El Super Bowl de este 8 de febrero fue mucho más que un espectáculo deportivo o musical.
Fue un espejo social, político y humano que nos obligó a mirarnos como sociedad. En un mundo que muchas veces discrimina a quien es diferente, a quien no encaja en los moldes tradicionales o a quien solo quiere expresar su arte desde su identidad, el escenario más visto del planeta terminó reflejando tensiones profundas entre arte, poder, discurso político y responsabilidad ética.
Durante años se ha criticado a Bad Bunny por no tener la “voz perfecta”, por romper esquemas o por no responder a los cánones clásicos de la industria musical. Sin embargo, su presencia en ese escenario también expuso una contradicción que no puede pasarse por alto: un discurso que habla de respeto, dignidad y justicia social, mientras parte de su producción musical ha sido señalada por normalizar letras que cosifican, denigran o banalizan el respeto que hoy se exige. Además, Bad Bunny ya no es un artista marginal ni contracultural; pertenece a una élite económica y mediática global. Eso no invalida su mensaje, pero sí obliga a mirarlo con mayor rigor, porque la crítica social pierde fuerza cuando no se aplica también hacia adentro.
Muchos espectadores interpretaron que el espectáculo contenía, entre líneas, consignas ideológicas claramente alineadas con discursos de izquierda, algo legítimo en una democracia. El problema surge cuando ese simbolismo es utilizado por algunos sectores para desviar el debate central: los derechos humanos no son de izquierda ni de derecha. No se necesita buscar la quinta pata al gato ni recurrir a lecturas forzadas del arte para justificar lo injustificable. Ninguna narrativa cultural, política o estética puede servir de excusa para relativizar la separación de familias, el uso del miedo como herramienta de control ni la criminalización de la migración, consecuencias directas de políticas mal implementadas durante la administración de Donald Trump.
Uno de los momentos más duros y simbólicos del espectáculo fue la presencia de Liam, el niño que semanas atrás fue detenido junto a su padre en Minnesota por agentes de control migratorio, en un procedimiento que dejó marcas profundas de miedo y deshumanización. Fue expuesto a un trauma que ningún niño debería vivir. Su aparición posterior como símbolo de resistencia no borra el hecho de fondo: el daño ya estaba hecho. Y ese daño no puede maquillarse ni relativizarse por simpatías políticas o rechazos ideológicos.
Las imágenes de niños llorando tras rejas simbólicas y de personas recreando el dolor de las redadas migratorias no fueron un recurso artístico vacío. Representaron una realidad documentada que ocurrió y ocurre. El mensaje fue claro: la empatía no puede ser selectiva. Decir “eso pasa allá” es una forma de complicidad silenciosa. La dignidad humana no tiene frontera, idioma ni pasaporte.
Alguien me dijo alguna vez: “Hago buenas acciones porque tengo hijas, y sé que algún día ellas saldrán solas al mundo. Solo pido que, si necesitan ayuda, encuentren a alguien que les tienda la mano”. Esa reflexión resume lo esencial: la defensa de los derechos humanos no debería depender de quién gobierna, de qué artista habla o de qué ideología simpatiza, sino de principios básicos de humanidad.
La frase pronunciada en el show —“No somos salvajes, no somos animales; somos humanos y somos americanos”— interpela tanto a políticas migratorias excluyentes como a la hipocresía de quienes condenan un baile o una letra, pero guardan silencio frente a la violencia institucional ejercida contra niños y familias enteras. Resulta incoherente escandalizarse por lo simbólico y normalizar lo estructural.
La participación de Lady Gaga reforzó ese mensaje de diversidad y ruptura de moldes. Sin embargo, el verdadero debate no está en quién canta o cómo se baila, sino en qué tan dispuestos estamos como sociedad a dejar de justificar abusos con discursos morales selectivos.
La pregunta final sigue siendo incómoda, pero necesaria: ¿en qué momento se decidió que criticar un show es más urgente que condenar la violación de derechos humanos? No se trata de idolatrar artistas ni de santificar espectáculos, sino de no perder el foco. El arte puede incomodar, provocar y fallar, pero los derechos humanos no son negociables. Y ninguna administración, incluida la de Donald Trump, puede ser defendida cuando sus políticas dejan cicatrices en la infancia.
El Super Bowl no fue perfecto, ni moralmente puro, ni libre de contradicciones. Pero sí dejó una lección clara: cuando se intenta justificar la deshumanización con ideología, el problema ya no es el show, es la conciencia colectiva.

Érika Vaca Rodríguez
Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Columnista www.vibramanabi.com
10/2/2026