, cuando nadie la viene a salvar. Esos días fueron mi escuela, ahí se formó mi manera de ver y pensar a Guayaquil con respeto por el pasado, con conciencia de la vida pública, con una certeza íntima, Guayaquil es una ciudad no es un nombre en un mapa, es una forma de cuidar la dignidad colectiva.

Crecí bajo la guía de mi abuelo, historiador autodidacta, miembro de la Academia Nacional de Historia y director ad honorem del Archivo Histórico del Guayas, y lo digo así porque esas palabras no son adorno, describen una vida dedicada a investigar, ordenar y escribir más de treinta libros, que hoy preservan parte de la memoria del Ecuador. Pero lo que a mí me marcó no fue solo la obra, fue su manera de mirar la ciudad y de mirarme a mí. Me inculcó el respeto por la autoridad bien ejercida, no como obediencia ciega, sino como reconocimiento a la autoridad que se gana con gestión, coherencia, trabajo serio, y con resultados que se sienten en la vida real. También me enseñó algo que no olvido, el guayaquileñismo es una ética práctica, es solidaridad organizada, es hacerse cargo, es construir sin esperar permiso y sin pedir aplausos.

Por eso Guayaquil se entiende desde su historia, sí, pero esa historia no vive en los discursos, vive en la gestión, en la manera concreta en que la ciudad resolvió y sigue resolviendo. Guayaquil no se quedó esperando a que otros definieran sus prioridades. En salud, por ejemplo, la ciudad ya sostenía atención hospitalaria y beneficencia organizada, mucho antes de que existiera una red estatal capaz de responder con suficiencia; la Junta de Beneficencia es el ejemplo más visible de ese carácter, una institución nacida de la decisión colectiva de proteger la vida, cuando lo urgente no admite excusas, ni demoras. Esa forma de actuar es parte de la identidad de la ciudad, una identidad que no se declama, se practica, y que explica por qué Guayaquil conserva ese reflejo de defensa, cuando percibe que se intenta reducirla, tutelarla o desconocerla.

Guayaquil también se entiende desde una pertenencia que no es uniforme. Está la pertenencia de cuna, quienes nacimos aquí y crecimos incorporando una manera directa de enfrentar la realidad, una relación concreta con el trabajo y una comprensión temprana de que las cosas se hacen. Y está la pertenencia de elección, quienes nacieron en otra ciudad y decidieron quedarse en Guayaquil, construir aquí, levantar su proyecto personal y profesional en una ciudad exigente, intensa, variopinta, donde el esfuerzo encuentra espacio y donde la voluntad de aportar, vale más que el origen. Esa combinación sostiene una verdad sencilla, Guayaquil no es una ciudad cerrada sobre sí misma, es una ciudad que recibe, que integra y que crece cuando la gente llega a sumar.

Esa capacidad de sumar explica también por qué la ciudad valora tanto su gestión local. No se trata de nombres propios, ni de adhesiones automáticas; se trata de una lógica aprendida con el tiempo. Lo local no es un capricho, es el lugar donde la vida ocurre, donde la decisión se vuelve solución o se vuelve abandono, donde la autoridad se mide por su capacidad de ordenar el territorio y responder a lo cotidiano. Guayaquil cuida su capacidad de gobernarse porque conoce el costo de la improvisación y conoce el costo de delegar su realidad a quienes no la habitan. Esa claridad no nace del conflicto, nace del conocimiento acumulado, de la memoria cívica, de una ciudad que ha visto pasar épocas completas y que aprendió a distinguir cuándo se construye y cuándo se destruye.

Y hay algo más, que para mí es imposible separar de esta reflexión. Guayaquil ha sido ciudad de acogida, de manera constante. Aquí llegaron ecuatorianos de todos los rincones del país, buscando oportunidades que no encontraban en otros lugares, y aquí trabajaron, emprendieron, levantaron familia, se integraron, hicieron barrio, hicieron empresa, hicieron comunidad. Esa apertura no debilitó a Guayaquil, la fortaleció. La ciudad se hizo más amplia, más diversa, más capaz, porque multiplicó esfuerzos. Por eso digo, sin romanticismos ni frases huecas, Guayaquil suma y multiplica cuando se construye, y no está para que le resten, ni para que la dividan.

Escribo esto porque hablar de Guayaquil, para mí, es hablar de mi historia, de mi formación y de un amor que no es ingenuo, porque nace del conocimiento. Yo vi a mi abuelo trabajar con paciencia sobre documentos que a muchos les parecerían lejanos, y lo vi transformar ese pasado en comprensión del presente, en criterio, en respeto por la ciudad y en exigencia moral. De ahí nace mi amor por Guayaquil. No nace de una emoción pasajera. Nace de haber aprendido que una ciudad se defiende cuidando lo que construye, recordando quiénes la sostuvieron, cuando era más fácil rendirse. Por eso lo digo así, en Guayaquil no se vive esperando que otros carguen lo que nos corresponde. La ciudad se protege con acción y con memoria, y la responsabilidad se asume, no se delega.

 

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada y Activista

Columnista www.vibramanabi.com

29/1/2026

 

 

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