La inminente eliminación y el bajo rendimiento de Ecuador en el Mundial han dejado una sensación de tristeza, frustración y decepción en miles de ecuatorianos. En redes sociales abundan las críticas contra Sebastián Beccacece, mientras nombres como Moisés Caicedo, Piero Hincapié, Willian Pacho, Pervis Estupiñán, Kendry Páez o Enner Valencia aparecen diariamente en debates donde todos buscan responsables. Y es comprensible. El fútbol despierta emociones, mueve pasiones y nos hace sentir que el país entero juega el mismo partido. Pero quizás la pregunta más importante no es qué hizo mal la selección, sino qué podemos aprender nosotros de lo ocurrido.
Porque si somos sinceros, muchas veces hacemos exactamente lo mismo en nuestra vida diaria. Hay personas que tienen una familia maravillosa, una esposa que los ama, hijos que los esperan en casa, pero terminan destruyendo ese equipo por decisiones equivocadas, engaños o falta de compromiso. Otros tienen el privilegio de trabajar junto a grandes compañeros, en empresas que les brindan oportunidades, pero en lugar de fortalecer el grupo, prefieren generar divisiones, hablar a espaldas de los demás, compartir capturas de conversaciones, sembrar desconfianza o competir entre ellos mismos.
También ocurre en nuestras comunidades. Queremos que nuestros líderes trabajen unidos, exigimos coordinación entre instituciones, reclamamos soluciones para la seguridad, los servicios básicos o las emergencias, pero muchas veces nosotros mismos no somos capaces de construir unidad en el barrio, en la familia o en el lugar de trabajo. Pedimos trabajo en equipo a once jugadores durante noventa minutos, mientras afuera vivimos una realidad donde cada quien parece jugar únicamente para sí mismo.
Por eso quizás la verdadera enseñanza de este Mundial no está en la táctica, ni en los cambios del entrenador, ni siquiera en los resultados. La lección está en comprender que ningún talento individual puede reemplazar la confianza, la convivencia y el compromiso colectivo. Usted puede tener al mejor equipo del campeonato, pero si no existe conexión humana, si cada uno corre para su lado, el resultado termina siendo decepcionante. Lo mismo pasa en un hogar, en una empresa, en una institución pública o en un país entero.
Y aunque hoy muchos ecuatorianos dicen que no quieren ver ni en figurita a Beccacece porque consideran que tuvo una generación extraordinaria para dar mucho más, también debemos reconocer que los ecuatorianos solemos hacer algo parecido todos los días. Tenemos talento, oportunidades, recursos naturales, gente trabajadora y una juventud llena de sueños, pero seguimos cayendo en el individualismo, en la división y en la costumbre de señalar más de lo que construimos. Es más fácil encontrar culpables que asumir responsabilidades compartidas.
El fútbol seguirá siendo una alegría, una distracción y un motivo de unión. Pero no podemos esperar cada cuatro años para sentirnos país. No podemos depender de un gol para olvidar por unos minutos los problemas de inseguridad, corrupción, servicios públicos deficientes o desastres naturales. La verdadera victoria que Ecuador necesita no se juega en una cancha; se juega todos los días en la capacidad de volver a confiar, volver a unirnos y volver a creer unos en otros. Ya sabemos que cuando un equipo pierde, siempre existe otro partido. Pero cuando una sociedad pierde la capacidad de trabajar unida, el marcador termina afectando a todos. Quizás llegó el momento de dejar de buscar culpables y empezar a convertirnos en la selección que queremos ver reflejada dentro y fuera de la cancha.

Érika Vaca Rodríguez
Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Columnista www.vibramanabi.com
22/6/2026