
Si hemos de adentrarnos en los sótanos de la mente, es obligatorio tocar a la puerta del viejo psicoanálisis, ese oficio de la palabra que entendió, mucho antes de que las pantallas multiplicaran nuestras personalidad y carácter, que el Yo es un soberano destronado, un inquilino ingenuo que cree regentar un palacio cuando en verdad apenas si le permiten limpiar los pisos. El pobre ego, acosado por las exigencias pulsionales y ciegas del Ello y arrinconado por la mirada punitiva y vigilante del Superyó, gasta sus pocas energías en mantener las apariencias de una cordura aparentemente consistente que no es más que un pacto de no agresión, aunque frágil, para sobrellevar una guerra fría entre facetas que se desconocen y se temen a partes iguales.
Nuestra sociedad hiperconectada, en su afán de vender la autorrealización como si fuera un producto de estantería de tienda, ha empujado al sujeto a un narcisismo defensivo donde admitir la debilidad interna es como un nuevo pecado, ignorando la lección fundamental de Jacques Lacan, acerca de que el Yo es una construcción imaginaria nacida de un equívoco primitivo, de ese instante en que el niño mira el espejo y confunde la completitud de la imagen reflejada con la fragmentación real de su cuerpo.
Recientes revisiones de la International Journal of Psychoanalysis, confirman un desplazamiento fundamental en el malestar de nuestra época: ya no asistimos a las clásicas neurosis reprimidas del siglo pasado, sino a patologías del vacío y de la dispersión de la identidad, donde la persona, incapaz de tolerar la contradicción de sus voces internas, recurre a mecanismos de ruptura, separando de manera drástica el «yo bueno» que la sociedad aplaude y consume, del «yo malo» o sufriente que es arrojado al vertedero del inconsciente, de modo que la multiplicidad se vive como una dolorosa y constante disociación que fragmenta la experiencia de estar vivos y no como una riqueza existencial, impidiendo que el individuo se reconozca en su propia historia para terminar buscando su identidad en la del Otro.
Frente a este panorama, el psicoanálisis moderno propone una salida que no pasa por la fantasía totalitaria de unificar el ser bajo una sola bandera. Las investigaciones clínicas validadas por la American Psychological Association (APA) demuestran que el bienestar psicológico no se alcanza silenciando los Yoes neuróticos, infantiles o saboteadores que nos habitan, sino permitiendo que el Self, ese núcleo de conciencia libre de juicios, actúe como un mediador compasivo, un director de orquesta que no pretende que todos los instrumentos toquen la misma nota, acaso se armonicen en su diversidad, porque sanar, si es que esa palabra conserva algún sentido en esta sociedad liquida, no es llegar a ser Uno solo, es tener el valor de sentarse a escuchar el testimonio de todos los náufragos que fuimos, que somos y que seremos, aceptando que la verdad nunca es una línea recta.
Ansiedad. No es casualidad que este siglo se esté coronando con el dudoso honor de ser la era de la ansiedad y el vacío existencial, dolor que no sangra, pero calcina.
Quizá, la ansiedad no es otra cosa que el ruido ensordecedor que hace la maquinaria mental cuando sus múltiples Yoes entran en colisión abierta, una alarma que suena en el vacío del cuerpo cuando el Yo funcional, ese que exhibimos en la cotidianidad, en las redes y en los altares de la productividad, se desvincula por completo de los Yoes heridos, reprimidos o simplemente ignorados que habitan el subsuelo de la conciencia.
Los datos globales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los análisis epidemiológicos publicados en The Lancet Psychiatry confirman un incremento histórico en los diagnósticos de trastornos de ansiedad y depresión, un fenómeno que la sociología atribuye directamente a la exigencia del sistema de una hiper-performatividad (la idea de que ciertas acciones, palabras o comportamientos construyen nuestra realidad, tal cual dicen los coachs) que divide y atomiza la psique del individuo contemporáneo.
El vacío existencial, sensación de ser un saco de ropa flotando en la nada, sobreviene precisamente cuando la persona agota todas sus energías en sostener la máscara de la completitud que el mercado le demanda, un teatro de sombras donde -explica la teoría del Falso Self de Donald Winnicott-, el individuo edifica una fortaleza exterior brillante y adaptada para complacer al gran Otro social, mientras el Verdadero Self, el núcleo de sus deseos auténticos y de su vulnerabilidad, queda sepultado en una fosa de silencio, de modo que la ansiedad actual no significa el miedo a un peligro externo y tangible, mas sí el pánico absoluto del Yo al descubrir su propia debilidad y el terror de constatar que detrás de la frenética acumulación de estímulos, de aprobaciones digitales y de metas corporativas, no hay nadie sosteniendo las riendas de su destino. Hay que aprender a entender y a comprender a los fantasmas asustados que habitan en nosotros y que a veces no saben cómo hablarse entre sí.

Néstor Romero Mendoza
CEO de www.vibramanabi.com
Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica / Consultor Político Independiente
20/5/2026
