Basta con mirar a nuestro alrededor, con detenerse un segundo a sentir el pulso de nuestra tierra, para darse cuenta de que la vida a veces nos aprieta el pecho. Hay días en que los problemas no vienen solos, sino en oleadas, como esos vendavales que amenazan con arrancarlo todo. Miramos el horizonte y el desánimo intenta ganarnos la partida. Es ahí donde uno se pregunta: ¿en qué momento la humanidad empezó a perder esa brújula tan nuestra que es la fe? Nos hace falta volver a creer, pero no con una fe de domingo o de palabras vacías, sino con esa convicción que nos quema por dentro.
Hay una frase, -un versículo bíblico para ser preciso- que ha recorrido generaciones, pero que a veces repetimos en automático, sin entender el fuego que esconde: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". No es un simple consuelo para salir del paso. Es un grito de guerra. Es la certeza absoluta de que, por más gigante que sea la batalla o por más empinada que se ponga la cuesta, el respaldo que llevamos en la espalda es infinitamente mayor.
La lógica del mundo nos dice que cuando las fuerzas se agotan, todo está perdido. Pero la realidad del espíritu es otra, mucho más hermosa y misteriosa. Es justamente cuando se nos acaban los recursos humanos, cuando el cansancio nos dobla las rodillas y el "imposible" nos respira en la nuca, donde Dios —o como cada quien decida llamar a esa fuerza superior— se arremanga las mangas y empieza a trabajar más fuerte. El verdadero drama es que muchos tiran la toalla justo ahí, en la víspera del milagro, cuando faltaba solo un suspiro para que la tormenta amainara.
A fin de cuentas, ninguno de nosotros es dueño de la verdad absoluta. ¿Quiénes somos nosotros para definir con precisión qué es Dios, cómo actúa o si encaja en nuestros moldes humanos? Pretender tener todas las respuestas es cerrarle la puerta al misterio. Al final del día, como bien lo dice una vieja canción de Filio, habrá que creer en algo, en lo que sea, pero habrá que creer. Porque el ser humano no puede caminar a oscuras sin una estrella que lo guíe; la necesidad de trascendencia es lo que nos mantiene vivos.
Por eso, cuando el camino se ponga oscuro, no hay que callar; hay que repetir esa promesa sin cansarse, como un mantra que nos devuelve el aliento: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". Si el problema es grande, la bendición que viene en camino lo dejará enano. Volvamos a encender esa fe que no se rinde, esa que nos enseña que la última palabra nunca la tiene la dificultad, sino aquello que nos sostiene el alma desde lo invisible.

Néxar Rodríguez Vélez
Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com
Columnista www.vibramanabi.com
25/5/2026