
El camino se hace largo cuando uno carga sus propios tropiezos. A veces uno camina pensando que el dolor es cosa del destino, un aire frío que le cae encima porque sí. Pero si nos miramos las manos, si esculcamos hondo en las cosas que llevamos al hombro, ahí está el secreto. No es que tropecemos dos veces con la misma piedra porque la vereda sea mala; es que cargamos la piedra en el bolsillo y la ponemos adelante para volver a caer.
Aquí, donde la tierra suspira de calor, a veces repetimos los mismos errores en el amor, en el trabajo, en la vida, como si un arriero invisible nos empujara por la misma cañada espinosa. Los psicoanalistas lo explican con precisión técnica: desde que abrimos los ojos al mundo, vamos aprendiendo a vivir sin un instinto que nos guíe. No somos como las ballenas que saben exactamente a qué playa volver para parir como un llamado natural sin dudar. Nosotros tenemos que aprenderlo todo: cómo se ama, cómo se habla, cómo se vive. Y lo aprendemos en la casa primera, mirando a nuestros mayores. Si en esa casa de la infancia lo que había eran gritos o un silencio helado, nuestro inconsciente se arma un manual de conducta. Crecemos creyendo que el amor tiene que doler, que los vínculos se tejen con indiferencia o con rabia. Y entonces, ya de grandes, salimos al camino y nos buscamos personas con patrones tóxicos, repitiendo el mismo guion desdichado. Creemos que es mala suerte, pero no hay tal cosa. A esos fantasmas los elegimos nosotros mismos, empujados por el modelo que nos sigue presionando desde el inconsciente, ya sea para copiarlo o para oponernos a él, pero siempre girando alrededor de la misma estaca.
Vibrantes lectores: la vida no es un destino de sufrimiento inevitable escrito en las estrellas. Ese "destino" no es más que la voz de nuestro inconsciente que nos empuja hacia el abismo. Pero esa voz se puede conmover; se le puede abrir una puerta diferente al camino por el que siempre caminamos El primer paso es asumir la herida y tomar un compromiso inquebrantable con uno mismo. Al principio se va a fallar, porque el inconsciente es terco y el goce reclamará su ración de dolor. Pero hay un día en que el alma tiene que plantarse con firmeza y gritar: "¡Basta para mí, basta ya, es demasiado!". Como decía Sor Juana, el amor es como la sal: daña tanto su falta como su sobra. Hay que despertar la vida, dejar de elegir lo que te está haciendo daño para vibrar y pensar diferente.
