
Cada cuatro años y por un mes, aproximadamente, la mayoría nos metemos en una burbuja que no ayuda a vivir, pero sí a evadir algunas realidades. El gran espectáculo del fútbol global volvió este 2026 a encender sus reflectores, esa formidable e inquietante maquinaria de la ilusión colectiva que se extiende ante nuestros ojos. Y en esta era de hiperconectividad y ansiedad que define al siglo XXI, el Mundial opera como la más perfecta y monumental desconexión anestésica inventada por los humanos y un mecanismo de compensación de sentimientos y emociones que, a veces, la cotidianidad del scroll infinito nos arrebata, además de otros apuros laborales, económicos, familiares, existenciales.
¿Qué hace el Mundial ante este panorama? Rompe la monotonía del día a día e inyecta ráfagas masivas de las "hormonas de la felicidad" -oxitocina y dopamina, sustancias químicas vitales que tu cerebro produce para regular el estado de ánimo, la motivación y las relaciones sociales-. El triunfo de la selección propia o a la que se siente como propia, activa una catarsis colectiva que diluye temporalmente el desamparo. Encontramos en los noventa minutos de juego una tregua, un refugio colgado en los caprichos del balón.
Las grandes certezas del pasado —la fe, las ideologías, los lazos familiares y comunitarios sólidos— se han evaporado, dejando al ser humano contemporáneo en un vacío de significado que busca llenar a partir de identidades efímeras en la red. En ese contexto, el Mundial viene a levantarse como una religión laica que ofrece solidaridad ritualizada. Durante un mes, las diferencias de clase, las fracturas y las angustias personales se subordinan a un símbolo común: la camiseta nacional. El fútbol devuelve de golpe el sentido de pertenencia a una tribu. En un mundo donde el "otro" es percibido como una amenaza digital o un competidor feroz, el estadio —y la pantalla compartida— reconstruye la similitud.
El ser humano necesita desesperadamente el mito para no volverse loco en la inmensidad del absurdo. Desde Vibra Manabí lanzamos nuestra arenga encendida. Disfrutemos de la poesía corporal del Mundial, de su belleza y drama impredecible que late en un gol agónico. Pero hagámoslo con los ojos bien abiertos. No permitamos que la burbuja nos vuelva indolentes ante la realidad. Usemos esa maravillosa energía comunitaria que el fútbol despierta para aplicarla también en el día a día: para tejer redes de solidaridad real, para exigir de nuestros líderes la misma excelencia que le pedimos a un director técnico, para construir una sociedad donde la dignidad no sea una ilusión de noventa minutos, sino una certeza cotidiana. ¡Disfrutemos del juego y mantengamos el espíritu y las ideas libres!
