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Vibra & La arenga del día | Sanar el alma de hierro
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 05/08/2026 15:55
COLUMNA: LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA
Ilustración de El Diario de Hoy

El pasado no se queda quieto; es como la arena de las playas de Manabí, que se le pega a uno a los pies y lo sigue a donde vaya.

Uno cree que ya olvidó ciertas cosas, pero las heridas se quedan allá adentro, en lo que algunos psicólogos llaman el "sótano" del alma, y desde ahí nos mueven los hilos sin que nos demos cuenta. Como humanos, estamos diseñados para la conexión, aunque a veces nos creamos "invulnerables". El cerebro, que es muy sabio, se vuelve predictivo. Genera esquemas para no trabajar tanto, y uno termina recayendo en cualquier detalle, repitiendo patrones de comportamiento y esperando que esta vez el final sea diferente.

El concepto del cerebro predictivo, una máquina diseñada para la supervivencia que detesta la incertidumbre, es fundamental para entender por qué, a veces, parece que tropezamos con la misma piedra en la vida. Desde que nacemos, nuestro cerebro registra cada experiencia para generar teorías que nos den seguridad y control; sin embargo, también utiliza rutas neuronales por las que ya ha pasado muchas veces para no gastar energía extra. Por eso, no siempre buscamos lo que nos hace bien, sino lo que nos resulta cómodo o conocido, con la esperanza inconsciente de que esta vez la historia sea distinta. Si tu sistema nervioso está alterado o vive desde la suspicacia por heridas antiguas, puedes percibir enfado o violencia incluso en un rostro que es totalmente neutro. Esto explica por qué a veces reaccionamos de forma desproporcionada —un "11 sobre 10" en intensidad emocional— ante conflictos que, racionalmente, no parecen tan graves.

El objetivo principal de este sistema predictivo es que sobrevivas, no necesariamente que seas feliz o alcances tus deseos. Si en tu infancia aprendiste que para obtener afecto debías silenciar tus emociones, tu cerebro predecirá que mostrarte vulnerable es peligroso y activará defensas —como el aislamiento o el perfeccionismo— para protegerte de entrar en tus heridas. En las relaciones de pareja, solemos proyectar lo que la psicología llama la "experiencia faltante". Es decir, buscamos en el otro aquello que no obtuvimos de niños, depositando expectativas gigantescas en la pareja, forzando la relación. El cerebro predice que esa persona es la oportunidad para reparar el pasado, lo que a menudo genera una sobrecarga emocional o exigencias que el otro no puede cumplir.  Para que tu cerebro predictivo no determine tu presente, sugiere la ciencia, es necesario desarrollar un "yo testigo" que observe estas reacciones cuando se activan, permitiéndote actualizar tus esquemas y elegir desde el adulto que eres hoy, y no desde el niño asustado del pasado.

Abandona ese afán de querer hacerlo todo, de ser "un 10/10" en la vida. Abandona esa armadura que nos pusieron de niños, cuando aprendimos que para que nos quisieran —o para que no estorbemos— teníamos que ser resolutivos, seguros y no dar problemas. Esa obsesión por el hiperfuncionamiento puede llevarte a la desmesura y ahogarte. Cuando sientas que te estás poniendo rígido o que quieres controlarlo todo, haz una pausa. Deja que “baje la marea" de la emoción y observa desde una parte neutra: "¿Qué herida se me está activando ahora y que está despertando a mi niño asustado o herido del pasado?". En lugar de pelear con tu perfeccionismo o tu frialdad, dile a esa parte tuya: "Gracias, me serviste mucho para sobrevivir. Ya puedes bajarle dos o tres rayitas a la intensidad".

Hay que arriesgarse a la piel, a cambiar para mejorar, aunque duela. ¡Vibra Manabí! No se trata de dejar de ser fuertes, sino de aprender que la verdadera fuerza está en la vulnerabilidad. ¡A vivir, que para sobrevivir ya tuvimos bastante!

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