
La vida es un camino reseco y uno va por ahí cargando bultos que ni siquiera son suyos. Nos llenan las alforjas de mandatos viejos, de lo que el padre o la madre querían que fuéramos. Y uno, por puro miedo a que no lo quieran, va y se dobla bajo ese peso ajeno, buscando cómo complacerlos. Suelta ya esa carga. Vivir para cumplir las expectativas de otros es condenarse a no encontrar jamás la felicidad propia.
Nos pasamos los días rabiando, mascando el enojo de la frustración porque las cosas no salen perfectas ni completas. Queremos que el mundo venga entero, redondito, y resulta que no. El destino de toda ilusión es la desilusión; siempre queda una distancia insalvable entre lo que uno busca y lo que acaba encontrando. Por ejemplo, buscamos volver a ese primer instante de la vida, cuando recién nacidos alguien venía a calmar el llanto y nos quitaba el frío sin que supiéramos qué nos pasaba. Pero ese momento ya quedó atrás para siempre, y toda la vida andamos queriendo repetirlo en un amor, en un trabajo o en los estudios, aun sabiendo que el pasado no regresa.
Aquí hay que aprender a caminar con las sillas vacías. En cada mesa, en cada hora de alegría, siempre va a haber un rincón donde nos falte alguien o algo. Aceptemos esa falta. La felicidad nuestra, si es que de veras existe, es incompleta, con ausencias con las que hay que aprender a convivir. El que no entiende esto se la pasa muy mal, muriéndose de amargura tras un sueño imposible de plenitud. Y mire que este viaje no es eterno. No podemos quedarnos ahí tirados en la contemplación estéril. Por eso hay que reinventarse con ideas libres, levantar nuevos proyectos y ponerlos entre la fosa y nosotros para no vivir asustados. Hay que moverse ahora, porque esto se acaba y no sabemos cuándo.
No te saltes los pasos de la víspera. Disfruta del polvo y las piedras del camino, del viento de la preparación. Si solo vives ansiando llegar, cuando estés ahí arriba todo te va a parecer la pura nada. Deja espacio para que la vida te sorprenda, porque el que todo lo espera pierde el milagro de la sorpresa. Que ese vacío que te recorre el pecho a veces no te traiga angustia ni rabia; que sea más bien la sed que te empuje a seguir buscando, a levantar un nuevo plan mientras te quede aliento. Al final de cuentas, ¿eres hoy lo que quieres o puedes?
Hay que aprender a reinventarse.
