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Despertar la vida ante lo importante y no ante lo urgente
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 12/08/2026 15:38
COLUMNA: LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA
Ilustración de iStock

Hay un misterio oscuro en el alma humana, algo que los analistas llaman "el goce". No es el placer tibio y alegre de una tarde; es una satisfacción masoquista que se nutre del propio sufrimiento. El ser humano se aferra a su dolor porque en esa herida encuentra un lugar, una identidad. Nos decimos: "Yo soy el que sufre de esta manera" y nos da miedo soltar esa pena porque tememos quedarnos vacíos, sin saber quiénes somos fuera de nuestra desdicha. Es una fuerza sorda, una pulsión de muerte que llevamos grabada adentro, un paralelo psicológico de esa información biológica en nuestras células que nos dicta que algún día habremos de envejecer y morir. Esa pulsión insensata busca nuestra destrucción, nos susurra al oído que volvamos a beber de más, que volvamos a jugar lo que no tenemos, que volvamos a buscar a quien ya nos dejó en el olvido. Es un fuego que encendemos nosotros mismos; si no soplamos a tiempo para apagar el fósforo en el papel empapado de combustible, la llamarada nos consume por completo.

Pero la tierra ecuatoriana sabe de reconstrucciones y de vientos nuevos. Frente a la pulsión de muerte, se levanta la pulsión de vida, ese ímpetu creador, ese deseo vinculante que une, que se reinventa aun cuando la vida es una cuesta empinada. Ningún escalador sube aferrado de una sola mano, porque si ese único punto de apoyo falla, se va al despeñadero. El error de muchos de nosotros es hacer de una sola cosa —una pareja, un solo anhelo ciego— el único motor de nuestra existencia. Cuando esa mano se suelta, nos venimos abajo.

Por eso hay que tener muchos cables a tierra: el trabajo que dignifica, la familia que acompaña, el estudio que aclara los ojos, los amigos que escuchan, el arte que transforma el llanto en un mural eterno, como hizo Picasso con su angustia en el Guernica. La pulsión de vida nos enseña a sufrir con sentido, a enfrentar el duelo, si es el caso, mientras caminamos, mientras cocinamos, mientras sembramos, sosteniéndonos de todo lo que somos para no perder la vida misma por haber perdido una de sus partes.

Nuestros demonios nunca van a morir del todo. Los monstruos seguirán viviendo en los cuartos oscuros de la memoria. Pero aprender a vivir es saber en qué habitaciones de nuestra gran casa interior no debemos entrar. Es detenerse justo a tiempo, antes de que el fuego se vuelva incontrolable. Dejemos que la pulsión de vida tome el timón de nuestras almas, abramos caminos con sentido, unámonos en el deseo creativo y hagamos que cada rincón de Manabí y Ecuador vibre con la fuerza de quienes deciden, por fin, dejar de sufrir para empezar a vivir.

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